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sábado, 26 de marzo de 2022

lenguajes XXVII

La transfiguración de Miguel Ángel (o "la fe mueve montañas")
PEDRO LEMEBEL

Cada cierto tiempo en Chile, y según el oportunismo noticioso, que levanta o acalla sucesos populares de acuerdo a las políticas de turno, se aparecen vírgenes en las cortezas de los árboles, en la pintura revenida de un muro abandonado, en la ventana rota de una casa de putas, en un gallinero, donde las aves ponen huevos con la cara de Nuestra Señora, en el vidrio del auto de Pinochet, hecho astillas en el atentado, en las tapitas de Coca-Cola, en la bandera desteñida de un club deportivo, en fin, por todas partes, sin previo aviso, la madre de Cristo reitera su performance iluminando al primero que la ve, dejándolo con los ojos blancos, titulado de curador, por ser el elegido que prendió la tele de la santidad.

Tal fue el bullado caso del Miguel Ángel de Villa Alemana. El niño santo, el púber médium que de un día a otro cambió su aporreada vida de orfanato por la fama de milagrero que hablaba con la virgen de tú a tú. Antes de aquella tarde, Miguel Ángel era un deslavado niño chileno, sin ninguna gracia. Y su pueblo no aparecía en las noticias desde el terremoto. Entonces nadie podía imaginar que ese pobre huacho iba a ser el personaje que provocaría tanta conmoción repitiendo yo la vi, yo la vi, ella me dijo. Y se despobló el pueblo con el alcalde, el cura, las profesoras, los bomberos y cuanto curioso corriendo, atropellándose por llegar al cerro donde el cabro decía que la virgen lo estaba esperando. Que ahí mismo, en esos peñascos, en esa lomita, hay una señora de blanco que me está llamando. ¿No la ven? Es tan linda. Fíjense cómo me sonríe. Pero nadie veía más que piedras y espinos. Nadie puede ver a la inmaculada porque ella no quiere, dijo una mujer. Ella sólo se deja ver por niños puros, y en este pueblo la gente es tan mala y peleadora. Solamente al Miguel Ángel le da la pasa para deleitarlo con su fulgor. Y parece que era cierto, porque el Miguel Ángel entraba como en éxtasis cuando llegaba la hora de su cita con la dama del alba. Y a través de su extraviada meditación, por su cara de arcángel volado, la multitud se hizo partícipe del milagro, viéndolo caer al suelo, orando, en trabalenguas y extrañas murmuraciones que las beatas traducían al latín y mapuche.La gran aglomeración de pueblo que llegaba a Peña Blanca estallaba en llantos y mea culpas cuando al chiquillo le bajaban esos tiritones, esos ataques, esa epilepsia delespíritu revolcándose en las piedras, arañándose la cara, arrancándose el pelo a mechones. No podían sujetarlo, tenía la fuerza de un toro, ni siquiera cinco hombres podían con él. Se dejaba todo machucado, solamente por los pecados del mundo, decían las mujeres. Por tanta cosa terrible que pasa en este país, el pobrecito se convierte en un Cristo niño que paga por nosotros.

Así, la noticia del Bernardito de Villa Alemana sobrepasó las fronteras del chismorreo campestre, sobre todo cuando se supo que un cojo salió corriendo, un ciego, dijo ver la bandera norteamericana en la luna, y un mudo se convirtió en relator deportivo. Entonces, comenzaron las peregrinaciones, las multitudes de enfermos que buscaban la sanación, y los sanos aburridos que deseaban contraer la epidemia de la fe. Por camionadas llegaban paralíticos tullidos y sifilíticos que arrastraban sus hernias, dejando una huella purulenta en el camino. Tratando de alcanzar la luz medicinal de las manos del niño santo, el iluminado Miguel Ángel, la bienaventuranza del pueblo, ahora cómodamente instalado en una regia casa, donde sus secretarias encuestaban, hacían prediagnósticos, repartían números, y a escobazos mantenían a raya al choclón de moribundos que se agarraban a muletazos por alcanzar una consulta. Y fue tal el suceso, que la conmoción llegó a Santiago. Y corrieron los periodistas acezando con sus grabadoras y libretas tomando notas. Y llegó la televisión con cámaras infrarrojas para revelar la imagen extraterrestre, que decían, bajaba al Chile de Pinochet para conversar con un niño pobre. Tanto despelote preocupó a la curia eclesiástica, siempre suspicaz frente a estos arrebatos de la fe popular. Y después de largas reuniones el obispado resolvió mandar a un viejo sacerdote experto en exorcismo a investigar los sucesos de Peña Blanca.

Así, el enjuto encargado se entrevistó con el cura del pueblo, indagó las vidas de los enfermos sanos, sostuvo largas pláticas con Miguel Ángel, permaneció día y noche mirando el peñasco donde decían aterrizaba la virgen. Meditó, rezó el rosario al revés y al derecho, intentó emocionarse con las piruetas parapléjicas de Miguel Ángel, estuvo tentado a parar las patas y ponerse de cabeza para ver el cielo al revés. Por si acaso, se arrepintió mil veces de haber, sido capellán militar, y haberle dado la comunión quizás a tanto asesino. No comió nada, evitando la tentación olorosa de los anticuchos, empanadas y fritangas con ajo que humeaban en la feria instalada a los pies del improvisado santuario. No dijo nada frente a ese circo que transformó el pueblo en una avalancha de acróbatas, saltimbanquis, prestidigitadores y gitanas que comerciaban con la imagen sacrosanta. Fue tolerante con los pósters a color que sacaron con la foto de María abrazada con el chiquillo. Con las distintas representaciones de la virgen: de huasa, de punky, de hippie, y hasta con un casco espacial bajando de un ovni. Se hizo el leso frente a tanta ignominia, lo soportó todo solamente para ver algo, para encontrarse cara a cara con la divinidad y preguntarle por qué había elegido a ese chiquillo mugriento que ni siquiera había hecho la primera comunión. Por qué señora, te apareciste a este cabro hereje. Por qué a mí me niegas tu presencia. A mí, que me he pasado la vida en flagelaciones y torturas, sólo para verte aunque sea de reojo. Por qué ni siquiera una lucecita, ni un rayito de esa tormenta eléctrica que deja con los ojos turnios a toda esta gente. Por qué no me has dado ni una seña, en todos estos días que he tenido que aguantar a tanto pecador, a tanto homosexual sidoso rascándose las pústulas a mi lado.

Por qué señora. Yo que he permanecido una semana con los ojos abiertos, con el corazón en paz, con la boca llena de tierra y las tripas secas de ayuno. Tratando de cachar algún destello, intentando aplacar la rabia, para que me llegue al menos alguna chispita de tu gracia. Para no irme como llegué. Y nada, nada, nada. Puro teatro, pura superchería de pobres y charlatanes. Pura falsedad esos milagros del tal Miguel Ángel. Sugestión colectiva, le voy a poner al informe que me encargó el arzobispado. Y si me equivoco, Dios nomás lo sabe.

El diagnóstico que dio la iglesia sobre el caso de Peña Blanca, más que desacreditar los poderes sanativos de Miguel Ángel, los hizo más populares, sumándose a sus fans otra parte de la religiosidad que desconfía de los curas.

Así, su fama traspasó las fronteras, llegando peregrinos de todo el mundo: enfermos incurables, que ya hablan recorrido otros santuarios tan taquilleros como Lourdes, Fátima y Lo Vásquez, gringos sudorosos por el cáncer, leprosos de la India, locas sídosas y desahuciadas que salían enfermas de sanas, agradeciendo a la virgen el milagro, besándole las manos a Miguel Ángel, que inmutable, recibía las donaciones voluntarias por el pago de sus poderes curativos. Regalos y abonos en dólares y cheques viajeros, que fueron juntando una pequeña fortuna. Para levantar un templo a nuestra señora, contestaba Miguel Ángel, cansado de tanta pregunta indiscreta, agotado de tanta entrevista copuchenta y de tanto repetir el rito del sana, sana, potito de rana.

Por eso, y respondiendo a las numerosas invitaciones que le hacían del extranjero, decidió tomarse un descanso. Y un día cerró el boliche argumentando que se iba a un encuentro internacional de iluminados. Y todo el pueblo lo fue a despedir a la carretera con lágrimas en los ojos. El alcalde leyó un largo y conmovedor discurso, y luego, aleteado por los aplausos, Miguel Ángel se alejó de su tierra repartiendo bendiciones por la ventana del bus, hasta que este fue sólo un puntito azul que se esfumó en la distancia.

Así, con la partida del santo, Peña Blanca retornó a su languidez de anonimato. El viento fue desmantelando los altares y la lluvia del invierno se encargó de desteñir las imágenes arrastradas por la tormenta. El zapatero desarmó su stand de refrescos y volvió a los zapatos, la modista guardó los frasquitos con tierra del monte y regresó a su costura, la profesora no tuvo más clientela traduciendo los mensajes divinos y retornó la tiza y el pizarrón, y los cabros chicos dejaron de ser guías turísticos odiando volver a clases. Y luego y pronto y después, todo volvió a ser tristemente como antes.

Varios años pasaron desde entonces, en Santiago la resistencia ocupó las calles a puro bombazo. Y la dictadura vio llegar los nacarados aires de la democracia, refunfuñando. Y Miguel Ángel se borró de la memoria de la gente, ocupada por los esperados cambios políticos.

Muy pocos se acordaban del niño santo cuando un periódico anunció su regreso. Dos o tres periodistas fueron al aeropuerto a esperarlo, y luego de ver a tanto exiliado bajar del avión y besar el suelo entre lágrimas y babas con tierra natal. Después de verlos descargar media Europa en sus equipajes, gritando en francés a tanto cabro mapuche que se resistía a bajar del avión. Pog qué. Chile seg feo. Yo quereg volveg a París, alegaban los críos del retorno, arrastrados de las orejas, chillando en un cruce de lenguas. Luego de este espectáculo, cuando no quedaban más pasajeros y los periodistas decepcionados por el fallido aviso se aprontaban a marcharse. En un enjambre de azafatas, como en su primer día de vuelo, se acerca una niña de pelo largo y gafas oscuras diciendo: ¿No me reconocen? Soy Miguel Ángel. La virgen me hizo mujer.

El programa especial de televisión que mostró la transfiguración del niño santo lo vio todo el país. Para armar el recuento biográfico, se desempolvaron imágenes de Peña Blanca, las multitudes, el cerro de la virgen, las fotos en éxtasis del Cristo adolescente, su prístino mirar, su pureza de ninfo celeste de entonces, contrastado con la mina tetona de lacia cabellera negra y labios rojos, en entrevista exclusiva por Canal Nacional. Poco quedaba del Miguel Ángel, ángel de los inválidos. Solamente algo de su voz, ahora enroquecida por la madurez, dándole gracias a la virgen por el relámpago transexual que la cambió el género.

También el programa incluyó testimonios de personas allegadas al personaje. Como la anciana doctora del orfanato, entrevistada y asegurando que Miguel Ángel de niño era hombrecito, tenia pene y testículos bien formados. Yo lo sé, porque me tocaba revisarlo bien seguido, de eso estoy segura. Ahora no sé, estoy confundida con los exámenes médicos que dicen que es una mujer y no presenta rastros de cirugía Él dice, perdón ella dice, que la virgen le ofreció para él un último milagro, porque estaba cansada y quería retirarse. Puede ser, yo no soy creyente pero «la fe mueve montañas». Además, hay cosas que aún la ciencia no comprende.

Después de la pausa comercial, habló un obispo. Dijo que Maria Santísima no hacia este tipo de milagros, menos interferir en la creación divina, porque ella, por muy madre que sea, no tiene poderes para cambiar la voluntad del creador que ha hecho al hombre bien hombre, y a la mujer, bien mujer. La biblia es muy clara en estas cosas, no admite trucos sodomitas ni operaciones sexuales con bisturíes místicos. La virgen no se manda sola, ella está subordínada al altísimo, que es la última palabra.

El controvertido documental reventó el rating televisivo. Por la pantalla se vio al Miguel Ángel peinándose, pintándose las uñas, planchando y cocinando como una sencilla doncella. También lo mostró paseando por el cerro de las apariciones de la mano con su actual novio. Un flamante macho joven declarando que se casarían lo antes posible, que serían muy felices y los hijos.... bueno, a la virgen siempre le quedan milagros, y "la fe mueve montañas".

Casi todos los protagonistas del suceso comparecieron en el juicio televisivo, menos el anciano encargado episcopal, ya muy viejo, y repitiendo que por fin la virgen le daba una prueba de su gracia, que después de tanta súplica, María conmovida, se le aparecía encarnada en la transfiguración de Miguel Ángel. Que ahora si podía morir tranquilo, después de ver su cara en la tele, en persona, hablando. Tan linda ella, tan joven, tan bella su mirada misericordiosa que apareció en la foto del diario, que él recortó para ponerla en el altar, para engalanarla de flores, reemplazando así la antigua imagen de esa señora tan pasada de moda.

El viejo sacerdote fue de los pocos que se tragaron el milagro, y se despidió del mundo extasiado con los ojos de su virgen travesti. El resto del país a la semana ya habla olvidado la insólita teleserie. Del Miguel Ángel nunca más se supo, nunca más hizo curaciones mágicas que dieran noticia. Seguramente por estar ocupado, cumpliendo labores domésticas.

En el pueblo nadie quiso hablar del asunto, nadie había prendido la tele ni leído el diario ese día. Sobre el tema se estableció una nube de silencio que borró el nombre Miguel Ángel de la memoria de sus habitantes. Sólo quedó el monte en medio del campo, iluminado a veces por un fulgor lunar que suaviza la erección pétrea con un manto vaporoso. Hasta allí, en medio de la noche, camuflados por las sombras, llegan hoy otro tipo de visitantes; un peregrinaje travesti que sube la cuesta de Peña Blanca con los tacoaltos en la mano. Mariquillas que quieren ser mujer, transexuales indigentes que no tienen plata para operarse, hermafroditas naturistas que exponen la próstata para recibir el hachazo celeste. Son los únicos que aún acuden al santuario, los únicos que riegan de velas el roquerío, los únicos que hacen la manda de quedarse extáticos en pose de diva hasta que retumba el alba. A ver si María desde el cielo los escucha, a ver si la mamita virgen, para callado y a espaldas de Dios, baja a la tierra para repetir el milagro, tan barato, tan suave como un golpe de azucena, sin anestesia y sin dolor.

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Texto encontrado aquí.


lunes, 4 de noviembre de 2019

los cazarrecompensas


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Sensini
ROBERTO BOLAÑO

      La forma en que se desarrolló mi amistad con Sensini sin duda se sale de lo corriente. En aquella época yo tenía veintitantos años y era más pobre que una rata. Vivía en las afueras de Girona, en una casa en ruinas que me habían dejado mi hermana y mi cuñado tras marcharse a México y acababa de perder un trabajo de vigilante nocturno en un cámping de Barcelona, el cual había acentuado mi disposición a no dormir durante las noches. Casi no tenía amigos y lo único que hacía era escribir y dar largos paseos que comenzaban a las siete de la tarde, tras despertar, momento en el cual mi cuerpo experimentaba algo semejante al jet-lag, una sensación de estar y no estar, de distancia con respecto a lo que me rodeaba, de indefinida fragilidad. Vivía con lo que había ahorrado durante el verano y aunque apenas gastaba mis ahorros iban menguando al paso del otoño. Tal vez eso fue lo que me impulsó a participar en el Concurso Nacional de Literatura de Alcoy, abierto a escritores de lengua castellana, cualquiera que fuera su nacionalidad y lugar de residencia. El premio estaba divido en tres modalidades: poesía, cuento y ensayo. Primero pensé en presentarme en poesía, pero enviar a luchar con los leones (o con las hienas) aquello que era lo que mejor hacía me pareció indecoroso. Después pensé en presentarme en ensayo, pero cuando me enviaron las bases descubrí que éste debía versar sobre Alcoy, sus alrededores, su historia, sus hombres ilustres, su proyección en el futuro y eso me excedía. Decidí, pues, presentarme en cuento y envié por triplicado el mejor que tenía (no tenía muchos) y me senté a esperar
       Cuando el premio se falló trabajaba de vendedor ambulante en una feria de artesanía en donde absolutamente nadie vendía artesanías. Obtuve el tercer accésit y diez mil pesetas que el Ayuntamiento de Alcoy me pagó religiosamente. Poco después me llegó el libro, en el que no escaseaban las erratas, con el ganador y los seis finalistas. Por supuesto, mi cuento era mejor que el que se había llevado el premio gordo, lo que me llevó a maldecir al jurado y a decirme que, en fin, eso siempre pasa. Pero lo que realmente me sorprendió fue encontrar en el mismo libro a Luis Antonio Sensini, el escritor argentino, segundo accésit, con un cuento en donde el narrador se iba al campo y allí se le moría su hijo o con un cuento en donde el narrador se iba al campo porque en la ciudad se le había muerto su hijo, no quedaba nada claro, lo cierto es que en el campo, un campo plano y más bien yermo, el hijo del narrador se seguía muriendo, en fin, el cuento era claustrofóbico, muy al estilo de Sensini, de los grandes espacios geográficos de Sensini que de pronto se achicaban hasta tener el tamaño de un ataúd, y superior al ganador y al primer accésit y también superior al tercer accésit y al cuarto, quinto y sexto
       No sé qué fue lo que me impulsó a pedirle al Ayuntamiento de Alcoy la dirección de Sensini. Yo había leído una novela suya y algunos de sus cuentos en revistas latinoamericanas. La novela era de las que hacen lectores. Se llamaba Ugarte y trataba sobre algunos momentos de la vida de Juan de Ugarte, burócrata en el Virreinato del Río de la Plata a finales del siglo XVIII. Algunos críticos, sobre todo españoles, la habían despachado diciendo que se trataba de una especie de Kafka colonial, pero poco a poco la novela fue haciendo sus propios lectores y para cuando me encontré a Sensini en el libro de cuentos de Alcoy, Ugarte tenía repartidos en varios rincones de América y España unos pocos y fervorosos lectores, casi todos amigos o enemigos gratuitos entre sí. Sensini, por descontado, tenía otros libros, publicados en Argentina o en editoriales españolas desaparecidas, y pertenecía a esa generación intermedia de escritores nacidos en los años veinte, después de Cortázar, Bioy, Sabato, Mujica Lainez, y cuyo exponente más conocido (al menos por entonces, al menos para mí) era Haroldo Conti, desaparecido en uno de los campos especiales de la dictadura de Videla y sus secuaces. De esta generación (aunque tal vez la palabra generación sea excesiva) quedaba poco, pero no por falta de brillantez o talento; seguidores de Roberto Arlt, periodistas y profesores y traductores, de alguna manera anunciaron lo que vendría a continuación, y lo anunciaron a su manera triste y escéptica que al final se los fue tragando a todos
       A mí me gustaban. En una época lejana de mi vida había leído las obras de teatro de Abelardo Castillo, los cuentos de Rodolfo Walsh (como Conti asesinado por la dictadura), los cuentos de Daniel Moyano, lecturas parciales y fragmentadas que ofrecían las revistas argentinas o mexicanas o cubanas, libros encontrados en las librerías de viejo del D.F., antologías piratas de la literatura bonaerense, probablemente la mejor en lengua española de este siglo, literatura de la que ellos formaban parte y que no era ciertamente la de Borges o Cortázar y a la que no tardarían en dejar atrás Manuel Puig y Osvaldo Soriano, pero que ofrecía al lector textos compactos, inteligentes, que propiciaban la complicidad y la alegría. Mi favorito, de más está decirlo, era Sensini, y el hecho de alguna manera sangrante y de alguna manera halagador de encontrármelo en un concurso literario de provincias me impulsó a intentar establecer contacto con él, saludarlo, decirle cuánto lo quería
       Así pues, el Ayuntamiento de Alcoy no tardó en enviarme su dirección, vivía en Madrid, y una noche, después de cenar o comer o merendar, le escribí una larga carta en donde hablaba de ligarte, de los otros cuentos suyos que había leído en revistas, de mí, de mi casa en las afueras de Girona, del concurso literario (me reía del ganador), de la situación política chilena y argentina (todavía estaban bien establecidas ambas dictaduras), de los cuentos de Walsh (que era el otro a quien más quería junto con Sensini), de la vida en España y de la vida en general. Contra lo que esperaba, recibí una carta suya apenas una semana después. Comenzaba dándome las gracias por la mía, decía que en efecto el Ayuntamiento de Alcoy también le había enviado a él el libro con los cuentos galardonados pero que, al contrario que yo, él no había encontrado tiempo (aunque después, cuando volvía de forma sesgada sobre el mismo tema, decía que no había encontrado ánimo suficiente) para repasar el relato ganador y los accésits, aunque en estos días se había leído el mío y lo había encontrado de calidad, «un cuento de primer orden», decía, conservo la carta, y al mismo tiempo me instaba a perseverar, pero no, como al principio entendí, a perseverar en la escritura sino a perseverar en los concursos, algo que él, me aseguraba, también haría. Acto seguido pasaba a preguntarme por los certámenes literarios que se «avizoraban en el horizonte», encomiándome que apenas supiera de uno se lo hiciera saber en el acto. En contrapartida me adjuntaba las señas de dos concursos de relatos, uno en Plasencia y el otro en Écija, de 25.000 y 30.000 pesetas respectivamente, cuyas bases según pude comprobar más tarde extraía de periódicos y revistas madrileñas cuya sola existencia era un crimen o un milagro, depende. Ambos concursos aún estaban a mi alcance y Sensini terminaba su carta de manera más bien entusiasta, como si ambos estuviéramos en la línea de salida de una carrera interminable, amén de dura y sin sentido. «Valor y a trabajar», decía
       Recuerdo que pensé: qué extraña carta, recuerdo que releí algunas capítulos de Ugarte, por esos días aparecieron en la plaza de los cines de Girona los vendedores ambulantes de libros, gente que montaba sus tenderetes alrededor de la plaza y que ofrecía mayormente stocks invendibles, los saldos de las editoriales que no hacía mucho habían quebrado, libros de la Segunda Guerra Mundial, novelas de amor y de vaqueros, colecciones de postales. En uno de los tenderetes encontré un libro de cuentos de Sensini y lo compré. Estaba como nuevo —de hecho era un libro nuevo, de aquellos que las editoriales venden rebajados a los únicos que mueven este material, los ambulantes, cuando ya ninguna librería, ningún distribuidor quiere meter las manos en ese fuego— y aquella semana fue una semana Sensini en todos los sentidos. A veces releía por centésima vez su carta, otras veces hojeaba Ugarte, y cuando quería acción, novedad, leía sus cuentos. Éstos, aunque trataban sobre una gama variada de temas y situaciones, generalmente se desarrollaban en el campo, en la pampa, y eran lo que al menos antiguamente se llamaban historias de hombres a caballo. Es decir historias de gente armada, desafortunada, solitaria o con un peculiar sentido de la sociabilidad. Todo lo que en Ugarte era frialdad, un pulso preciso de neurocirujano, en el libro de cuentos era calidez, paisajes que se alejaban del lector muy lentamente (y que a veces se alejaban con el lector), personajes valientes y a la deriva
       En el concurso de Plasencia no alcancé a participar, pero en el de Écija sí. Apenas hube puesto los ejemplares de mi cuento (seudónimo: Aloysius Acker) en el correo, comprendí que si me quedaba esperando el resultado las cosas no podían sino empeorar. Así que decidí buscar otros concursos y de paso cumplir con el pedido de Sensini. Los días siguientes, cuando bajaba a Girona, los dediqué a trajinar periódicos atrasados en busca de información: en algunos ocupaban una columna junto a ecos de sociedad, en otros aparecían entre sucesos y deportes, el más serio de todos los situaba a mitad de camino del informe del tiempo y las notas necrológicas, ninguno, claro, en las páginas culturales. Descubrí, asimismo, una revista de la Generalitat que entre becas, intercambios, avisos de trabajo, cursos de posgrado, insertaba anuncios de concursos literarios, la mayoría de ámbito catalán y en lengua catalana, pero no todos. Pronto tuve tres concursos en ciernes en los que Sensini y yo podíamos participar y le escribí una carta
       Como siempre, la respuesta me llegó a vuelta de correo. La carta de Sensini era breve. Contestaba algunas de mis preguntas, la mayoría de ellas relativas a su libro de cuentos recién comprado, y adjuntaba a su vez las fotocopias de las bases de otros tres concursos de cuento, uno de ellos auspiciado por los Ferrocarriles del Estado, premio gordo y diez finalistas a 50.000 pesetas por barba, decía textualmente, el que no se presenta no gana, que por la intención no quede. Le contesté diciéndole que no tenía tantos cuentos como para cubrir los seis concursos en marcha, pero sobre todo intenté tocar otros temas, la carta se me fue de la mano, le hablé de viajes, amores perdidos, Walsh, Conti, Francisco Urondo, le pregunté por Gelman al que sin duda conocía, terminé contándole mi historia por capítulos, siempre que hablo con argentinos termino enzarzándome con el tango y el laberinto, les sucede a muchos chilenos
       La respuesta de Sensini fue puntual y extensa, al menos en lo tocante a la producción y los concursos. En un folio escrito a un solo espacio y por ambas caras exponía una suerte de estrategia general con respecto a los premios literarios de provincias. Le hablo por experiencia, decía. La carta comenzaba por santificarlos (nunca supe si en serio o en broma), fuente de ingresos que ayudaban al diario sustento. Al referirse a las entidades patrocinadoras, ayuntamientos y cajas de ahorro, decía «esa buena gente que cree en la literatura», o «esos lectores puros y un poco forzados». No se hacía en cambio ninguna ilusión con respecto a la información de la «buena gente», los lectores que previsiblemente (o no tan previsiblemente) consumirían aquellos libros invisibles. Insistía en que participara en el mayor número posible de premios, aunque sugería que como medida de precaución les cambiara el título a los cuentos si con uno solo, por ejemplo, acudía a tres concursos cuyos fallos coincidían por las mismas fechas. Exponía como ejemplo de esto su relato Al amanecer, relato que yo no conocía, y que él había enviado a varios certámenes literarios casi de manera experimental, como el conejillo de Indias destinado a probar los efectos de una vacuna desconocida. En el primer concurso, el mejor pagado, Al amanecer fue como Al amanecer, en el segundo concurso se presentó como Los gauchos, en el tercer concurso su título era En la otra pampa, y en el último se llamaba Sin remordimientos. Ganó en el segundo y en el último, y con la plata obtenida en ambos premios pudo pagar un mes y medio de alquiler, en Madrid los precios estaban por las nubes. Por supuesto, nadie se enteró de que Los gauchos y Sin remordimientos eran el mismo cuento con el título cambiado, aunque siempre existía el riesgo de coincidir en más de una liza con un mismo jurado, oficio singular que en España ejercían de forma contumaz una pléyade de escritores y poetas menores o autores laureados en anteriores fiestas. El mundo de la literatura es terrible, además de ridículo, decía. Y añadía que ni siquiera el repetido encuentro con un mismo jurado constituía de hecho un peligro, pues éstos generalmente no leían las obras presentadas o las leían por encima o las leían a medias. Y a mayor abundamiento, decía, quién sabe si Los gauchos y Sin remordimientos no sean dos relatos distintos cuya singularidad resida precisamente en el título. Parecidos, incluso muy parecidos, pero distintos. La carta concluía enfatizando que lo ideal sería hacer otra cosa, por ejemplo vivir y escribir en Buenos Aires, sobre el particular pocas dudas tenía, pero que la realidad era la realidad, y uno tenía que ganarse los porotos (no sé si en Argentina llaman porotos a las judías, en Chile sí) y que por ahora la salida era ésa. Es como pasear por la geografía española, decía. Voy a cumplir sesenta años, pero me siento como si tuviera veinticinco, afirmaba al final de la carta o tal vez en la posdata. Al principio me pareció una declaración muy triste, pero cuando la leí por segunda o tercera vez comprendí que era como si me dijera: ¿cuántos años tenés vos, pibe? Mi respuesta, lo recuerdo, fue inmediata. Le dije que tenía veintiocho, tres más que él. Aquella mañana fue como si recuperara si no la felicidad, sí la energía, una energía que se parecía mucho al humor, un humor que se parecía mucho a la memoria
       No me dediqué, como me sugería Sensini, a los concursos de cuentos, aunque sí participé en los últimos que entre él y yo habíamos descubierto. No gané en ninguno, Sensini volvió a hacer doblete en Don Benito y en Écija, con un relato que originalmente se titulaba Los sables y que en Écija se llamó Dos espadas y en Don Benito El tajo más profundo. Y ganó un accésit en el premio de los ferrocarriles, lo que le proporcionó no sólo dinero sino también un billete franco para viajar durante un año por la red de la Renfe
       Con el tiempo fui sabiendo más cosas de él. Vivía en un piso de Madrid con su mujer y su única hija, de diecisiete años, llamada Miranda. Otro hijo, de su primer matrimonio, andaba perdido por Latinoamérica o eso quería creer. Se llamaba Gregorio, tenía treintaicinco años, era periodista. A veces Sensini me contaba de sus diligencias en organismos humanitarios o vinculados a los departamentos de derechos humanos de la Unión Europea para averiguar el paradero de Gregorio. En esas ocasiones las cartas solían ser pesadas, monótonas, como si mediante la descripción del laberinto burocrático Sensini exorcizara a sus propios fantasmas. Dejé de vivir con Gregorio, me dijo en una ocasión, cuando el pibe tenía cinco años. No añadía nada más, pero yo vi a Gregorio de cinco años y vi a Sensini escribiendo en la redacción de un periódico y todo era irremediable. También me pregunté por el nombre y no sé por qué llegué a la conclusión de que había sido una suerte de homenaje inconsciente a Gregorio Samsa. Esto último, por supuesto, nunca se lo dije. Cuando hablaba de Miranda, por el contrario, Sensini se ponía alegre, Miranda era joven, tenía ganas de comerse el mundo, una curiosidad insaciable, y además, decía, era linda y buena. Se parece a Gregorio, decía, sólo que Miranda es mujer (obviamente) y no tuvo que pasar por lo que pasó mi hijo mayor
       Poco a poco las cartas de Sensini se fueron haciendo más largas. Vivía en un barrio desangelado de Madrid, en un piso de dos habitaciones más sala comedor, cocina y baño. Saber que yo disponía de más espacio que él me pareció sorprendente y después injusto. Sensini escribía en el comedor, de noche, «cuando la señora y la nena ya están dormidas», y abusaba del tabaco. Sus ingresos provenían de unos vagos trabajos editoriales (creo que corregía traducciones) y de los cuentos que salían a pelear a provincias. De vez en cuando le llegaba algún cheque por alguno de sus numerosos libros publicados, pero la mayoría de las editoriales se hacían las olvidadizas o habían quebrado. El único que seguía produciendo dinero era ligarte, cuyos derechos tenía una editorial de Barcelona. Vivía, no tardé en comprenderlo, en la pobreza, no una pobreza absoluta sino una de clase media baja, de clase media desafortunada y decente. Su mujer (que ostentaba el curioso nombre de Carmela Zajdman) trabajaba ocasionalmente en labores editoriales y dando clases particulares de inglés, francés y hebreo, aunque en más de una ocasión se había visto abocada a realizar faenas de limpieza. La hija sólo se dedicaba a los estudios y su ingreso en la universidad era inminente. En una de mis cartas le pregunté a Sensini si Miranda también se iba a dedicar a la literatura. En su respuesta decía: no, por Dios, la nena estudiará medicina
       Una noche le escribí pidiéndole una foto de su familia. Sólo después de dejar la carta en el correo me di cuenta de que lo que quería era conocer a Miranda. Una semana después me llegó una fotografía tomada seguramente en el Retiro en donde se veía a un viejo y a una mujer de mediana edad junto a una adolescente de pelo liso, delgada y alta, con los pechos muy grandes. El viejo sonreía feliz, la mujer de mediana edad miraba el rostro de su hija, como si le dijera algo, y Miranda contemplaba al fotógrafo con una seriedad que me resultó conmovedora e inquietante. Junto a la foto me envió la fotocopia de otra foto. En ésta aparecía un tipo más o menos de mi edad, de rasgos acentuados, los labios muy delgados, los pómulos pronunciados, la frente amplia, sin duda un tipo alto y fuerte que miraba a la cámara (era una foto de estudio) con seguridad y acaso con algo de impaciencia. Era Gregorio Sensini, antes de desaparecer, a los veintidós años, es decir bastante más joven de lo que yo era entonces, pero con un aire de madurez que lo hacía parecer mayor
       Durante mucho tiempo la foto y la fotocopia estuvieron en mi mesa de trabajo. A veces me pasaba mucho rato contemplándolas, otras veces me las llevaba al dormitorio y las miraba hasta caerme dormido. En su carta Sensini me había pedido que yo también les enviara una foto mía. No tenía ninguna reciente y decidí hacerme una en el fotomatón de la estación, en esos años el único fotomatón de toda Girona. Pero las fotos que me hice no me gustaron. Me encontraba feo, flaco, con el pelo mal cortado. Así que cada día iba postergando el envío de mi foto y cada día iba gastando más dinero en el fotomatón. Finalmente cogí una al azar, la metí en un sobre junto con una postal y se la envié. La respuesta tardó en llegar. En el ínterin recuerdo que escribí un poema muy largo, muy malo, lleno de voces y de rostros que parecían distintos pero que sólo eran uno, el rostro de Miranda Sensini, y que cuando yo por fin podía reconocerlo, nombrarlo, decirle Miranda, soy yo, el amigo epistolar de tu padre, ella se daba media vuelta y echaba a correr en busca de su hermano, Gregorio Samsa, en busca de los ojos de Gregorio Samsa que brillaban al fondo de un corredor en tinieblas donde se movían imperceptiblemente los bultos oscuros del terror latinoamericano
       La respuesta fue larga y cordial. Decía que Carmela y él me encontraron muy simpático, tal como me imaginaban, un poco flaco, tal vez, pero con buena pinta y que también les había gustado la postal de la catedral de Girona que esperaban ver personalmente dentro de poco, apenas se hallaran más desahogados de algunas contingencias económicas y domésticas. En la carta se daba por entendido que no sólo pasarían a verme sino que se alojarían en mi casa. De paso me ofrecían la suya para cuando yo quisiera ir a Madrid. La casa es pobre, pero tampoco es limpia, decía Sensini imitando a un famoso gaucho de tira cómica que fue muy famoso en el Cono Sur a principios de los setenta. De sus tareas literarias no decía nada. Tampoco hablaba de los concursos
       Al principio pensé en mandarle a Miranda mi poema, pero después de muchas dudas y vacilaciones decidí no hacerlo. Me estoy volviendo loco, pensé, si le mando esto a Miranda se acabaron las cartas de Sensini y además con toda la razón del mundo. Así que no se lo mandé. Durante un tiempo me dediqué a rastrearle bases de concursos. En una carta Sensini me decía que temía que la cuerda se le estuviera acabando. Interpreté sus palabras erróneamente, en el sentido de que ya no tenía suficientes certámenes literarios adonde enviar sus relatos
       Insistí en que viajaran a Girona. Les dije que Carmela y él tenían mi casa a su disposición, incluso durante unos días me obligué a limpiar, barrer, fregar y sacarle el polvo a las habitaciones en la seguridad (totalmente infundada) de que ellos y Miranda estaban al caer. Argüí que con el billete abierto de la Renfe en realidad sólo tendrían que comprar dos pasajes, uno para Carmela y otro para Miranda, y que Cataluña tenía cosas maravillosas que ofrecer al viajero. Hablé de Barcelona, de Olot, de la Costa Brava, de los días felices que sin duda pasaríamos juntos. En una larga carta de respuesta, en donde me daba las gracias por mi invitación, Sensini me informaba que por ahora no podían moverse de Madrid. La carta, por primera vez, era confusa, aunque a eso de la mitad se ponía a hablar de los premios (creo que se había ganado otro) y me daba ánimos para no desfallecer y seguir participando. En esta parte de la carta hablaba también del oficio de escritor, de la profesión, y yo tuve la impresión de que las palabras que vertía eran en parte para mí y en parte un recordatorio que se hacía a sí mismo. El resto, como ya digo, era confuso. Al terminar de leer tuve la impresión de que alguien de su familia no estaba bien de salud
       Dos o tres meses después me llegó la noticia de que probablemente habían encontrado el cadáver de Gregorio en un cementerio clandestino. En su carta Sensini era parco en expresiones de dolor, sólo me decía que tal día, a tal hora, un grupo de forenses, miembros de organizaciones de derechos humanos, una fosa común con más de cincuenta cadáveres de jóvenes, etc. Por primera vez no tuve ganas de escribirle. Me hubiera gustado llamarlo por teléfono, pero creo que nunca tuvo teléfono y si lo tuvo yo ignoraba su número. Mi contestación fue escueta. Le dije que lo sentía, aventuré la posibilidad de que tal vez el cadáver de Gregorio no fuera el cadáver de Gregorio
       Luego llegó el verano y me puse a trabajar en un hotel de la costa. En Madrid ese verano fue pródigo en conferencias, cursos, actividades culturales de toda índole, pero en ninguna de ellas participó Sensini y si participó en alguna el periódico que yo leía no lo reseñó
       A finales de agosto le envié una tarjeta. Le decía que posiblemente cuando acabara la temporada fuera a hacerle una visita. Nada más. Cuando volví a Girona, a mediados de septiembre, entre la poca correspondencia acumulada bajo la puerta encontré una carta de Sensini con fecha 7 de agosto. Era una carta de despedida. Decía que volvía a la Argentina, que con la democracia ya nadie le iba a hacer nada y que por tanto era ocioso permanecer más tiempo fuera. Además, si quería saber a ciencia cierta el destino final de Gregorio no había más remedio que volver. Carmela, por supuesto, regresa conmigo, anunciaba, pero Miranda se queda. Le escribí de inmediato, a la única dirección que tenía, pero no recibí respuesta
       Poco a poco me fui haciendo a la idea de que Sensini había vuelto para siempre a la Argentina y que si no me escribía él desde allí ya podía dar por acabada nuestra relación epistolar. Durante mucho tiempo estuve esperando su carta o eso creo ahora, al recordarlo. La carta de Sensini, por supuesto, no llegó nunca. La vida en Buenos Aires, me consolé, debía de ser rápida, explosiva, sin tiempo para nada, sólo para respirar y parpadear. Volví a escribirle a la dirección que tenía de Madrid, con la esperanza de que le hicieran llegar la carta a Miranda, pero al cabo de un mes el correo me la devolvió por ausencia del destinatario. Así que desistí y dejé que pasaran los días y fui olvidando a Sensini, aunque cuando iba a Barcelona, muy de tanto en tanto, a veces me metía tardes enteras en librerías de viejo y buscaba sus libros, los libros que yo conocía de nombre y que nunca iba a leer. Pero en las librerías sólo encontré viejos ejemplares de Ugarte y de su libro de cuentos publicado en Barcelona y cuya editorial había hecho suspensión de pagos, casi como una señal dirigida a Sensini, dirigida a mí
       Uno o dos años después supe que había muerto. No sé en qué periódico leí la noticia. Tal vez no la leí en ninguna parte, tal vez me la contaron, pero no recuerdo haber hablado por aquellas fechas con gente que lo conociera, por lo que probablemente debo de haber leído en alguna parte la noticia de su muerte. Ésta era escueta: el escritor argentino Luis Antonio Sensini, exiliado durante algunos años en España, había muerto en Buenos Aires. Creo que también, al final, mencionaban Ugarte. No sé por qué, la noticia no me impresionó. No sé por qué, el que Sensini volviera a Buenos Aires a morir me pareció lógico
       Tiempo después, cuando la foto de Sensini, Carmela y Miranda y la fotocopia de la foto de Gregorio reposaban junto con mis demás recuerdos en una caja de cartón que por algún motivo que prefiero no indagar aún no he quemado, llamaron a la puerta de mi casa. Debían de ser las doce de la noche, pero yo estaba despierto. La llamada, sin embargo, me sobresaltó. Ninguna de las pocas personas que conocía en Girona hubieran ido a mi casa a no ser que ocurriera algo fuera de lo normal. Al abrir me encontré a una mujer de pelo largo debajo de un gran abrigo negro. Era Miranda Sensini, aunque los años transcurridos desde que su padre me envió la foto no habían pasado en vano. Junto a ella estaba un tipo rubio, alto, de pelo largo y nariz ganchuda. Soy Miranda Sensini, me dijo con una sonrisa. Ya lo sé, dije yo y los invité a pasar. Iban de viaje a Italia y luego pensaban cruzar el Adriático rumbo a Grecia. Como no tenían mucho dinero viajaban haciendo autostop. Aquella noche durmieron en mi casa. Les hice algo de cenar. El tipo se llamaba Sebastián Cohen y también había nacido en Argentina, pero desde muy joven vivía en Madrid. Me ayudó a preparar la cena mientras Miranda inspeccionaba la casa. ¿Hace mucho que la conoces?, preguntó. Hasta hace un momento sólo la había visto en foto, le contesté
       Después de cenar les preparé una habitación y les dije que se podían ir a la cama cuando quisieran. Yo también pensé en meterme a mi cuarto y dormirme, pero comprendí que aquello iba a resultar difícil, si no imposible, así que cuando supuse que ya estaban dormidos bajé a la primera planta y puse la tele, con el volumen muy bajo, y me puse a pensar en Sensini
       Poco después sentí pasos en la escalera. Era Miranda. Ella tampoco podía quedarse dormida. Se sentó a mi lado y me pidió un cigarrillo. Al principio hablamos de su viaje, de Girona (llevaban todo el día en la ciudad, no le pregunté por qué habían llegado tan tarde a mi casa), de las ciudades que pensaban visitar en Italia. Después hablamos de su padre y de su hermano. Según Miranda, Sensini nunca se repuso de la muerte de Gregorio. Volvió para buscarlo, aunque todos sabíamos que estaba muerto. ¿Carmela también?, pregunté. Todos, dijo Miranda, menos él. Le pregunté cómo le había ido en Argentina. Igual que aquí, dijo Miranda, igual que en Madrid, igual que en todas partes. Pero en Argentina lo querían, dije yo. Igual que aquí, dijo Miranda. Saqué una botella de coñac de la cocina y le ofrecí un trago. Estás llorando, dijo Miranda. Cuando la miré ella desvió la mirada. ¿Estabas escribiendo?, dijo. No, miraba la tele. Quiero decir cuando Sebastián y yo llegamos, dijo Miranda, ¿estabas escribiendo? Sí, dije. ¿Relatos? No, poemas. Ah, dijo Miranda. Bebimos largo rato en silencio, contemplando las imágenes en blanco y negro del televisor. Dime una cosa, le dije, ¿por qué le puso tu padre Gregorio a Gregorio? Por Kafka, claro, dijo Miranda. ¿Por Gregorio Samsa? Claro, dijo Miranda. Ya, me lo suponía, dije yo. Después Miranda me contó a grandes trazos los últimos meses de Sensini en Buenos Aires
       Se había marchado de Madrid ya enfermo y contra la opinión de varios médicos argentinos que lo trataban gratis y que incluso le habían conseguido un par de internamientos en hospitales de la Seguridad Social. El reencuentro con Buenos Aires fue doloroso y feliz. Desde la primera semana se puso a hacer gestiones para averiguar el paradero de Gregorio. Quiso volver a la universidad, pero entre trámites burocráticos y envidias y rencores de los que no faltan el acceso le fue vedado y se tuvo que conformar con hacer traducciones para un par de editoriales. Carmela, por el contrario, consiguió trabajo como profesora y durante los últimos tiempos vivieron exclusivamente de lo que ella ganaba. Cada semana Sensini le escribía a Miranda. Según ésta, su padre se daba cuenta de que le quedaba poca vida e incluso en ocasiones parecía ansioso de apurar de una vez por todas las últimas reservas y enfrentarse a la muerte. En lo que respecta a Gregorio, ninguna noticia fue concluyente. Según algunos forenses, su cuerpo podía estar entre el montón de huesos exhumados de aquel cementerio clandestino, pero para mayor seguridad debía hacerse una prueba de ADN, pero el gobierno no tenía fondos o no tenía ganas de que se hiciera la prueba y ésta se iba cada día retrasando un Poco más. También se dedicó a buscar a una chica, una probable compañera que Goyo posiblemente tuvo en la clandestinidad, pero la chica tampoco apareció. Luego su salud se agravó y tuvo que ser hospitalizado. Ya ni siquiera escribía, dijo Miranda. Para él era muy importante escribir cada día, en cualquier condición. Sí, le dije, creo que así era. Después le pregunté si en Buenos Aires alcanzó a participar en algún concurso. Miranda me miró y se sonrió. Claro, tú eras el que participaba en los concursos con él, a ti te conoció en un concurso. Pensé que tenía mi dirección por la simple razón de que tenía todas las direcciones de su padre, pero que sólo en ese momento me había reconocido. Yo soy el de los concursos, dije. Miranda se sirvió más coñac y dijo que durante un año su padre había hablado bastante de mí. Noté que me miraba de otra manera. Debí importunarlo bastante, dije. Qué va, dijo ella, de importunarlo nada, le encantaban tus cartas, siempre nos las leía a mi madre y a mí. Espero que fueran divertidas, dije sin demasiada convicción. Eran divertidísimas, dijo Miranda, mi madre incluso hasta os puso un nombre. ¿Un nombre?, ¿a quiénes? A mi padre y a ti, os llamaba los pistoleros o los cazarrecompensas, ya no me acuerdo, algo así, los cazadores de cabelleras. Me imagino por qué, dije, aunque creo que el verdadero cazarrecompensas era tu padre, yo sólo le pasaba uno que otro dato. Sí, él era un profesional, dijo Miranda de pronto seria. ¿Cuántos premios llegó a ganar?, le pregunté. Unos quince, dijo ella con aire ausente. ¿Y tú? Yo por el momento sólo uno, dije. Un accésit en Alcoy, por el que conocí a tu padre. ¿Sabes que Borges le escribió una vez una carta, a Madrid, en donde le ponderaba uno de sus cuentos?, dijo ella mirando su coñac. No, no lo sabía, dije yo. Y Cortázar también escribió sobre él, y también Mujica Lainez. Es que él era un escritor muy bueno, dije yo. Joder, dijo Miranda y se levantó y salió al patio, como si yo hubiera dicho algo que la hubiera ofendido. Dejé pasar unos segundos, cogí la botella de coñac y la seguí. Miranda estaba acodada en la barda mirando las luces de Girona. Tienes una buena vista desde aquí, me dijo. Le llené su vaso, me llené el mío, y nos quedamos durante un rato mirando la ciudad iluminada por la luna. De pronto me di cuenta de que ya estábamos en paz, que por alguna razón misteriosa habíamos llegado juntos a estar en paz y que de ahí en adelante las cosas imperceptiblemente comenzarían a cambiar. Como si el mundo, de verdad, se moviera. Le pregunté qué edad tenía. Veintidós, dijo. Entonces yo debo tener más de treinta, dije, y hasta mi voz sonó extraña.

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Texto encontrado aquí.

lunes, 19 de agosto de 2019

aire


Franz Kafka; El castillo; traducción de José Rafael Hernández Arias; ilustraciones de Luis Scafati; Sexto Piso, 2015.

K tuvo la sensación de perderse o de que estaba tan lejos en alguna tierra extraña como ningún otro hombre antes que él, una tierra en la que el aire no tenía nada del aire natal, en la que uno podía asfixiarse de nostalgia y ante cuyas disparatadas tentaciones no se podía hacer otra cosa que continuar, seguir perdiéndose.

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KAFKA, Franz. El Castillo. Ilustración de Luis Scafati

domingo, 16 de junio de 2019

ana

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Ana la Pálida
HEINRICH BÖLL

No volví de la guerra sino en la primavera de 1950 y ya para entonces no quedaba en la ciudad nadie a quien yo conociera. Por suerte había heredado dinero de mis padres. Alquilé un cuarto y me tumbé en la cama a fumar y esperar, sin saber qué esperaba. La idea de trabajar no me atraía. Le entregaba dinero a la casera y ella compraba todo para mí y preparaba mis alimentos. Algunas veces, cuando me traía a la habitación el café o la comida se entretenía más de lo que yo hubiera querido. Su hijo había caído en un lugar del frente llamado Kalinowka y al entrar, depositaba la bandeja sobre la mesa y se acercaba al rincón en penumbra donde estaba mi lecho. Allí me mantenía dedicado a restregar las colillas de los cigarrillos en la pared, de suerte que detrás de mi cama la pared estaba llena de marcas negras. La casera era magra y pálida y cuando en las sombras se detenía por encima de mí junto a la cama, yo sentía temor. Era por aquellos sus ojos grandes y brillantes que juzgué al principio que estaba loca y porque siempre tornaba a preguntarme acerca de su hijo.

-¿Está seguro que no lo conoció? El lugar se llamaba Kalinowska. ¿No estuvo nunca allá?

Pero yo no había oído nunca hablar de un tal lugar que se llamara Kalinowska y cada vez optaba por volver la cara a la pared y responder:

-No, realmente no logro acordarme.

La casera no estaba de ninguna manera loca, era una mujer muy ordenada y a mí no dejaban de causarme dolor sus preguntas. Me interrogaba muy a menudo, varias veces al día y camino de la cocina no podía yo dejar de contemplar el retrato de su hijo, una fotografía en colores que colgaba encima del sofá. Era un muchacho rubio y sonriente que lucía su uniforme de calle de la infantería.

-Fue tomada en la guarnición -decía la casera- antes de que partiera al frente.

Era una foto de mediocuerpo: Llevaba un casco y detrás se veía un decorado que simulaba las ruinas de un castillo por las que trepaban unos sarmientos artificiales.

-Era cobrador en el tranvía -decía la casera- Un muchacho diligente. Y cada vez me entregaba la caja colmada de fotografías que estaba sobre su mesa de costura entre los recortes y los ovillos y yo debía tomar en la mano aquella gran variedad de fotos de su hijo: Vistas de grupos escolares en cada una de los cuales uno de los muchachos, sentado al centro de la fila delantera, sostenía una pizarra entre las rodillas, y en la pizarra estaba escrito un VI, un VII y finalmente un VIII. Aparte, atadas con una banda de hule, estaban las fotos de la primera comunión: Un muchacho sonriente vestido con una especie de frac negro que tenía una candela descomunal en la mano delante de un telón adornado con un cáliz dorado. Después venían retratos en que aparecía como aprendiz de cerrajero delante de un torno, la cara llena de hollín, con una lima en la mano.

-No era oficio para él -decía la casera-. Demasiado pesado. Y me mostraba su última foto antes de alistarse: Uniformado de cobrador de tranvía, de pie frente a un vagón de la línea 9 en la terminal aquella donde el tranvía daba una vuelta alrededor de un redondel; yo reconocí el puesto de refrescos en el que comúnmente compraba cigarrillos antes de que viniera la guerra; y reconocí también los álamos que aún están allí, vi la villa con los leones dorados delante del portal que ya no están más, y recordé a la muchacha en la que tanto había pensado durante la guerra: Pálida y bella, de ojos alargados y que abordaba siempre el tranvía en la terminal de la línea 9.

Cada una de aquellas veces miraba por largo tiempo la foto en que aparecía el hijo de la casera en la terminal de la línea cerca de la fábrica de jabón en la que en aquellos días yo había trabajado, oía el chirriar del tranvía, veía el rojo color del refresco que solía tomar los veranos en aquel puesto, verdes anuncios de cigarrillos y otra vez, la muchacha.

-Tal vez -me decía la casera- lo conoció después de todo.

Yo negaba sacudiendo la cabeza y depositaba la fotografía en la caja: Era una foto lustrosa y parecía casi nueva aunque tenía ya ocho años.

-No, no -le decía-. Tampoco Kalinowska, realmente no.

Tenía que ir a menudo a la cocina y ella venía también frecuentemente a mi cuarto, y todo el día pensaba en aquello que deseaba olvidar: La guerra, y botaba las cenizas debajo de mi cama, restregaba las colillas en la pared.

Algunas veces, cuando yacía allí en las tardes, escuchaba en la habitación vecina los pasos de una muchacha, o maldecir en la oscuridad al yugoslavo que vivía en el cuarto contiguo a la cocina cuando antes de entrar a su pieza buscaba el interruptor de la luz.

No fue sino tres semanas después de vivir allí y cuando ya había tenido en la mano la fotografía de Karl no menos de cincuenta veces, que reparé en que el vagón delante del cual se sonreía con su cartera de cobrador, no estaba vacío. Por primera vez me fijé con atención en la foto y vi que en el interior del carro una muchacha sonriente se había colado en ella. Era la misma bella muchacha en la que tantas veces había pensado durante la guerra. La casera se me acercó, me miró atentamente a la cara y me dijo:

-Lo ha reconocido, ¿verdad?-. Y caminó detrás de mí, se asomó por encima de mi hombro para ver la foto y sentí llegar desde atrás a mis espaldas el olor a guisantes frescos que despedía su delantal recogido.

-No -le dije quedamente -Pero la muchacha...

-¿La muchacha? -dijo ella-. Era su novia. Ya no volvió a verla más, pero quizá sea mejor así.

-¿Por qué? -le pregunté.

No me respondió, se apartó de mí y fue a sentarse en su silla junto a la ventana a seguir pelando los guisantes, y sin voltearme a ver dijo:

-¿Conoció usted a esa muchacha?

Tomé la fotografía, miré a la casera y le conté de la fábrica, de la terminal de la línea 9 y de la bella muchacha que siempre se montaba allí.

-¿Nada más?

-No -dije, y ella vació los guisantes en un colador, abrió el grifo y yo solo vi la delgadez de su espalda.

-Cuando usted la vea otra vez, se va a dar cuenta por qué es mejor que él no la haya visto más.

-¿Volverla a ver? -dije.

Se secó las manos en el delantal, se me acercó y me quitó cuidadosamente la foto de la mano. Su cara parecía haberse vuelto más delgada; apartó sus ojos de mí, pero puso con suavidad su mano en mi brazo izquierdo.

-Vive en el cuarto vecino al suyo, Ana. Le decimos siempre Ana la pálida por el rostro tan descolorido que tiene. ¿De verdad que usted no la ha visto nunca?

-No -le dije-. No la he visto, pero la he oído algunas veces. ¿Qué le ocurre?

-No me gusta hablar de eso, pero es mejor que usted lo sepa. Su cara está destrozada completamente, llena de cicatrices: una explosión la lanzó de cabeza en un escaparate. No podría usted reconocerla.

Esa noche esperé largo tiempo hasta poder oír sus pasos, pero la primera vez me equivoqué: Era el alto yugoslavo que me miró extrañado al precipitarme repentinamente en el vestíbulo. Le di apenado las buenas noches y entré en mi cuarto de nuevo.

Buscaba imaginar su rostro lleno de cicatrices pero no podía, y aún cuando lo conseguí era siempre un rostro bello, aún lleno de cicatrices. Pensaba en la fábrica de jabón, en mis padres y en otra muchacha con la que salía a menudo en aquellos días. Su nombre era Elizabeth pero yo le decía cariñosamente Mutz, y se reía siempre que la besaba, lo que me hacía sentir idiota. Durante la guerra le escribía tarjetas postales desde el frente y ella me enviaba paquetes con galletas caseras que llegaban siempre desmoronadas, me mandaba cigarrillos y periódicos y en una de sus cartas decía: A la larga van a triunfar y yo estoy tan orgullosa de que tú estés allí.

Sin embargo, yo no me sentía nada orgulloso de estar allá y cuando recibía pase no se lo comunicaba y salía en cambio con la hija de un tabaquero que vivía en nuestra misma casa. Le daba a la hija del tabaquero jabón que conseguía en la fábrica y ella me obsequiaba cigarrillos y nos íbamos juntos al cine o a bailar, y una vez que sus padres no estaban me llevó a su cuarto y yo la tumbé sobre el sofá en la oscuridad, pero ya subido sobre ella encendió la luz, se rió ladinamente en mi cara y en el encandilamiento del foco pude ver el retrato de Hitler colgando en la pared, una foto en colores y a su alrededor sobre el empapelado rosa estaban desplegadas en forma de corazón las caras duras de unos hombres, postales aseguradas con tachuelas con las caras embutidas en cascos, recortados de revistas. Dejé a la muchacha acostada en el sofá, encendí un cigarrillo y me fui. Posteriormente ambas me escribían postales al frente en las cuales me reprochaban haberme portado mal con ellas, pero no les contesté.

Aguardé a Ana largo rato, fumando cigarrillo tras cigarrillo en la oscuridad y pensando en muchas cosas; y al oír que la llave entraba en la cerradura me sentí falto de coraje para incorporarme y ver su rostro. Oí como abría la puerta y ya dentro canturreaba quedamente mientras iba de aquí allá, y más tarde me puse de pie y esperé en el vestíbulo. Repentinamente todo en su habitación quedó en silencio. Ya no iba más de un lado para otro, ya no cantaba y yo tenía miedo de llamar a su puerta. Escuchaba al yugoslavo murmurar en su cuarto, andar de arriba abajo, oía el burbujear del agua que la casera hervía en la cocina. El cuarto de Ana permanecía por el contrario en quietud y a través de la puerta entornada del mío podía ver las marcas negras de los innumerables cigarrillos restregados en el empapelado.

El yugoslavo alto se había acostado, ya no se escuchaban sus pasos, solo se le oía mascullar y la olla de la cocina no hervía más y me llegó finalmente el ruido de la tapa metálica al cerrar la casera el tarro del café. En el cuarto de Ana todo seguía callado y se me ocurrió entonces que ella, más tarde, habría de contarme lo que había pensado mientras yo permanecía afuera, de pie, frente a su puerta, y más tarde me lo contó todo.

Miré con fijeza a un cuadro que colgaba junto al marco de la puerta: Un resplandeciente lago de plata del que emergía una ninfa con los cabellos dorados y húmedos y sonreía a un mozo labrador que permanecía oculto entre el verdor de un matorral. Alcanzaba a ver la mitad del seno izquierdo de la ninfa y su cuello albo y un tanto alargado.

No sé cuándo pero más tarde puse mi mano en la manija y aún antes de presionarla hacia abajo y empujar lentamente la puerta, supe que había conquistado a Ana: su rostro estaba completamente cubierto de pequeñas cicatrices azulosas y brillantes, un olor a hongos cocinándose en una sartén venía de su cuarto, y yo acabé de abrir la puerta en todo su ancho, puse mi mano en su hombro y traté de sonreír.


Traducción inédita de Sergio Ramírez Mercado
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Texto encontrado aquí.

sábado, 30 de marzo de 2019

elsa

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La muerte de Elsa Baskoleit
HEINRICH BÖLL

El sótano de la casa donde vivíamos antes lo tenía alquilado un comerciante llamado Baskoleit. En el pasillo siempre había cajas de naranjas, olía a la fruta podrida que Baskoleit dejaba allí para el señor de la basura. A través del cristal esmerilado escuchábamos a menudo su vozarrón de prusiano oriental lamentándose de los malos tiempos. Pero en el fondo de su corazón, Baskoleit estaba contento: sabíamos muy bien, como solo los niños saben esas cosas, que sus gritos eran un juego, también sus insultos; muchas veces, subía los pocos escalones que van del sótano a la calle con las bolsas llenas de manzanas o naranjas y nos las aventaba como si fueran pelotas. 

Pero lo más interesante de Baskoleit era su hija Elsa. Quería ser bailarina, todos lo sabíamos. Quizá ya lo era: practicaba muy seguido en un cuarto del sótano pintado de amarillo, junto a la cocina de su padre. Era una muchacha rubia, pálida y delgada, se paraba de puntitas, vestida con un maillot verde. Por largos minutos se movía como cisne, giraba sobre la punta de su pie como un torbellino, saltaba y daba volteretas. Desde la ventana de mi habitación podía verla cuando era de noche: a través del marco amarillo de la ventana, veía su delgado cuerpo, vestido de verde, el rostro pálido y tenso. En ocasiones, al saltar, su rubia cabeza golpeaba el foco desnudo que colgaba del techo, éste se bamboleaba, ampliando por unos momentos su círculo de luz amarillento hasta el patio gris. Había gente que desde el patio le gritaba “¡Puta!”. Yo no sabía qué era una puta. Había otros que gritaban: “¡Puerca!”. Aunque yo creía saber qué era una puerca, no podía creer que Elsa tuviera alguna relación con eso. Se abría la ventana de Baskoleit y aparecía entre el vapor de la comida frita su cabezota pelona, y junto con la luz de la ventana abierta, caía al patio oscuro un torrente de insultos, que yo no entendía. Pronto apareció en la habitación de Elsa una gruesa cortina de terciopelo verde que ya no dejaba pasar ni un poco de luz hacía afuera. Cada noche, yo contemplaba aquel rectángulo de luz opaca y la veía, aunque en realidad no podía verla: Elsa Baskoleit con su maillot verde, delgada y rubia, flotando unos segundos bajo el foco desnudo. 

Poco después nos mudamos, crecí, supe lo que era una puta, creía saber qué era una puerca, conocí bailarinas, pero ninguna me gustó tanto como Elsa Baskoleit. No volví a saber de ella. Nos fuimos a otra ciudad, vino la guerra y fue tan larga. Ya no pensaba en Elsa Baskoleit, tampoco la recordé cuando regresamos a nuestra vieja ciudad. Probé diversos oficios, hasta que me convertí en chofer de un mayorista de frutas; conducir un camión era era lo único que realmente sabía hacer. Todas las mañanas me daban una lista, cajas con manzanas y naranjas, canastos con ciruelas, y me lanzaba a la ciudad. 

Un día, mientras estaba en la rampa donde cargaban el camión, comprobando lo que el encargado del almacén metía en él con la lista que yo tenía, salió el revisor de una cabina recubierta de anuncios de plátanos y preguntó al encargado: 

—¿Podemos surtir a Baskoleit? 

—¿Pidió algo? ¿Uvas negras? 

—Sí —contestó el revisor y miró asombrado al encargado mientras se quitaba el lápiz de detrás de la oreja. 

—De vez en cuando —dijo el encargado— pide alguna cosa, uvas negras, no sé por qué, pero no lo podemos surtir. Vamos, apúrense —dijo a los empleados de batas grises. 

El revisor volvió a su cabina y yo, yo dejé de vigilar si verdaderamente cargaban lo que figuraba en mi lista. Vi el recorte rectangular y luminoso de la ventana del sótano, vi bailar a la delgada y pálida Elsa Baskoleit vestida de verde cardenillo. Aquella mañana emprendí un recorrido distinto del que tenía mandado hacer. 

De los faroles de cuando jugábamos nosotros solo quedaba uno y sin globo, la mayoría de las casas estaban destruidas y mi camión avanzaba dando tumbos entre profundos baches producidos por las explosiones. En aquella calle que antes parecía una colmena de niños solo había uno, un muchacho moreno y pálido, sentado en un muro derruido, dibujando figuras en el polvo blanquecino. Levantó la mirada cuando pasé, pero luego dejó caer la cabeza de nuevo. Al llegar delante de la casa de Baskoleit, detuve el camión y me apeé. Los pequeños escaparates estaban llenos de polvo y el cartón verdoso, negro de suciedad. Seguí con la mirada la fachada compuesta, abrí tímidamente la puerta de la tienda y bajé despacio. Olía mucho a las hierbas húmedas para sopa, que se encontraban grumosas en un cajón cerca de la puerta; luego vi de espaldas a Baskoleit. Vi su cabello canoso asomándose por debajo de la gorra, y me di cuenta de lo pesado que le resultaba verter vinagre de una gran tinaja a una botella. Por lo visto no acertaba a colocar la espita, el agrio líquido se resbalaba por los dedos, y en el suelo se había formado un charco, una región pútrida y maloliente en la madera que rechinaba bajo sus pies. Junto al mostrador había una mujer flaca con un abrigo rojizo que lo miraba indiferente. Por fin pareció tener llena la botella, la tapó, y yo repetí lo que ya había dicho desde la puerta, dije en voz baja: 

—Buenos días.

Pero nadie me contestó. Baskoleit puso la botella sobre el mostrador. Estaba pálido y sin afeitar; miró a la mujer y dijo: 

—Mi hija murió… Elsa… 

—Ya lo sé —dijo la mujer—. Ya hace cinco años que lo sé. Necesito también detergente en polvo. 

—Mi hija murió —dijo Baskoleit y miró a la mujer como si fuera algo reciente, la miró desconsolado, pero la mujer dijo: 

—Del de granel… un kilo. 

Y Baskoleit sacó de debajo del mostrador un recipiente oscuro, hurgó en él con una palita, y con sus manos temblorosas ayudó a meter la masa grumosa y amarillenta en una bolsa gris. 

—Mi hija murió. 

La mujer no contestó. Miré a mi alrededor y no vi más que paquetes de fideos cubiertos de polvo, la tinaja de vinagre cuya espita goteaba lentamente, el detergente y un cartel de hojalata con un muchacho rubio y sonriente comiendo un chocolate que ya hacía años no se fabricaba. La mujer metió la botella en la red, colocó el detergente al lado, echó un par de monedas sobre el mostrador, y al volverse y pasar a mi lado, se tocó la sien con la punta del dedo y me sonrió. 

Pensé en muchas cosas, pensé en cuando era tan pequeño que la nariz no me llegaba siquiera al borde del mostrador, mientras que ahora miraba sin dificultad por encima de la caja de cristal que llevaba el nombre de una fábrica de galletas y que solo contenía ya bolsas polvorientas de pan rallado. Por un momento me sentí encoger, tener la nariz debajo del sucio mostrador, sentir las monedas para dulces en mi mano, vi bailar a Elsa Baskoleit, oí gritar a la gente del patio “¡Puta!” y “¡Puerca!”, hasta que la voz de Baskoleit me despertó. 

—Mi hija murió. 

Lo dijo automáticamente, casi sin sentimiento. Estaba junto al escaparate mirando a la calle. 

—Sí. 

—Murió —dijo Baskoleit. 

—Sí —repetí. 

Él se volvió de espaldas con las manos en los bolsillos de su bata gris, llena de manchas. 

—Le gustaban las uvas… sobre todo las negras, pero murió. 

No me dijo: “¿Desea usted algo?” o “¿En qué puedo servirle?”. Estaba cerca de la tinaja del vinagre, junto al escaparate, y decía: 

—Mi hija ha muerto, o murió —sin mirarme. 

Parecía que yo llevaba una eternidad ahí, perdido y olvidado, mientras que a mi alrededor transcurría el tiempo. No pude arrancarme aquel sortilegio hasta que entró otra mujer en la tienda. Era pequeña y regordeta, sostenía la cesta de la compra delante del vientre y Baskoleit se dirigió a ella diciendo: 

—Mi hija murió. 

La mujer contestó: 

—Sí —de pronto se echó a llorar y añadió–: deme detergente en polvo, por favor. Del de granel, un kilo. 

Y Baskoleit pasó detrás del mostrador, hurgó con el librador en el recipiente. La mujer seguía llorando cuando me fui. 

El muchacho pálido y moreno que antes estaba sentado sobre un muro derruido se hallaba ahora en el estribo de mi camión, observando atentamente el tablero de manos, metió la mano por la ventanilla abierta y le dio al intermitente de la derecha, luego al de la izquierda; se asustó al verme de pronto a su lado. Lo agarré del brazo, miré su cara pálida y asustada, tomé una manzana de las que había en el camión y se la regalé. Me miró asombrado cuando lo solté, tan asombrado que yo mismo me asusté y tomé otra manzana, y otra, y se las metí en los bolsillos, bajo la chaqueta, muchas manzanas, antes de subir al camión y marcharme de ahí. 


Traducción: Laura Díaz Coria 
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Texto encontrado aquí.
Leído por primera vez en la traducción de Margarita Fontseré

domingo, 14 de octubre de 2018

noche


Esta historia comienza en una noche de marzo tan oscura como lo es la noche mientras dormimos. Tranquilo, el tiempo transcurría como la luna altísima atravesando el cielo. Hasta que más profundamente tarde también la luna desapareció.
Nada diferenciaba ahora el sueño de Martim del lento jardín sin luna: cuando un hombre duerme tan insondablemente, pasa a no ser más que aquel árbol en pie o el salto de un sapo en la oscuridad.

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Lispector, Clarice. La manzana en la oscuridad. Ed. Siruela. Traducción del portugués de Elena Losada.
Fragmento encontrado aquí.

domingo, 29 de julio de 2018

historias de aquellas I




















La Cenicienta
HERMANOS GRIMM
Traducción: José Sánchez Biedma (1879)

Al amanecer se empeñó en marcharse la Cenicienta, y el príncipe en acompañarla, mas se escapó con tal ligereza que no pudo seguirla, pero el hijo del rey había mandado untar toda la escalera de pez y se quedó pegado en ella el zapato izquierdo de la joven; levantole el príncipe y vio que era muy pequeño, bonito y todo de oro. Al día siguiente fue a ver al padre de la Cenicienta y le dijo: -He decidido sea mi esposa a la que venga bien este zapato de oro. -Alegráronse mucho las dos hermanas porque tenían los pies muy bonitos; la mayor entró con el zapato en su cuarto para probársele, su madre estaba a su lado, pero no se le podía meter, porque sus dedos eran demasiado largos y el zapato muy pequeño; al verlo la dijo su madre alargándola un cuchillo: -Córtate los dedos, pues cuando seas reina no irás nunca a pie: -La joven se cortó los dedos; metió el zapato en el pie, ocultó su dolor y salió a reunirse con el hijo del rey, que la subió a su caballo como si fuera su novia, y se marchó con ella, pero tenía que pasar por el lado del sepulcro de la primera mujer de su padrastro, en cuyo árbol había dos palomas, que comenzaron a decir.

No sigas más adelante,
detente a ver un instante,
que el zapato es muy pequeño
y esa novia no es su dueño.

Se detuvo, la miró los pies y vio correr la sangre; volvió su caballo, condujo a su casa a la novia fingida y dijo no era la que había pedido, que se probase el zapato la otra hermana. Entró ésta en su cuarto y se le metió bien por delante, pero el talón era demasiado grueso; entonces su madre la alargó un cuchillo y la dijo: -Córtate un pedazo del talón, pues cuando seas reina, no irás nunca a pie. -La joven se cortó un pedazo de talón, metió un pie en el zapato, y ocultando el dolor, salió a ver al hijo del rey, que la subió en su caballo como si fuera su novia y se marchó con ella; cuando pasaron delante del árbol había dos palomas que comenzaron a decir:

No sigas más adelante,
detente a ver un instante,
que el zapato es muy pequeño
y esa novia no es su dueño.

Se detuvo, la miró los pies, y vio correr la sangre, volvió su caballo y condujo a su casa a la novia fingida: -Tampoco es esta la que busco, dijo: -¿Tenéis otra hija? -No, contestó el marido; de mi primera mujer tuve una pobre chica, a que llamamos la Cenicienta, porque está siempre en la cocina, pero esa no puede ser la novia que buscáis. -El hijo del rey insistió en verla, pero la madre le replicó: -No, no, está demasiado sucia para atreverme a enseñarla.- Se empeñó sin embargo en que saliera y hubo que llamar a la Cenicienta. Se lavó primero la cara y las manos, y salió después a presencia del príncipe que la alargó el zapato de oro; se sentó en su banco, sacó de su pie el pesado zueco y se puso el zapato que la venía perfectamente, y cuando se levantó y la vio el príncipe la cara, reconoció a la hermosa doncella que había bailado con él, y dijo: -Esta es mi verdadera novia.


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Texto completo aquí.

domingo, 10 de septiembre de 2017

De los pañales



70. El último trago

Filip limpia la barra. Limpia lo que ensució, con precisión y cuidado. Quiere dejarla en el mejor estado posible. Es poco probable que regrese, a menos que sea durante las vacaciones, para visitar de paso a los viejos amigos.
Hoy es su último día. Luego empacará, entregará el departamentito que alquila con su prometida, y se irán al Reino Unido. Hasta luego, se despide Filip. Hasta luego, barra, hasta luego, orina del trapo.
No recuerda la última vez en que se sintió tan bien. Qué suerte ha tenido de encontrarla, de que lo haya llevado al médico, que por fin haya recibido las pastillas correctas. Ya no le teme a nada, ni al gobierno mundial, ni al fluor en el agua, ni a los GMO. Esta sanísimo. Cuando vienen almas perdidas al bar, las escucha con una sonrisa indulgente. Camina con la frente en alto.
Diez minutos para el cierre. Ya todos se fueron, nada bueno sucede a las dos de la mañana.
Entonces suena la campanita.
Entra una chica.
-Ahorita cierro - dice Filip, pero en realidad no tiene prisa para ir a ningún lugar. - El último trago.
-Entonces que sea fuerte.
Se sienta junto a la barra. Está pálida y descompuesta. Con los ojos enrojecidos. Debe estar llegando a los cuarenta, calcula Filip, por el aspecto de la piel y las incipientes arrugas, o tal vez simplemente está demasiado cansada. Es difícil decir en estos tiempos. No es fea, pero no la llamaría bonita. Promedio. Hace diez, quince años tal vez daría una mejor impresión. Filip considera varios escenarios, le hizo daño a alguien o le hicieron daño a ella. No es importante, en un momento ella misma lo contará. Filip ha escuchado ya tantas historias que dejó de distinguir a sus personajes. En realidad es eso lo que permite que se vayan de inmediato por la otra oreja. No hay que dejarse atontar.
Asume la pose y el rostro de un oyente amable, es una roca en la que uno puede reposar.
-¿Tienes hijos?
-No todavía.
-Los patas a lo que más tienen miedo es a cambiar pañales. No sé por qué, es lo más simple que se hace con el niño, sabes, todavía en la época en que eran de tela, lo recuerdo porque ayudaba a cambiar a mi hermana, había que cocinarlo todo luego, recuerdo el olor de sus orines hasta hoy. Pero ahora están los descartables, es tan sencillo, abres el enterizo, abres el pañal, lo sacas y lo botas, luego es darle una lavada con un pañito húmedo, ya, luego el talquito, el de tubo mejor, para que se absorba y entonces no tenga escaldaduras, agarras un nuevo pañal, lo cierras y listo. Nada de filosofía, lo juro.
Filip pretende que la escucha, en realidad esperaba algo más interesante que quejas sobre un hombre que no quiere ayudar con el bebé. No le preguntó su nombre, ella tampoco quiso conocer el suyo.
-Como te digo, no sé por qué para los hombres es algo tan del otro mundo, en general tienen un problema con las secreciones, la sangre de la regla se les hace un drama, la caca, la pila, un drama, solo el esperma no les incomoda, ¿verdad? Sí pues. Con el dos es con el que hay más trabajo porque hay que limpiar con más cuidado, especialmente las aberturas de la niña, por eso siempre que abres el pañal esperas que sea pila, pero si es es caquita también te alegras, te alegras bastante, porque significa que está todo bien, que está comiendo, que está digiriendo, que está vivo. Y después de un tiempo ese cambiar el pañal se vuelve algo tan mecánico que ni te das cuenta, que no lo notas, que piensas: tenía que cambiar el pañal, y luego miras tu mano y allí tienes el pañal usado, listo para botar a la basura.
Filip asiente con la cabeza como un perrito desde la ventana trasera.
-Yo soy, cómo decirlo, no siento tanto a la gente, siento más bien a los objetos. Cuando murió mi abuela esa información no llegaba a mí, sabes, bueno, sucedió, los viejos mueren, ¿verdad? Y recién cuando estaba limpiando su cuarto y vi todas esas chucherías que ella juntaba, esos cristales, su Virgen, recién entonces fue como si algo me tocara, y me la pasé llorando toda la noche. Con los niños me pasa algo parecido, que un niño, ya pues, es un niño, pero si agarro esos zapatitos o ese gorrito, o incluso esos pañales, recién entonces algo me mueve, ¿entiendes? Mi papá era marinero, era muy estricto, no sabía expresar sus sentimientos, solo a través de regalos, tal vez lo haya heredado de él. Ya, entonces hoy alguien subió a facebook las fotos de unos niños ahogados, de unos migrantes, unos hackers las bajaron de un dron de vigilancia o algo así, y eso solo pasó por mi pantalla, ya sabes, en todas partes hay alguna guerra y todo el rato mueren niños, pero luego vi a este niño en su pañal, sabes, uno de esos pañales de los que cambié miles, alguien tuvo que bajarle el pantalón, sacarle el pañal, lavarlo, ponerle uno nuevo, y ahora él está echadito en ese pañal, muerto, y yo ya nunca olvidaré ese pañal, nunca, y no sé qué hacer.
Filip tiene la cara de haberlo entendido todo. La chica termina su cóctel, doble vodka con jugo y lágrimas, y busca su billetera.
-Cortesía de la casa - dice Filip.
La chica sonríe, insegura, agradece, y por fin sale, sorbiendo por la nariz. Filip lava y seca el último vaso, cierra la puerta de ingreso, apaga la luz y se retira por la salida trasera.
Está perfectamente tranquilo, las pastillas hicieron de él una máquina pulcramente aceitada. Camina por las calles con la frente en alto, no se preocupa por nada. Sus fines con claros, sus métodos, probados.
Hasta luego, bar, dice, y el bar desaparece. Hasta luego, casas, y la oscuridad las consume. Hasta luego, Szczecin, hasta luego, Polonia.
Camina por un desierto negro y no le teme a absolutamente nada.

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Wisniewski, Michal. (2015). God hates Poland. Varsovia, Polonia: Wydawnictwo Krytyki Politycznej, pp. 296-300