lunes, 29 de julio de 2019

arena en la lengua



Restaurante vegetariano
JOSÉ WATANABE

A los vegetales se entra
con hambre de animal longevo y apacible, y lentamente
se acaba
la lechuga.

A la carne se va distinto, se ingresa a ella
con ansia orgánica, casi disputándola
como si fuera carne
del día de la resurrección, y se acaba
el bife.

Recuerdas:
para que tú vivieras
tu familia depredaba la tierra para ti,
pollos patos reses cuyes cabritos carne
para convalecer y durar.

El alimento en la boca te relaciona
con el mundo. Hay días de felino
y días de paquidermo. Hoy sean bienvenidas
las benéficas ensaladas, la suave soya y las frutas
aunque tarde:
ya cincuenta años que comes carne
y estás eructando miedo.

Pero hay días que no tienes carnes ni vegetales
sino arena en la lengua. Te explicas: tal vez has comido
una sequedad inicial, insidiosa, de pecho, y nunca
se acaba, el desierto
nunca se acaba.

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Texto encontrado aquí. Leído por primera vez en la Casa de la Literatura Peruana

viernes, 19 de julio de 2019

la verdad


No se siente la verdad cuando está dentro de una misma, pero ¡qué grande y cómo grita cuando se pone fuera y levanta los brazos!

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Escuchado por primera vez en una representación de Yerma de Federico García Lorca.
Texto encontrado aquí.

lunes, 15 de julio de 2019

Sobre la originalidad


El aforismo orsiano inscrito en la fachada norte del Casón del Buen Retiro de Madrid: «Todo lo que no es tradición es plagio», es, en realidad, un extracto o fragmento de un aforismo más amplio, escrito originalmente en catalán, en el que queda determinada con mayor precisión su significación:

«Fora de la Tradició, cap veritable originalitat. Tot lo que no és Tradició, és plagi» («Glosari. Aforística de Xènius», XIV, La Veu de Catalunya, 31-X-1911)


«Clasicismo. Sólo hay originalidad verdadera cuando se está dentro de una tradición. Todo lo que no es tradición es plagio». (1911)


(«Primeros lemas», XVII, Gnómica, 1941)


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Imagen y texto tomados de: Plataforma sobre Eugenio d'Ors alojada en la página web de la Universidad de Navarra y gestionada por Pía d'Ors. Enlace aquí.

martes, 9 de julio de 2019

del aire I

Silencio
GIUSEPPE UNGARETTI

Conozco una ciudad
que diariamente se llena de sol
y todo está arrebatado en aquel momento

Me fui tarde
En el corazón duraba el chirrido
de las cigarras

Desde la nave
pintada de blanco
he visto
mi ciudad desaparecer
dejando
un poco
un haz de luces en el aire turbio
suspendidas.

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Traducción de Hugo Ramírez Gamarra
Texto encontrado en: SILVA-SANTISTEBAN, Ricardo (comp.). (2016). Antología general de la traducción en el Perú. Lima, Perú: Fondo Editorial de la Universidad Ricardo Palma, p. 430

lunes, 1 de julio de 2019

llanto I


Llanto por la Muerte de un Perro
ABIGAL BOHÓRQUEZ

Hoy me llegó la carta de mi madre
y me dice, entre otras cosas: —besos y palabras—
que alguien mató a mi perro.
“Ladrándole a la muerte,
como antes a la luna y al silencio,
el perro abandonó la casa de su cuerpo,
—me cuenta—,
y se fue tras de su alma
con su paso extraviado y generoso
el miércoles pasado.
No supimos la causa de su sangre,
llegó chorreando angustia,
tambaleándose,
arrastrándose casi con su aullido,
como si desde su paisaje desgarrado
hubiera
querido despedirse de nosotros;
tristemente tendido quedó
—blanco y quebrado—,
a los pies de la que antes fue tu cama de fierro.
Lo hemos llorado mucho…”

Y, ¿por qué no?
yo también lo he llorado;
la muerte de mi perro sin palabras
me duele más que la del perro que habla,
y engaña, y ríe, y asesina.
Mi perro siendo perro no mordía.
Mi perro no envidiaba ni mordía.
No engañaba ni mordía.
Como los que no siendo perros descuartizan,
destazan,
muerden
en las magistraturas,
en las fábricas,
en los ingenios,
en las fundiciones,
al obrero,
al empleado,
el mecanógrafo,
a la costurera,
hombre, mujer,
adolescente o vieja.

Mi perro era corriente,
humilde ciudadano del ladrido-carrera,
mi perro no tenía argolla en el pescuezo,
ni listón ni sonaja,
pero era bullanguero, enamorado y fiero.
A los siete años tuve escarlatina,
y por aquello del llanto y el capricho
de estar pidiendo dinero a cada rato,
me trajeron al perro de muy lejos
en una caja de zapatos. Era
minúsculo y sencillo como el trigo;
luego fue creciendo admirado y displicente
al par que mis tobillos y mi sexo;
supo de mi primera lágrima:
la novia que partía,
la novia de las trenzas de racimo y de la voz de lirio;
supo de mi primer poema balbuceante
cuando murió la abuela;
al perro fue en su tiempo de ladridos
mi amigo más amigo.

“Ladrándole a la muerte,
como antes a la luna y al silencio,
el perro abandonó la casa de su cuerpo
—dice mi madre—
y se fue tras de su alma —los perros tienen alma:
una mojadita como un trino—
con su paso extraviado y generoso
el miércoles pasado…”
Ay, en esta triste tristeza en que me hundo,
la muerte de mi perro sin palabras
me duele más que la del perro
que habla,
y extorsiona,
y discrimina,
y burla;
mi perro era corriente,
pero dejaba un corazón por huella;
no tenía argolla ni sonaja,
pero sus ojos eran dos panderos;
no tenía listón en el pescuezo,
pero tenía un girasol por cola
y era la paz de sus orejas largas
dos lenguas
de diamantes.


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Texto encontrado aquí.

lunes, 24 de junio de 2019

caballos


Ya no te quiero, pequeña
MARIO MONTALBETTI

Ya no te quiero, pequeña
ahora amo a los caballos.

Mañana amaré a las islas
y pasado será alguna ave.

(Tal vez en tres años
te vuelva a amar).

Y luego serán las vacas
pintas y luego serán
los minerales —tú sabes, el
cobre, el hierro, el—
y luego serán las ciudades
(alguna que otra jirafa)
y luego los puentes.

Antes un arcoiris que amarte, pequeña,
ya no te quiero
ahora amo a una mujer
que disuelve sus cuerpos
en las lluvias del otoño
iluminada/ anudada/ inundada
por el neón brillante
del poste de alumbrado público.

(Oh pequeña)
ya no (te quiero
Oh mujer)
ya no te quiero

sólo amo a las calles que me alientan
hacia la noche mientras la noche
ya no es noche sino mar y el mar
tumba de sonámbulos océanos, licor.

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Texto encontrado aquí.

domingo, 16 de junio de 2019

ana

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Ana la Pálida
HEINRICH BÖLL

No volví de la guerra sino en la primavera de 1950 y ya para entonces no quedaba en la ciudad nadie a quien yo conociera. Por suerte había heredado dinero de mis padres. Alquilé un cuarto y me tumbé en la cama a fumar y esperar, sin saber qué esperaba. La idea de trabajar no me atraía. Le entregaba dinero a la casera y ella compraba todo para mí y preparaba mis alimentos. Algunas veces, cuando me traía a la habitación el café o la comida se entretenía más de lo que yo hubiera querido. Su hijo había caído en un lugar del frente llamado Kalinowka y al entrar, depositaba la bandeja sobre la mesa y se acercaba al rincón en penumbra donde estaba mi lecho. Allí me mantenía dedicado a restregar las colillas de los cigarrillos en la pared, de suerte que detrás de mi cama la pared estaba llena de marcas negras. La casera era magra y pálida y cuando en las sombras se detenía por encima de mí junto a la cama, yo sentía temor. Era por aquellos sus ojos grandes y brillantes que juzgué al principio que estaba loca y porque siempre tornaba a preguntarme acerca de su hijo.

-¿Está seguro que no lo conoció? El lugar se llamaba Kalinowska. ¿No estuvo nunca allá?

Pero yo no había oído nunca hablar de un tal lugar que se llamara Kalinowska y cada vez optaba por volver la cara a la pared y responder:

-No, realmente no logro acordarme.

La casera no estaba de ninguna manera loca, era una mujer muy ordenada y a mí no dejaban de causarme dolor sus preguntas. Me interrogaba muy a menudo, varias veces al día y camino de la cocina no podía yo dejar de contemplar el retrato de su hijo, una fotografía en colores que colgaba encima del sofá. Era un muchacho rubio y sonriente que lucía su uniforme de calle de la infantería.

-Fue tomada en la guarnición -decía la casera- antes de que partiera al frente.

Era una foto de mediocuerpo: Llevaba un casco y detrás se veía un decorado que simulaba las ruinas de un castillo por las que trepaban unos sarmientos artificiales.

-Era cobrador en el tranvía -decía la casera- Un muchacho diligente. Y cada vez me entregaba la caja colmada de fotografías que estaba sobre su mesa de costura entre los recortes y los ovillos y yo debía tomar en la mano aquella gran variedad de fotos de su hijo: Vistas de grupos escolares en cada una de los cuales uno de los muchachos, sentado al centro de la fila delantera, sostenía una pizarra entre las rodillas, y en la pizarra estaba escrito un VI, un VII y finalmente un VIII. Aparte, atadas con una banda de hule, estaban las fotos de la primera comunión: Un muchacho sonriente vestido con una especie de frac negro que tenía una candela descomunal en la mano delante de un telón adornado con un cáliz dorado. Después venían retratos en que aparecía como aprendiz de cerrajero delante de un torno, la cara llena de hollín, con una lima en la mano.

-No era oficio para él -decía la casera-. Demasiado pesado. Y me mostraba su última foto antes de alistarse: Uniformado de cobrador de tranvía, de pie frente a un vagón de la línea 9 en la terminal aquella donde el tranvía daba una vuelta alrededor de un redondel; yo reconocí el puesto de refrescos en el que comúnmente compraba cigarrillos antes de que viniera la guerra; y reconocí también los álamos que aún están allí, vi la villa con los leones dorados delante del portal que ya no están más, y recordé a la muchacha en la que tanto había pensado durante la guerra: Pálida y bella, de ojos alargados y que abordaba siempre el tranvía en la terminal de la línea 9.

Cada una de aquellas veces miraba por largo tiempo la foto en que aparecía el hijo de la casera en la terminal de la línea cerca de la fábrica de jabón en la que en aquellos días yo había trabajado, oía el chirriar del tranvía, veía el rojo color del refresco que solía tomar los veranos en aquel puesto, verdes anuncios de cigarrillos y otra vez, la muchacha.

-Tal vez -me decía la casera- lo conoció después de todo.

Yo negaba sacudiendo la cabeza y depositaba la fotografía en la caja: Era una foto lustrosa y parecía casi nueva aunque tenía ya ocho años.

-No, no -le decía-. Tampoco Kalinowska, realmente no.

Tenía que ir a menudo a la cocina y ella venía también frecuentemente a mi cuarto, y todo el día pensaba en aquello que deseaba olvidar: La guerra, y botaba las cenizas debajo de mi cama, restregaba las colillas en la pared.

Algunas veces, cuando yacía allí en las tardes, escuchaba en la habitación vecina los pasos de una muchacha, o maldecir en la oscuridad al yugoslavo que vivía en el cuarto contiguo a la cocina cuando antes de entrar a su pieza buscaba el interruptor de la luz.

No fue sino tres semanas después de vivir allí y cuando ya había tenido en la mano la fotografía de Karl no menos de cincuenta veces, que reparé en que el vagón delante del cual se sonreía con su cartera de cobrador, no estaba vacío. Por primera vez me fijé con atención en la foto y vi que en el interior del carro una muchacha sonriente se había colado en ella. Era la misma bella muchacha en la que tantas veces había pensado durante la guerra. La casera se me acercó, me miró atentamente a la cara y me dijo:

-Lo ha reconocido, ¿verdad?-. Y caminó detrás de mí, se asomó por encima de mi hombro para ver la foto y sentí llegar desde atrás a mis espaldas el olor a guisantes frescos que despedía su delantal recogido.

-No -le dije quedamente -Pero la muchacha...

-¿La muchacha? -dijo ella-. Era su novia. Ya no volvió a verla más, pero quizá sea mejor así.

-¿Por qué? -le pregunté.

No me respondió, se apartó de mí y fue a sentarse en su silla junto a la ventana a seguir pelando los guisantes, y sin voltearme a ver dijo:

-¿Conoció usted a esa muchacha?

Tomé la fotografía, miré a la casera y le conté de la fábrica, de la terminal de la línea 9 y de la bella muchacha que siempre se montaba allí.

-¿Nada más?

-No -dije, y ella vació los guisantes en un colador, abrió el grifo y yo solo vi la delgadez de su espalda.

-Cuando usted la vea otra vez, se va a dar cuenta por qué es mejor que él no la haya visto más.

-¿Volverla a ver? -dije.

Se secó las manos en el delantal, se me acercó y me quitó cuidadosamente la foto de la mano. Su cara parecía haberse vuelto más delgada; apartó sus ojos de mí, pero puso con suavidad su mano en mi brazo izquierdo.

-Vive en el cuarto vecino al suyo, Ana. Le decimos siempre Ana la pálida por el rostro tan descolorido que tiene. ¿De verdad que usted no la ha visto nunca?

-No -le dije-. No la he visto, pero la he oído algunas veces. ¿Qué le ocurre?

-No me gusta hablar de eso, pero es mejor que usted lo sepa. Su cara está destrozada completamente, llena de cicatrices: una explosión la lanzó de cabeza en un escaparate. No podría usted reconocerla.

Esa noche esperé largo tiempo hasta poder oír sus pasos, pero la primera vez me equivoqué: Era el alto yugoslavo que me miró extrañado al precipitarme repentinamente en el vestíbulo. Le di apenado las buenas noches y entré en mi cuarto de nuevo.

Buscaba imaginar su rostro lleno de cicatrices pero no podía, y aún cuando lo conseguí era siempre un rostro bello, aún lleno de cicatrices. Pensaba en la fábrica de jabón, en mis padres y en otra muchacha con la que salía a menudo en aquellos días. Su nombre era Elizabeth pero yo le decía cariñosamente Mutz, y se reía siempre que la besaba, lo que me hacía sentir idiota. Durante la guerra le escribía tarjetas postales desde el frente y ella me enviaba paquetes con galletas caseras que llegaban siempre desmoronadas, me mandaba cigarrillos y periódicos y en una de sus cartas decía: A la larga van a triunfar y yo estoy tan orgullosa de que tú estés allí.

Sin embargo, yo no me sentía nada orgulloso de estar allá y cuando recibía pase no se lo comunicaba y salía en cambio con la hija de un tabaquero que vivía en nuestra misma casa. Le daba a la hija del tabaquero jabón que conseguía en la fábrica y ella me obsequiaba cigarrillos y nos íbamos juntos al cine o a bailar, y una vez que sus padres no estaban me llevó a su cuarto y yo la tumbé sobre el sofá en la oscuridad, pero ya subido sobre ella encendió la luz, se rió ladinamente en mi cara y en el encandilamiento del foco pude ver el retrato de Hitler colgando en la pared, una foto en colores y a su alrededor sobre el empapelado rosa estaban desplegadas en forma de corazón las caras duras de unos hombres, postales aseguradas con tachuelas con las caras embutidas en cascos, recortados de revistas. Dejé a la muchacha acostada en el sofá, encendí un cigarrillo y me fui. Posteriormente ambas me escribían postales al frente en las cuales me reprochaban haberme portado mal con ellas, pero no les contesté.

Aguardé a Ana largo rato, fumando cigarrillo tras cigarrillo en la oscuridad y pensando en muchas cosas; y al oír que la llave entraba en la cerradura me sentí falto de coraje para incorporarme y ver su rostro. Oí como abría la puerta y ya dentro canturreaba quedamente mientras iba de aquí allá, y más tarde me puse de pie y esperé en el vestíbulo. Repentinamente todo en su habitación quedó en silencio. Ya no iba más de un lado para otro, ya no cantaba y yo tenía miedo de llamar a su puerta. Escuchaba al yugoslavo murmurar en su cuarto, andar de arriba abajo, oía el burbujear del agua que la casera hervía en la cocina. El cuarto de Ana permanecía por el contrario en quietud y a través de la puerta entornada del mío podía ver las marcas negras de los innumerables cigarrillos restregados en el empapelado.

El yugoslavo alto se había acostado, ya no se escuchaban sus pasos, solo se le oía mascullar y la olla de la cocina no hervía más y me llegó finalmente el ruido de la tapa metálica al cerrar la casera el tarro del café. En el cuarto de Ana todo seguía callado y se me ocurrió entonces que ella, más tarde, habría de contarme lo que había pensado mientras yo permanecía afuera, de pie, frente a su puerta, y más tarde me lo contó todo.

Miré con fijeza a un cuadro que colgaba junto al marco de la puerta: Un resplandeciente lago de plata del que emergía una ninfa con los cabellos dorados y húmedos y sonreía a un mozo labrador que permanecía oculto entre el verdor de un matorral. Alcanzaba a ver la mitad del seno izquierdo de la ninfa y su cuello albo y un tanto alargado.

No sé cuándo pero más tarde puse mi mano en la manija y aún antes de presionarla hacia abajo y empujar lentamente la puerta, supe que había conquistado a Ana: su rostro estaba completamente cubierto de pequeñas cicatrices azulosas y brillantes, un olor a hongos cocinándose en una sartén venía de su cuarto, y yo acabé de abrir la puerta en todo su ancho, puse mi mano en su hombro y traté de sonreír.


Traducción inédita de Sergio Ramírez Mercado
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Texto encontrado aquí.

martes, 4 de junio de 2019

El bebé investigador, caracterizado por Janusz Korczak


El bebé examina sus manos; las coloca delante de los ojos, las mueve a la derecha, a la izquierda, las aleja, las acerca, cierra sus puños, los abre, separa sus dedos; les habla y parece esperar una respuesta; coge su mano izquierda con la derecha, hace fuerza para separarlas; ahora coge un sonajero y se sorprende ante la imágenes extrañamente distinta de su mano; cambia el sonajero de mano, lo explora luego con la boca; se lo saca inmediatamente para examinarlo de nuevo, lenta, cuidadosamente. Cansado, lo arroja, pero su atención es pronto atraída por un botón del cobertor: tira de él y trata de comprender el porqué de su resistencia. No son sólo juegos; estas actividades demandan un gran esfuerzo de voluntad de su parte, una gran atención sostenida. Se comporta igual que un investigador en su laboratorio, preocupado por algún problema cuyo misterio no alcanza a resolver.

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En: KORCZAK, Janusz. (1986). Cómo amar a un niño. México: Editorial Trillas. Traduccion de J. Oliva de Coll. Cita: p. 53

lunes, 27 de mayo de 2019

Doble diamante

Doble diamante
JORGE EIELSON

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¿Conoces tu cuerpo          esfera de la noche
esfera de la noche
Huracán solar        conoces tu cuerpo
Conoces tu cuerpo      conoces
Tu admirable cabeza tus piernas moviendo
El centro miserable
De mis ojos de oro
Mis ojos de oro de mirarte
De oro de soñarte
De llorarte?

¿Conoces tu cuerpo
Fuerza de los años
Calor de los planetas?

¡Ah criatura! Tu desnudez me ahoga
Tus zapatos me queman
Días imantados son mis noches
Vacío       colmo encontrado     asilo frío. Contigo
Los astros me aburren
Las especies lloran
Muero     me levanto     clamo     vuelvo a morir
Clamando grito    entre ramas orino y fumo     caigo
Como un rayo fácilmente en tu garganta. Contigo
Sólo silencio     placa de horrores    sedimentos
Cascada inmóvil    piedra cerrada
Abismos de oro nos persiguen
Rabiosos amigos

A través de rayos    cantos    blasfemias
Soles y serpientes mundos de vidrio
Pomos perdidos
Amaneceres con lluvia       lluvia de sangre
Temperatura y tristeza.

¡Ah misteriosa! Odio tu cabeza pura
Imbécil terciopelo tigre de las alturas
Odio el círculo salado
En que te pienso oculta
Odio el peso de los días
Los pulpos que me beben gota a gota
Bebiéndote a la vez ¡somos rocío!
Los pulpos luminosos que gobiernas
Los cedros empapados por tu aliento
Los siglos de hermosura en que agonizo
La luna y mis deseos de matar
La imagen de tus labios frescos     los ríos y los montes
Los pasos encantados de mi mano
En tu garganta.
¡Ah mis 30 000 flores vivas
Suave ejército vespertino batallón perfumado!

Rotación de mi cuerpo
Hazme volver a mi cuerpo
Destrúyeme los ojos en el acto
Las uñas y los dientes sobre el fruto
Conviérteme en silencio.

Deja rodar mis lágrimas en cambio
Sobre el espejo que adoro
Sobre la viva  atroz  remota  clara
Desnudez que me disuelve
Sobre el diamante igual que me aniquila
sobre tantísimo cielo y tanta perfección enemiga
Sobre tanta inútil hermosura
Tanto fuego planetario
Tanto deseo mío.

(1947)

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Texto encontrado aquí.

sábado, 11 de mayo de 2019

Y los niños volvieron a recoger setas, tomillo, flores y dedalera

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La balanza de los Balek
HEINRICH BÖLL

En la tierra de mi abuelo, la mayor parte de la gente vivía de trabajar en las agramaderas1. Desde hacía cinco generaciones, pacientes y alegres generaciones que comían queso de cabra, papas y, de cuando en cuando, algún conejo, respiraban el polvo que desprenden al romperse los tallos del lino y dejaban que éste los fuera matando poco a poco. Por la noche, hilaban y tejían en sus chozas, cantaban y bebían té con menta y eran felices. De día, agramaban el lino con las viejas máquinas, expuestos al polvo y también al calor que desprendían los hornos de secar, sin ningún tipo de protección. En sus chozas había una sola cama, semejante a un armario, reservada a los padres, mientras que los hijos dormían alrededor en bancos. Por la mañana la estancia se llenaba de olor a sopas; los domingos había ganchas, y enrojecían de alegría los rostros de los niños cuando en los días de fiesta extraordinaria el negro café de bellotas se teñía de claro, cada vez más claro, con la leche que la madre vertía sonriendo en sus tazones.

Los padres se iban temprano al trabajo y dejaban a los hijos al cuidado de la casa; ellos barrían, hacían las camas, lavaban los platos y pelaban papas: preciosos y amarillentos frutos cuyas finas mondas tenían que presentar luego para no caer bajo sospecha de despilfarro o ligereza.

Cuando los niños regresaban del colegio debían ir al bosque a recoger setas o hierbas, según la época; asperilla, tomillo, comino y menta, también dedalera, y en verano, cuando habían cosechado el heno de sus miserables prados, recogían amapolas. Las pagaban a un pfennig2 o por un kilo pfennig en la ciudad, los boticarios las vendían por veinte pfennigs a las señoras nerviosas. Las setas eran lo más valioso: las pagaban a veinte pfenngs por kilo y en las tiendas de la ciudad se vendían a un marco veinte. En otoño, cuando la humedad hace brotar las setas de la tierra, los niños penetraban en lo más profundo y espeso del bosque, y así cada familia tenía sus rincones donde recoger las setas, sitios cuyo secreto se transmitía de generación en generación.

Los bosques y las agramaderas pertenecían a los Balek; en el pueblo de mi abuelo los Balek tenían un castillo, y la esposa del cabeza de familia de cada generación tenía un gabinete junto a la despensa donde se pesaban y pagaban las setas, las hierbas y las amapolas. Sobre la mesa de aquel gabinete estaba la gran balanza de los Balek, un antiguo y retorcido artefacto, de bronce dorado, ante el cual habían esperado los abuelos de mi abuelo, con las cestitas de setas y los cucuruchos de amapolas entre sus sucias manos infantiles, mirando ansiosos cuántos pesos tenía que poner la señora Balek en el platillo para que el fiel de la balanza se detuviera exactamente en la raya negra, aquella delgada línea de la justicia que cada año había que trazar de nuevo. La señora Balek después tomaba el libro de lomo de cuero pardo, apuntaba el peso y pagaba el dinero, en pfennigs o en piezas de diez pfennigs y, muy rara vez, de marco. Y cuando mi abuelo era niño allí había un bote de vidrio con caramelos ácidos de los que costaban a marco el kilo, y cuando la señora Balek que en aquella época gobernaba el gabinete se encontraba de buen humor, metía la mano en aquel bote y le daba un caramelo a cada niño, cuyos rostros enrojecían de alegría como cuando su madre, en los días de fiesta extraordinaria, vertía leche en sus tazones, leche que teñía de claro el café, cada vez más claro hasta llegar a ser tan rubio como las trenzas de las niñas.

Una de las leyes que habían impuesto los Balek en el pueblo, era que nadie podía tener una balanza en su casa. Era tan antigua aquella ley que ya a nadie se le ocurría pensar cuándo y por qué había nacido, pero había que respetarla, porque quien no la obedecía era despedido de las agramaderas, y no se le compraban más setas, ni tomillo ni amapolas; y llegaba tan lejos el poder de los Balek que en pueblos vecinos tampoco había nadie que le diera trabajo ni nadie que le comprara las hierbas del bosque. Pero desde que los abuelos de mi abuelo eran niños y recogían setas y las entregaban para que fueran a amenizar los asados o los pasteles de la gente rica de Praga, a nadie se le había ocurrido infringir aquella ley: los huevos se podían contar, se sabía cuánto se tenía hilado midiéndolo por varas y, por lo demás, la balanza de los Balek, antigua y de bronce dorado, no daba la impresión de poder engañar; cinco generaciones habían confiado al negro fiel de la balanza lo que con ahínco infantil recogían en el bosque.

Si bien entre aquellas pacíficas gentes había algunos que burlaban la ley, cazadores furtivos que pretendían ganar en una sola noche más de lo que hubieran ganado en un mes de trabajo en la fábrica de lino, a ninguno se le había ocurrido la idea de comprarse una balanza o fabricársela en casa. Mi abuelo fue el primero que tuvo la osadía de verificar la justicia de los Balek que vivían en el castillo, que poseían dos coches, que siempre le pagaban a un muchacho del pueblo los estudios de teología en el seminario de Praga, a cuya casa, cada miércoles, acudía el párroco a jugar al tarot, a los que el comandante del departamento, luciendo el escudo imperial en el coche, visitaba para Año Nuevo, y a los que en 1900 el emperador en persona elevó a la categoría de nobles.

Mi abuelo era laborioso y listo; se internaba más en los bosques que los otros niños de su estirpe, se aventuraba en la espesura donde, según contaba la leyenda, vivía Bilgan, el gigante que guarda el tesoro de los Balderar. Pero mi abuelo no tenía miedo a Bilgan: se metía hasta lo más profundo del bosque y, ya de niño, cobraba un importante botín de setas, e incluso encontraba trufas que la señora Balek valoraba en treinta pfennigs la libra. Todo lo que vendía a los Balek mi abuelo lo apuntaba en el reverso de una hoja de calendario: cada libra de setas, cada gramo de tomillo, y, con su caligrafía infantil, apuntaba al lado lo que le habían pagado por ello; desde sus siete años hasta los doce, dejó inscrito cada pfennig. Y cuando cumplió los doce llegó el año 1900 y, para celebrar que le emperador les había concedido un título, los Balek regalaron a cada familia del pueblo un cuarto de libra de café auténtico del que viene del Brasil; también repartieron tabaco y cerveza a los hombres, y en el castillo se celebró una gran fiesta: la avenida de chopos que va de la verja al castillo estaba atestada de coches.

El día anterior a la fiesta repartieron el café en el gabinete donde hacía casi cien años que estaba instalada la balanza de los Balek, que se llamaban ahora Balek von Bilgan, porque, según contaba la leyenda, Bilgan, el gigante, había vivido en un gran castillo allí donde ahora están los edificios de los Balek.

Mi abuelo muchas veces me había contado que, al salir de la escuela, fue a recoger el café de cuatro familias: los Chech, los Weidler, los Vohla y el suyo propio, el de los Brüchen. Era la tarde de Año Viejo: había que adornar las casas, hacer pasteles, y no se quiso prescindir de cuatro muchachos para enviarlos al castillo a recoger un cuarto de libra de café.

Fue así como mi abuelo fue a sentarse en el banquillo de madera del gabinete, y esperando que Gertrud, la criada, le entregara los paquetes de octavo de kilo, previamente pesados, cuatro bolsas, fue que le dio por mirar la balanza en cuyo platillo izquierdo había quedado la pesa de medio kilo; la señora Balek von Bilgan estaba ocupada con los preparativos de la fiesta. Y cuando Gertrud fue a meter la mano en el bote de vidrio de los caramelos ácidos para darle uno a mi abuelo, vio que estaba vacío: lo llenaba una vez al año y en él cabía un kilo de los de un marco:

Gertrud se echó a reír y dijo:

-Espera, voy a buscar más.

Y, con los cuatro paquetes de octavo de kilo que habían sido empaquetados y precintados en la fábrica, se quedó mi abuelo delante de la balanza en la que alguien había dejado la pesa de medio kilo. Tomó los cuatro paquetitos de café, los puso en el platillo vacío y su corazón empezó a latir precipitadamente cuando vio que el negro indicador de la justicia permanecía a la izquierda de la raya, el platillo con la pesa de medio kilo seguía abajo y el medio kilo de café flotaba a una altura considerable; su corazón latía aún con más fuerza que si, apostado en el bosque, hubiese estado aguardando a Bilgan, el gigante; y buscó en el bolsillo unos guijarros de esos que siempre llevaba para disparar con la honda contra los gorriones que picoteaban entre las coles de su madre… tres, cuatro, cinco guijarros tuvo que poner al lado de los cuatro paquetes de café antes de que el platillo con la pesa de medio kilo se elevara y el indicador coincidiera, finalmente, con la raya negra. Mi abuelo sacó el café de la balanza, envolvió los cinco guijarros en su pañuelo, y cuando Gertrud regresó con la gran bolsa de a kilo llena de caramelos ácidos que debían durar otro año para provocar el rubor de la alegría en los rostros de los niños, y ruidosamente los metió en el bote, el muchacho permaneció pálido y silencioso como si nada hubiese ocurrido. Pero mi abuelo sólo tomó tres paquetes de café y Gertrud miró asombrada y asustada al pálido muchacho al ver que tiraba el caramelo ácido al suelo, lo pisoteaba y decía:

-Quiero hablar con la señora Balek.

-Querrás decir Balek von Bilgan -replicó Gertrud.

-Está bien, quiero hablar con la señora Balek von Bilgan.

Pero Gertrud se burló de él y mi abuelo volvió de noche al pueblo, dio el café que les correspondía a los Chech, los Weidler y los Vohla, e hizo ver que aún tenía que ir a hablar con el párroco.

Pero se fue con los cinco guijarros envueltos en el pañuelo, camino adelante. Tuvo que ir muy lejos hasta encontrar quien tuviera una balanza, quien pudiera tenerla; en los pueblos de Blaugau y Bernau nadie la tenía, ya sabía eso, los atravesó y luego de caminar dos horas a oscuras llegó a la villa de Dielheim donde vivía el boticario Honig. Salía de casa de Honig el olor a buñuelos recién hechos y cuando Honig abrió la puerta al muchacho aterido de frío, su aliento olía a ponche y llevaba un cigarro húmedo entre los labios. Oprimió un instante las manos frías del muchacho entre las suyas y dijo:

-¿Qué sucede? ¿Han empeorado los pulmones de tu padre?

-No, señor, no vengo en busca de medicinas; yo quería…

Mi abuelo abrió el pañuelo, sacó los cinco guijarros, se los mostró a Honig y dijo:

-Querría que me pesara esto.

Miró asustado para ver qué cara ponía Honig, pero como no decía nada, no se enfadaba ni le preguntaba nada, añadió:

-Es lo que le falta a la justicia.

Y al entrar en la casa caliente, se dio cuenta de que llevaba los pies mojados. La nieve había traspasado su viejo calzado, y al cruzar el bosque las ramas le habían sacudido la nieve encima; estaba cansado y tenía hambre, y de repente se echó a llorar porque pensó en la gran cantidad de setas, de hierbas y de flores pesadas con la balanza a la que faltaba el peso de cinco guijarros para la justicia. Y cuando, sacudiendo la cabeza y con los cinco guijarros en la mano, Honig llamó a su mujer, mi abuelo pensó en la generación de sus padres y en la de sus abuelos, en todas aquellos que habían tenido que pesar sus setas y sus flores en aquella balanza, y le embargó algo así como una gran ola de injusticia y se echó a llorar aún más, y se sentó sin que nadie se lo dijera en una silla de la casa de Honig, sin fijarse en los buñuelos ni en la taza de café caliente que le ofrecía la buena y gorda señora Honig, y no cesó de llorar hasta que el propio Honig volvió de su tienda y, todavía sopesando los guijarros con una mano, decía en voz baja a su mujer:

-Cincuenta y cinco gramos, exactamente.

Mi abuelo anduvo las dos horas de regreso por el bosque, dejó que en su casa lo azotaran, y calló; tampoco contestó cuando le preguntaron por el café; se pasó la noche echando cuentas en el trozo de papel en el cual había apuntado todo lo que entregara a la actual señora Balek von Bilgan y cuando vio la medianoche, cuando se oyeron los disparos de mortero del castillo, el ruido de las carracas y el griterío jubiloso de todo el pueblo, cuando la familia se hubo abrazado y besado, mi abuelo dijo en el silencio que sigue al Año Nuevo:

-Los Balek me deben dieciocho marcos y treinta y dos pfennigs.

Y de nuevo pensó en todos los niños que había en el pueblo, pensó en su hermano Fritz que había recogido muchas setas, en su hermana Ludmilla, pensó en cientos de niños que habían recogido para los Balek setas, hierbas y flores, y no lloró esta vez, sino que contó a sus padres y a sus hermanos lo que había descubierto.

Cuando el día de Año Nuevo los Balek von Bilgan concurrieron a misa mayor con sus nuevas armas -un gigante sentado al pie de un abeto- en su coche ya campeando sobre azul y oro, vieron los duros y pálidos rostros de la gente mirándolos de hito en hito. Habían esperado ver el pueblo lleno de guirnaldas, y que irían por la mañana a cantarles al pie de sus ventanas, y vivas y aclamaciones, pero, cuando ellos pasaron con su coche, el pueblo estaba como muerto; en la iglesia, los pálidos rostros de la gente se volvieron hacia ellos con expresión enemiga, y cuando el párroco subió al púlpito para decir el sermón, sintió el frío de aquellos rostros hasta entonces tan apacibles y amables, pronunció pesaroso su plática y regresó al altar bañado en sudor. Y cuando, después de la misa, los Balek von Bilgan salieron de la iglesia, pasaron entre dos filas de silenciosos y pálidos rostros. Pero la joven Balek von Bilgan se detuvo delante, junto a los bancos de los niños, buscó la cara de mi abuelo, el pequeño y pálido Franz Brücher y, en la misma iglesia, le preguntó:

-¿Por qué no llevaste el café a tu madre?

Y mi abuelo se levantó y dijo:

-Porque todavía me debe usted tanto dinero como cuestan cinco kilos de café -y sacando los cinco guijarros del bolsillo, los presentó a la joven dama y añadió-: Todo esto, cincuenta y cinco gramos, es lo que falta en medio kilo de su justicia.

Y antes de que la señora pudiera decir nada, los hombres y mujeres que había en la iglesia entonaron el canto:

“La Justicia de la tierra, oh, Señor, te dio muerte…”

Mientras los Balek estaban en la iglesia, Wilhelm Vohla, el cazador furtivo, había entrado en el gabinete, habían robado la balanza y aquel libro tan grueso, encuadernado en piel, en el cual estaban anotados todos los kilos de setas, todos los kilos de amapolas, todo lo que los Balek habían comprado en el pueblo. Y toda la tarde del día de Año Nuevo, estuvieron los hombres del pueblo en casa de mis abuelos contando; contaron la décima parte de todo lo que les habían comprado… pero cuando habían ya contado muchos miles de marcos y aún no terminaban, llegaron los gendarmes del comandante del distrito e irrumpieron en la choza de mi abuelo disparando y empuñado las bayonetas y, a la fuerza, se llevaron la balanza y el libro. En la refriega murió la pequeña Ludmilla, hermana de mi abuelo, resultaron heridos un par de hombres y fue agredido uno de los gendarmes por Wilhem Vohla, el cazador furtivo.

No sólo se sublevó nuestro pueblo, sino también Blaugau y Bernau, y durante casi una semana se interrumpió el trabajo de las agramaderas. Pero llegaron muchos gendarmes y amenazaron a hombres y mujeres con meterlos en la cárcel, y los Balek obligaron al párroco a que exhibiera públicamente la balanza en la escuela y demostrara que el fiel de la justicia estaba bien equilibrado. Y hombres y mujeres volvieron a las agramaderas, pero nadie fue a la escuela a ver al párroco. Estuvo allí solo, indefenso y triste con sus pesas, la balanza y las bolsas de café.

Y los niños volvieron a recoger setas, tomillo, flores y dedaleras, mas cada domingo, en cuanto los Balek entraban a la iglesia, se entonaba el canto “La Justicia de la tierra, oh señor, te dio muerte”, hasta que el comandante del distrito ordenó hacer un pregón en todos los pueblos diciendo que quedaba prohibido aquel himno.

Los padres de mi abuelo tuvieron que abandonar el pueblo y la reciente tumba de su hijita; emprendieron el oficio de cesteros, no se detenían mucho tiempo en ningún lugar, porque les apenaba ver que en todas partes latía mal el péndulo de la justicia. Andaban tras el carro que avanzaba lentamente por las carreteras, arrastrando una cabra flaca; y quien pasara cerca del carro a veces podía oír que dentro cantaban: “La Justicia de la tierra, oh Señor, te dio muerte”. Y quien parara a escucharlos también podía oír la historia de los Balek von Bilgan, a cuya justicia faltaba la décima parte. Pero casi nadie escuchaba.




1. Agramadera: Máquina que realiza el agramado. Es decir: que maja el cáñamo o el lino para separar la fibra del tallo.
2. Pfenning: Unidad monetaria alemana, igual a un céntimo de marco.
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Texto encontrado aquí. Leído por primera vez en la versión de Margarita Pontseré.

domingo, 5 de mayo de 2019

aguas verdes

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Musée des Beaux-Arts
W. H. AUDEN

Acerca del dolor jamás se equivocaron
los Antiguos Maestros. Y qué bien entendieron
su función en el mundo. Cómo llega
mientras alguno cena o abre la ventana
o nada más camina sin objeto.
Cómo, mientras los viejos aguardan reverentes
el milagroso Nacimiento, habrá siempre
niños sin mayor interés en lo que ocurre,
patinando en el estanque helado a la orilla del bosque.

No olvidaron jamás
que el eterno martirio ha de seguir su curso,
irremediablemente, en sórdidos rincones
donde viven los perros su perra vida
y el caballo del verdugo se rasca
las inocentes grupas contra un árbol.

Por ejemplo en el Ícaro de Brueghel:
con qué serenidad
todo parece lejos del desastre.
El labrador oyó seguramente
el rumor de las aguas y el grito inconsolable;
pero el fracaso no lo conmovió:
brillaba el sol como brilló en el cuerpo blanco
al hundirse en las aguas verdes.
Y la elegante y delicada nave
debió haber visto lo asombroso:
la caída de un hombre que volaba.
Mas el barco tenía un destino
y siguió navegando en calma.


Aproximación de José Emilio Pacheco, Tarde o Temprano, México, FCE, 1986, p. 260
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Texto encontrado aquí.