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miércoles, 12 de marzo de 2014

Los amores inútiles

Los amores inútiles
WASHINGTON DELGADO

El tiempo se ha llenado de papeles y navego
a través de inútiles palabras, siempre
a la deriva, sin más puerto
que el aire prontamente
perdido y olvidado.

Mi antigua habitación 
yace en cenizas: ninguna melodía 
puede levantarla. Mari, te pregunté, 
¿ves cómo el viento crece 
sobre tu frente? Después 
te dije: Rosa, Yolanda, Elsa 
y tu frente cambiaba según las estaciones, 
al compás de las horas y el viento huía 
hacia un norte cambiante y por fin
sólo quedó el tiempo muerto.

¿Para qué me servirá 
la boca? ¿Para qué 
me sirvió nunca? Todos los alimentos 
se perdieron, ninguna canción 
ha perdurado. Ostras, 
cangrejos, gansos, 
liebres, corderos inútilmente 
muertos, condimentados y comidos 
Elsa, Yolanda, 
Rosa, Mari: orejas 
encendidas por el amor 
inútilmente, húmedas bocas 
que implacables otoños 
aridecieron para siempre.

Mi habitación está repleta 
de inútiles papeles y atraviesa 
desarboladas sombras que la mañana 
bebe y digiere la tarde 
y la noche endulza 
con un embriagado amor de tiempos muertos. 
Nunca tocaré tierra y me complazco 
en esta canción de náufrago 
desesperado y a la vista de tantos 
inútiles amores.  

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En: Washington Delgado, Un mundo dividido (Poesía 1951-1970), Casa de la Cultura del Perú, Lima 1970, p. 229

miércoles, 15 de julio de 2009

Difícil soneto

Difícil soneto
WASHINGTON DELGADO

De mis años de infancia llueven pétalos
que el viento y los insectos pisotean,
plumas, estambres, élitros y pinzas,
desde mi infancia abandonados,
vuelven de pronto y pronto son barridos.

El tiempo desmenuza mis corbatas,
avienta mis papeles, se fuma
mis cigarros y sin cesar se pierde
tras de la esquina.

Día que apenas vivo y se hace noche
y se sumerge en una marejada de almanaques,
sus huellas son de viento y no me sirven.

Vivo para mañana y eso es todo.
Y eso no es nada. Y sin embargo es
la única luz que alumbra este soneto.

miércoles, 30 de abril de 2008

Un caballo en la casa - Wáshington Delgado

Guardo un caballo en mi casa.
De día patea el suelo
junto a la cocina;
De noche duerme al pie de mi cama.
Con su boñiga y sus relinchos
hace incómoda la vida
en una casa pequeña.
¿Pero qué otra cosa puedo hacer
mientras camino hacia la muerte
en un mundo al borde del abismo?
¿Qué otra cosa sino guardar este caballo
como pálida sombra de los prados abiertos
bajo el aire libre?
En la ciudad muerta y anónima,
entre los muertos sin nombre, yo camino
como un muerto más.
Las gentes me miran o no me miran,
tropiezan conmigo y se disculpan
o me maldicen y no saben
que guardo un caballo en mi casa.
En la noche, acaricio sus crines
y le doy un trozo de azúcar,
como en las películas.
Él me mira blandamente, unas lágrimas
parecen a punto de caer de sus ojos redondos.
Es el humo de la cocina o tal vez
le desespera vivir en un patio
de veinte metros cuadrados
o dormir en una alcoba
con piso de madera.
A veces pienso
que deberia dejarlo irse libremente
en busca de su propia muerte.
¿Y los prados lejanos
sin los cuales yo no podría vivir?
Guardo un caballo en mi casa
desesperadamente encadenado
a mi sueño de libertad.