domingo, 10 de septiembre de 2017

De los pañales



70. El último trago

Filip limpia la barra. Limpia lo que ensució, con precisión y cuidado. Quiere dejarla en el mejor estado posible. Es poco probable que regrese, a menos que sea durante las vacaciones, para visitar de paso a los viejos amigos.
Hoy es su último día. Luego empacará, entregará el departamentito que alquila con su prometida, y se irán al Reino Unido. Hasta luego, se despide Filip. Hasta luego, barra, hasta luego, orina del trapo.
No recuerda la última vez en que se sintió tan bien. Qué suerte ha tenido de encontrarla, de que lo haya llevado al médico, que por fin haya recibido las pastillas correctas. Ya no le teme a nada, ni al gobierno mundial, ni al fluor en el agua, ni a los GMO. Esta sanísimo. Cuando vienen almas perdidas al bar, las escucha con una sonrisa indulgente. Camina con la frente en alto.
Diez minutos para el cierre. Ya todos se fueron, nada bueno sucede a las dos de la mañana.
Entonces suena la campanita.
Entra una chica.
-Ahorita cierro - dice Filip, pero en realidad no tiene prisa para ir a ningún lugar. - El último trago.
-Entonces que sea fuerte.
Se sienta junto a la barra. Está pálida y descompuesta. Con los ojos enrojecidos. Debe estar llegando a los cuarenta, calcula Filip, por el aspecto de la piel y las incipientes arrugas, o tal vez simplemente está demasiado cansada. Es difícil decir en estos tiempos. No es fea, pero no la llamaría bonita. Promedio. Hace diez, quince años tal vez daría una mejor impresión. Filip considera varios escenarios, le hizo daño a alguien o le hicieron daño a ella. No es importante, en un momento ella misma lo contará. Filip ha escuchado ya tantas historias que dejó de distinguir a sus personajes. En realidad es eso lo que permite que se vayan de inmediato por la otra oreja. No hay que dejarse atontar.
Asume la pose y el rostro de un oyente amable, es una roca en la que uno puede reposar.
-¿Tienes hijos?
-No todavía.
-Los patas a lo que más tienen miedo es a cambiar pañales. No sé por qué, es lo más simple que se hace con el niño, sabes, todavía en la época en que eran de tela, lo recuerdo porque ayudaba a cambiar a mi hermana, había que cocinarlo todo luego, recuerdo el olor de sus orines hasta hoy. Pero ahora están los descartables, es tan sencillo, abres el enterizo, abres el pañal, lo sacas y lo botas, luego es darle una lavada con un pañito húmedo, ya, luego el talquito, el de tubo mejor, para que se absorba y entonces no tenga escaldaduras, agarras un nuevo pañal, lo cierras y listo. Nada de filosofía, lo juro.
Filip pretende que la escucha, en realidad esperaba algo más interesante que quejas sobre un hombre que no quiere ayudar con el bebé. No le preguntó su nombre, ella tampoco quiso conocer el suyo.
-Como te digo, no sé por qué para los hombres es algo tan del otro mundo, en general tienen un problema con las secreciones, la sangre de la regla se les hace un drama, la caca, la pila, un drama, solo el esperma no les incomoda, ¿verdad? Sí pues. Con el dos es con el que hay más trabajo porque hay que limpiar con más cuidado, especialmente las aberturas de la niña, por eso siempre que abres el pañal esperas que sea pila, pero si es es caquita también te alegras, te alegras bastante, porque significa que está todo bien, que está comiendo, que está digiriendo, que está vivo. Y después de un tiempo ese cambiar el pañal se vuelve algo tan mecánico que ni te das cuenta, que no lo notas, que piensas: tenía que cambiar el pañal, y luego miras tu mano y allí tienes el pañal usado, listo para botar a la basura.
Filip asiente con la cabeza como un perrito desde la ventana trasera.
-Yo soy, cómo decirlo, no siento tanto a la gente, siento más bien a los objetos. Cuando murió mi abuela esa información no llegaba a mí, sabes, bueno, sucedió, los viejos mueren, ¿verdad? Y recién cuando estaba limpiando su cuarto y vi todas esas chucherías que ella juntaba, esos cristales, su Virgen, recién entonces fue como si algo me tocara, y me la pasé llorando toda la noche. Con los niños me pasa algo parecido, que un niño, ya pues, es un niño, pero si agarro esos zapatitos o ese gorrito, o incluso esos pañales, recién entonces algo me mueve, ¿entiendes? Mi papá era marinero, era muy estricto, no sabía expresar sus sentimientos, solo a través de regalos, tal vez lo haya heredado de él. Ya, entonces hoy alguien subió a facebook las fotos de unos niños ahogados, de unos migrantes, unos hackers las bajaron de un dron de vigilancia o algo así, y eso solo pasó por mi pantalla, ya sabes, en todas partes hay alguna guerra y todo el rato mueren niños, pero luego vi a este niño en su pañal, sabes, uno de esos pañales de los que cambié miles, alguien tuvo que bajarle el pantalón, sacarle el pañal, lavarlo, ponerle uno nuevo, y ahora él está echadito en ese pañal, muerto, y yo ya nunca olvidaré ese pañal, nunca, y no sé qué hacer.
Filip tiene la cara de haberlo entendido todo. La chica termina su cóctel, doble vodka con jugo y lágrimas, y busca su billetera.
-Cortesía de la casa - dice Filip.
La chica sonríe, insegura, agradece, y por fin sale, sorbiendo por la nariz. Filip lava y seca el último vaso, cierra la puerta de ingreso, apaga la luz y se retira por la salida trasera.
Está perfectamente tranquilo, las pastillas hicieron de él una máquina pulcramente aceitada. Camina por las calles con la frente en alto, no se preocupa por nada. Sus fines con claros, sus métodos, probados.
Hasta luego, bar, dice, y el bar desaparece. Hasta luego, casas, y la oscuridad las consume. Hasta luego, Szczecin, hasta luego, Polonia.
Camina por un desierto negro y no le teme a absolutamente nada.

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Wisniewski, Michal. (2015). God hates Poland. Varsovia, Polonia: Wydawnictwo Krytyki Politycznej, pp. 296-300

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