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martes, 19 de julio de 2011

Un poema de Ana Rossetti

Creí que te habías muerto, corazón mío...
ANA ROSSETTI

Creí que te habías muerto, corazón mío,
en Junio.
Creí que, definitivamente, te habías muerto:
sí, lo creí.
Que, después de haber esparcido el revoloteo púrpura
de tu desesperación, como una alondra caíste en el
alféizar; que te extinguiste como el fulgor atemorizado
de un espectro; que como una cuerda tensa te rompiste,
con un chasquido seco y terminante.
Creí que, acorralado por tus desvaríos, traicionado por
los todavías, alcanzado por las evidencias, exhausto,
abatido, habías sido derribado al fin.
Y contigo, se desvanecieron los engarces entre
sentimientos, imágenes, suposiciones y pruebas.
Se me fueron abriendo las costuras de la memoria: ya
me estaba acostumbrando a vivir sin ti.
Pero tus fragmentos estallados se han ido
buscando, encontrando, cohesionándose como gotas de
mercurio, sin cicatriz ni señal.
Y ahí estás, otra vez inocente, sin acusar enmienda ni
escarmiento, guiando, dirigiendo, adentrando en ti el
peligro, como si fueras invulnerable o sabio, como si,
recién nacido apenas, ya fueras capaz de distinguir, en
el mellado filo del clavel,
la espada

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Texto tomado de aquí.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Adiós Pueblo de Ayacucho



Adiós Pueblo de Ayacucho

Adiós pueblo de Ayacucho, perlaschallay,
donde he padecido tanto, perlaschallay,
ciertas malas voluntades, perlaschallay,
hacen que yo me retire, perlaschallay.

Paqarinmi ripuchkani, perlaschallay,
mana pitaq despidispa, perlaschallay,
kausaspaycha kutimusaq, perlaschallay,
wañuqpayqa manañacha, perlaschallay.

Adiós pueblo de Ayacucho, perlaschallay,
ripuqtaña qawariway, perlaschallay,
por más lejos que me encuentre, perlaschallay,
nunca podré olvidarte, perlaschallay.

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Letra tomada de aquí.

sábado, 17 de abril de 2010

ese enemigo

Art is a gun

El cuento final, primorosamente escrito, encandiló al muchacho. Él fue uno de los pocos que lo leyeron, pues la edición solo constaba de unas docenas de ejemplares, mecanografiados por un grupo de poetas jóvenes y novelistas de Rosario, su ciudad. Trataba de un campesino que se negó a ser soplón y a traicionar a sus camaradas de clase. El hacendado, vengativo, respondía dejándolo sin trabajo.
Las oraciones sinuosas, el verbo certero, los adjetivos sugerentes y algunas metáforas que adornaban el texto le parecieron lo más bonito que había leído en su vida, pero la característica que más le impresiono fue el final abierto, que permitía soñar, en el que los ojos del campesino se quedaban mirando fijamente al hacendado, con una determinación inapelable.
Muchos años después, aquel muchacho cayo combatiendo en la selva boliviana. Los soldados del ejército enemigo encontraron junto a su diario unas hojas desgastadas. El cuento se llamaba Venceremos.

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Manuel Talens,
Rueda del Tiempo, Coleccion Andanzas de Tusquets Editores, Barcelona 2001, p. 91