sábado, 30 de marzo de 2019

elsa

Resultado de imagen para uvas negras

La muerte de Elsa Baskoleit
HEINRICH BÖLL

El sótano de la casa donde vivíamos antes lo tenía alquilado un comerciante llamado Baskoleit. En el pasillo siempre había cajas de naranjas, olía a la fruta podrida que Baskoleit dejaba allí para el señor de la basura. A través del cristal esmerilado escuchábamos a menudo su vozarrón de prusiano oriental lamentándose de los malos tiempos. Pero en el fondo de su corazón, Baskoleit estaba contento: sabíamos muy bien, como solo los niños saben esas cosas, que sus gritos eran un juego, también sus insultos; muchas veces, subía los pocos escalones que van del sótano a la calle con las bolsas llenas de manzanas o naranjas y nos las aventaba como si fueran pelotas. 

Pero lo más interesante de Baskoleit era su hija Elsa. Quería ser bailarina, todos lo sabíamos. Quizá ya lo era: practicaba muy seguido en un cuarto del sótano pintado de amarillo, junto a la cocina de su padre. Era una muchacha rubia, pálida y delgada, se paraba de puntitas, vestida con un maillot verde. Por largos minutos se movía como cisne, giraba sobre la punta de su pie como un torbellino, saltaba y daba volteretas. Desde la ventana de mi habitación podía verla cuando era de noche: a través del marco amarillo de la ventana, veía su delgado cuerpo, vestido de verde, el rostro pálido y tenso. En ocasiones, al saltar, su rubia cabeza golpeaba el foco desnudo que colgaba del techo, éste se bamboleaba, ampliando por unos momentos su círculo de luz amarillento hasta el patio gris. Había gente que desde el patio le gritaba “¡Puta!”. Yo no sabía qué era una puta. Había otros que gritaban: “¡Puerca!”. Aunque yo creía saber qué era una puerca, no podía creer que Elsa tuviera alguna relación con eso. Se abría la ventana de Baskoleit y aparecía entre el vapor de la comida frita su cabezota pelona, y junto con la luz de la ventana abierta, caía al patio oscuro un torrente de insultos, que yo no entendía. Pronto apareció en la habitación de Elsa una gruesa cortina de terciopelo verde que ya no dejaba pasar ni un poco de luz hacía afuera. Cada noche, yo contemplaba aquel rectángulo de luz opaca y la veía, aunque en realidad no podía verla: Elsa Baskoleit con su maillot verde, delgada y rubia, flotando unos segundos bajo el foco desnudo. 

Poco después nos mudamos, crecí, supe lo que era una puta, creía saber qué era una puerca, conocí bailarinas, pero ninguna me gustó tanto como Elsa Baskoleit. No volví a saber de ella. Nos fuimos a otra ciudad, vino la guerra y fue tan larga. Ya no pensaba en Elsa Baskoleit, tampoco la recordé cuando regresamos a nuestra vieja ciudad. Probé diversos oficios, hasta que me convertí en chofer de un mayorista de frutas; conducir un camión era era lo único que realmente sabía hacer. Todas las mañanas me daban una lista, cajas con manzanas y naranjas, canastos con ciruelas, y me lanzaba a la ciudad. 

Un día, mientras estaba en la rampa donde cargaban el camión, comprobando lo que el encargado del almacén metía en él con la lista que yo tenía, salió el revisor de una cabina recubierta de anuncios de plátanos y preguntó al encargado: 

—¿Podemos surtir a Baskoleit? 

—¿Pidió algo? ¿Uvas negras? 

—Sí —contestó el revisor y miró asombrado al encargado mientras se quitaba el lápiz de detrás de la oreja. 

—De vez en cuando —dijo el encargado— pide alguna cosa, uvas negras, no sé por qué, pero no lo podemos surtir. Vamos, apúrense —dijo a los empleados de batas grises. 

El revisor volvió a su cabina y yo, yo dejé de vigilar si verdaderamente cargaban lo que figuraba en mi lista. Vi el recorte rectangular y luminoso de la ventana del sótano, vi bailar a la delgada y pálida Elsa Baskoleit vestida de verde cardenillo. Aquella mañana emprendí un recorrido distinto del que tenía mandado hacer. 

De los faroles de cuando jugábamos nosotros solo quedaba uno y sin globo, la mayoría de las casas estaban destruidas y mi camión avanzaba dando tumbos entre profundos baches producidos por las explosiones. En aquella calle que antes parecía una colmena de niños solo había uno, un muchacho moreno y pálido, sentado en un muro derruido, dibujando figuras en el polvo blanquecino. Levantó la mirada cuando pasé, pero luego dejó caer la cabeza de nuevo. Al llegar delante de la casa de Baskoleit, detuve el camión y me apeé. Los pequeños escaparates estaban llenos de polvo y el cartón verdoso, negro de suciedad. Seguí con la mirada la fachada compuesta, abrí tímidamente la puerta de la tienda y bajé despacio. Olía mucho a las hierbas húmedas para sopa, que se encontraban grumosas en un cajón cerca de la puerta; luego vi de espaldas a Baskoleit. Vi su cabello canoso asomándose por debajo de la gorra, y me di cuenta de lo pesado que le resultaba verter vinagre de una gran tinaja a una botella. Por lo visto no acertaba a colocar la espita, el agrio líquido se resbalaba por los dedos, y en el suelo se había formado un charco, una región pútrida y maloliente en la madera que rechinaba bajo sus pies. Junto al mostrador había una mujer flaca con un abrigo rojizo que lo miraba indiferente. Por fin pareció tener llena la botella, la tapó, y yo repetí lo que ya había dicho desde la puerta, dije en voz baja: 

—Buenos días.

Pero nadie me contestó. Baskoleit puso la botella sobre el mostrador. Estaba pálido y sin afeitar; miró a la mujer y dijo: 

—Mi hija murió… Elsa… 

—Ya lo sé —dijo la mujer—. Ya hace cinco años que lo sé. Necesito también detergente en polvo. 

—Mi hija murió —dijo Baskoleit y miró a la mujer como si fuera algo reciente, la miró desconsolado, pero la mujer dijo: 

—Del de granel… un kilo. 

Y Baskoleit sacó de debajo del mostrador un recipiente oscuro, hurgó en él con una palita, y con sus manos temblorosas ayudó a meter la masa grumosa y amarillenta en una bolsa gris. 

—Mi hija murió. 

La mujer no contestó. Miré a mi alrededor y no vi más que paquetes de fideos cubiertos de polvo, la tinaja de vinagre cuya espita goteaba lentamente, el detergente y un cartel de hojalata con un muchacho rubio y sonriente comiendo un chocolate que ya hacía años no se fabricaba. La mujer metió la botella en la red, colocó el detergente al lado, echó un par de monedas sobre el mostrador, y al volverse y pasar a mi lado, se tocó la sien con la punta del dedo y me sonrió. 

Pensé en muchas cosas, pensé en cuando era tan pequeño que la nariz no me llegaba siquiera al borde del mostrador, mientras que ahora miraba sin dificultad por encima de la caja de cristal que llevaba el nombre de una fábrica de galletas y que solo contenía ya bolsas polvorientas de pan rallado. Por un momento me sentí encoger, tener la nariz debajo del sucio mostrador, sentir las monedas para dulces en mi mano, vi bailar a Elsa Baskoleit, oí gritar a la gente del patio “¡Puta!” y “¡Puerca!”, hasta que la voz de Baskoleit me despertó. 

—Mi hija murió. 

Lo dijo automáticamente, casi sin sentimiento. Estaba junto al escaparate mirando a la calle. 

—Sí. 

—Murió —dijo Baskoleit. 

—Sí —repetí. 

Él se volvió de espaldas con las manos en los bolsillos de su bata gris, llena de manchas. 

—Le gustaban las uvas… sobre todo las negras, pero murió. 

No me dijo: “¿Desea usted algo?” o “¿En qué puedo servirle?”. Estaba cerca de la tinaja del vinagre, junto al escaparate, y decía: 

—Mi hija ha muerto, o murió —sin mirarme. 

Parecía que yo llevaba una eternidad ahí, perdido y olvidado, mientras que a mi alrededor transcurría el tiempo. No pude arrancarme aquel sortilegio hasta que entró otra mujer en la tienda. Era pequeña y regordeta, sostenía la cesta de la compra delante del vientre y Baskoleit se dirigió a ella diciendo: 

—Mi hija murió. 

La mujer contestó: 

—Sí —de pronto se echó a llorar y añadió–: deme detergente en polvo, por favor. Del de granel, un kilo. 

Y Baskoleit pasó detrás del mostrador, hurgó con el librador en el recipiente. La mujer seguía llorando cuando me fui. 

El muchacho pálido y moreno que antes estaba sentado sobre un muro derruido se hallaba ahora en el estribo de mi camión, observando atentamente el tablero de manos, metió la mano por la ventanilla abierta y le dio al intermitente de la derecha, luego al de la izquierda; se asustó al verme de pronto a su lado. Lo agarré del brazo, miré su cara pálida y asustada, tomé una manzana de las que había en el camión y se la regalé. Me miró asombrado cuando lo solté, tan asombrado que yo mismo me asusté y tomé otra manzana, y otra, y se las metí en los bolsillos, bajo la chaqueta, muchas manzanas, antes de subir al camión y marcharme de ahí. 


Traducción: Laura Díaz Coria 
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Texto encontrado aquí.
Leído por primera vez en la traducción de Margarita Fontseré

sábado, 23 de marzo de 2019

la despedida


La despedida
PIOTR BAKAL

Puede que nos volvamos a encontrar luego de algunos años
Puede que sea aquí mismo, o el confín del mundo
Entonces serás distinta - yo no habré cambiado
Puede que consigamos empezar de nuevo.

Hoy debo partir - ya no me detengas
En todos estos años nada ha cambiado
Dispusiste guardias alrededor de mis sueños
Déjame ir en paz, fueron suficientes palabras.

De seguro volveré aquí cuando llegue el momento
Tan solo recuerda lo que te decía ayer
Tan solo recuerdo que yo no he cambiado
Pienso lo que pensaba, creo en lo que creía.

Volveré cuando lo entiendas - luego de algunos años
Puede que aquí mismo sea el confin del mundo
Entonces serás distinta - yo seguiré siendo el mismo
Puede que consigamos empezar de nuevo.


Varsovia, 24 de julio 1984



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Texto encontrado aquí.

sábado, 16 de marzo de 2019

Quiero a la sombra de un ala


IX
JOSÉ MARTÍ

Quiero, a la sombra de un ala,
Contar este cuento en flor:
La niña de Guatemala,
La que se murió de amor.

Eran de lirio los ramos,
Y las orlas de reseda
Y de jazmín; la enterramos
En una caja de seda.

... Ella dio al desmemoriado
Una almohadilla de olor:
Él volvió, volvió casado:
Ella se murió de amor.

Iban cargándola en andas
Obispos y embajadores:
Detrás iba el pueblo en tandas,
Todo cargado de flores.

... Ella, por volverlo a ver,
Salió a verlo al mirador:
Él volvió con su mujer:
Ella se murió de amor.

Como de bronce candente
Al beso de despedida,
Era su frente ¡la frente
Que más he amado en mi vida!

... Se entró de tarde en el río,
La sacó muerta el doctor:
Dicen que murió de frío:
Yo sé que murió de amor.

Allí, en la bóveda helada,
La pusieron en dos bancos:
Besé su mano afilada,
Besé sus zapatos blancos.

Callado, al oscurecer,
Me llamó el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
A la que murió de amor!

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Texto encontrado aquí.

martes, 12 de marzo de 2019

caminaba de noche

Mis sueños hechos realidad
MISSSUER

Mis sueños i ensueños hechos realidad.
Sueños dormida i ensueños despierta.
Mis sueños i ensueños se hicieron realidad
gracias a Dios al Dios vivo
aprendiz de poetisa
que ama la vida el amor
enamorada mujer
Desfalleciente ya sin fuerzas
me postré a sus pies
llorando cual Magdalena
qué será imposible para Dios?
todo es posible.
hizo realidad el milagro de amor
Lo que por mí mismo nunca logré
Qué le quedaba a una mujer que no
caminaba, viviendo artificialmente
en este mundo aparentemente nada.
Jesucristo lo hizo realidad.
Toda la Gloria
Toda la honra
Sean dadas a Él.

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Agradezco a la poetisa que me regaló este texto mecanografiado en una hoja hace quince años. No conozco su nombre completo, solo el seudónimo con el que firma el texto, que me permito compartir acá.

miércoles, 27 de febrero de 2019

canción

Canción negativa de la vida nueva 
WÁSHINGTON DELGADO

No amaré según las viejas
palabras de los libros, 
no amaré lo que dijeron 
en las muertas aulas escolares, 
no diré Perú, planeta, estrella, 
no temblaré bajo la lluvia, 
no veré con fervor la mariposa, 
porque no hay mariposa, río, 
caballo, mosca, pincel, ni cabellera 
sino agua muerta, 
polvo muerto, 
sombra muerta.

No amaré
las fúnebres imágenes, 
ni pisaré la podredumbre: 
me iré con el viento 
y seré un pedacito 
del aire nuevo 
que viene y va
y no dice: 
ámame con tus muertas 
palabras aprendidas.

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DELGADO, Wáshington. (1970) Un mundo dividido. Poesía 1951-1970. Lima, Perú: Casa de la Cultura del Perú. p. 168

sábado, 19 de enero de 2019

cierta lógica

cierta lógica crece al interior de una lógica torcida
DAVID SANTIAGO RIVERA

quiero hablar de mis amigos y de cuanto importa ir por cerveza juntos
los sábados por la madrugada los taxis son animales iluminados son animales desconocidos
los tipos a las entradas de los bares con los que puedes intercambiar dos minutos de euforia
me dicen que la gente es buena que la gente entiende que tiene cosas importantes que decir
juego imaginando que pasado mañana enderezaré un par de asuntos urgentes
aletargado después de los últimos dos extensos sorbos
me doy cuenta que llevo la botella vacía
me parece que el bolsillo tiene algo menos
reviso y todo está

sábado, 29 de diciembre de 2018

en el frente de Gandesa




Si me quieres escribir
canción de la Guerra Civil Española

Si me quieres escribir
ya sabes mi paradero.
Si me quieres escribir
ya sabes mi paradero.
En el frente de Gandesa
primera línea de fuego.
En el frente de Gandesa
primera línea de fuego.

Si te quieres poner bien
para dormir de buena forma

Si te quieres poner bien
para dormir de buena forma
En el frente de Gandesa
allí tienes una fonda.
En el frente de Gandesa
allí tienes una fonda.

A la entrada de la fonda
hay un moro Mohamed.
A la entrada de la fonda
hay un moro Mohamed,
que te dice pasa, paisa,
qué quieres para comer.
Que te dice pasa, paisa
qué quieres para comer.

El primer plato que te dan
son granadas rompedoras.
El primer plato que te dan
son granadas rompedoras,
el segundo de metralla
para recordar memoria.
El segundo de metralla
para recordar memoria.

Si me quieres escribir
ya sabes mi paradero.
Si me quieres escribir
ya sabes mi paradero.
En el frente de Gandesa
primera línea de fuego.
En el frente de Gandesa
primera línea de fuego.

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Texto encontrado aquí, con algunas correcciones mías.

domingo, 23 de diciembre de 2018

la mota de polvo

[Poema de Teresa Cabrera, del libro Sueño de pez o neblina]



la mota de polvo
sobre los muebles
y tableros
ha aguardado todo el día para iniciar su procesión
y ahora, mientras duermes
baja hasta el parqué a revolcarse en silencio

una vez convertida en húmeda pelusa, se desliza
hasta devenir en contubernio
y rodar hacia la cama
para encaramarse entre tu bofe de durmiente
de donde yo escucho su hilillo rastrero silbar

las agujas fosforescentes del reloj
son guadañas
así iluminadas para que quien abra los ojos
en la oscuridad
sepa en qué extremo de la hilera discurre
su engañada vigilia
y espere con paciencia

pero yo no estoy entrenada en la paciencia
este es el momento en que me siento pobre
apenas capaz de aguardar con terror
el retorcimiento malévolo de los ácaros
que celebran tu siguiente acceso de tos
y la impotencia de mi amor
que se me acaba en tocar tu pijama de franela
queriendo ser menta
o hervor de eucalipto

un entrevero de hierbas que te limpie el pecho
y haga benéfico tu sueño,
luminoso tu alveolo.


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Poema encontrado aquí.

sábado, 15 de diciembre de 2018

salmo 25 (24)


Salmo 25 (24)


1 [De David.] A ti, Señor, levanto mi alma;
2 Dios mío, en ti confío,
no quede yo defraudado,
que no triunfen de mí mis enemigos;
3 pues los que esperan en ti no quedan defraudados,
mientras que el fracaso malogra a los traidores.

4 Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
5 haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador,
y todo el día te estoy esperando.

6 Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
7 no te acuerdes de los pecados
ni de las maldades de mi juventud;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor.

8 El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
9 hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes.

10 Las sendas del Señor son misericordia y lealtad
para los que guardan su alianza y sus mandatos.
11 Por el honor de tu nombre, Señor,
perdona mis culpas, que son muchas.

12 ¿Hay alguien que tema al Señor?
Él le enseñará el camino escogido:
13 su alma vivirá feliz,
su descendencia poseerá la tierra.

14 El Señor se confía con sus fieles
y les da a conocer su alianza.
15 Tengo los ojos puestos en el Señor,
porque él saca mis pies de la red.

16 Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí,
que estoy solo y afligido.
17 Ensancha mi corazón oprimido
y sácame de mis tribulaciones.

18 Mira mis trabajos y mis penas
y perdona todos mis pecados;
19 mira cuántos son mis enemigos,
que me detestan con odio cruel.

20 Guarda mi vida y líbrame,
no quede yo defraudado de haber acudido a ti.
21 La inocencia y la rectitud me protegerán,
porque espero en ti.

22 Salva, oh Dios, a Israel
de todos sus peligros.

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Texto del salmo encontrado aquí.

sábado, 8 de diciembre de 2018

oro y diamante



Brazos de sol
ALEJANDRO FILIO

Hoy me vino la gana, que no las musas
hoy no tengo pretextos ni disculpa para cantarte a ti
para escribirte un verso y descolgarte desde aquí
hasta las ganas de la mañana ya por venir.

Hoy primero del segundo del año
mientras esta mujer rompe el espacio para inventarse al fin
para mirarla toda en el silencio y de perfil
tomo sus manos como escenario para existir.

Y es que no importa que digan
que está trillado
hablar de amor que maldigan
si no han probado
la noche en sus brazos de sol.

Se detiene el reloj sobre nosotros
caen las diez que resbalan por sus hombros y se cuela la luz
que se enreda en tu pelo pero la liberas tú
oro y diamante por un instante de tono azul.

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Letra encontrada aquí.