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domingo, 2 de diciembre de 2018

poemas perfectos II


En cierto punto, todos quieren saber cómo fue...
TRACY K. SMITH

Había algo acerca de cómo se sentía. No solo su duración -
Esa dura agitación de bulto y aliento, extremidad y diente, nuestra masa,
La prisa que inventamos y subimos - pero más que nada el antes.

La espera, sabiendo que iba a suceder. Espasmo. Placer y luego dolor.
Luego el secreto viaje del después. Lanzado como un abrigo por un puente.
De cualquier forma abandonas aquello sin lo cual mueres. Solo lo haces.

Lo mejor fue no tener nada. Ni esperanza. Ni nombre en la garganta.
Y hallar el aliento en ti, el cuerpo, para preguntar.

Traducción de José Miguel Herbozo

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Encontrado en: Lucerna. Revista de Literatura. Año 5, No. 9. Lima, noviembre del 2016

miércoles, 29 de mayo de 2013

lugares I

[una conversación en una novela]

-En estos días siento como si al venir a este país uno hiciera un pacto con el diablo. Entregas tu pasaporte al entrar, te lo sellan, quieres ganar un poquito de dinero, hacer un buen comienzo … ¡pero quieres volver! ¿Quién querría quedarse? En este lugar frío, húmedo, miserable, con comida horrenda, con periódicos que ponen los pelos de punta- ¿quién querría quedarse? En un lugar donde nunca eres bienvenido, tan solo tolerado. Apenas tolerado. Como si fueras un animal que por fin aprendió a hacer sus cosas fuera de casa. ¿Quién querría quedarse? Pero has hecho un pacto con el diablo… Te arrastra y arrastra y de pronto ya no puedes regresar, tus hijos están irreconocibles, no perteneces a ninguna parte.

-No, eso no es cierto.

-Y entonces empiezas a deshacerte de la idea misma de pertenecer a alguna parte. De pronto esta cosa, este pertenecer, empieza a parecer una mentira extensa y viscosa…Y empiezo a pensar que los lugares de nacimiento son accidentales, que todo es un accidente. Pero si lo crees así, ¿a dónde vas? ¿Qué haces? ¿Cómo puede entonces importar algo?

Mientras Samad describía horrorizado esta distopía, Irie se avergonzaba al descubrir que ese territorio de accidentes a ella le sonaba a paraíso. Sonaba a libertad.

-¿Dí, me entiendes?  Yo sé que me entiendes.

Y con ello realmente decía: ¿Hablamos el mismo lenguaje? ¿Somos del mismo lugar? ¿Somos iguales?

Irie le apretó la mano y asintió vigorosamente [...]. ¿Qué más podía hacer aparte de decirle lo que él quería oír?

-Sí -contestó- por supuesto que sí, sí, claro que sí. 

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Zadie Smith, White Teeth, London: Penguin Books 2001, pp. 407-408

martes, 23 de octubre de 2012

La lista de Alex (incompleta)

La voz de Sinatra entre 1948 y 1956
El pie derecho de Donald O’Connor
El antiguo camino al colegio en una mañana de marzo
La letra א
Estar dentro de ella, sus piernas alrededor de mis caderas
Gente resbalando y cayendo
Chistes
Gatos con sobrepeso
Las peliculas de Kitty Alexander
Relaciones que no tienen que ver con sangre ni con ningun otro fluido
Tabaco
Decir a los niños que la vida es solo sufrir
Alcohol
Dios
El olor de la canela
Esther


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Zadie Smith, The Autograph Man, Penguin Books: London 2002, p. 324-325