sábado, 26 de marzo de 2022

lenguajes XXVII

La transfiguración de Miguel Ángel (o "la fe mueve montañas")
PEDRO LEMEBEL

Cada cierto tiempo en Chile, y según el oportunismo noticioso, que levanta o acalla sucesos populares de acuerdo a las políticas de turno, se aparecen vírgenes en las cortezas de los árboles, en la pintura revenida de un muro abandonado, en la ventana rota de una casa de putas, en un gallinero, donde las aves ponen huevos con la cara de Nuestra Señora, en el vidrio del auto de Pinochet, hecho astillas en el atentado, en las tapitas de Coca-Cola, en la bandera desteñida de un club deportivo, en fin, por todas partes, sin previo aviso, la madre de Cristo reitera su performance iluminando al primero que la ve, dejándolo con los ojos blancos, titulado de curador, por ser el elegido que prendió la tele de la santidad.

Tal fue el bullado caso del Miguel Ángel de Villa Alemana. El niño santo, el púber médium que de un día a otro cambió su aporreada vida de orfanato por la fama de milagrero que hablaba con la virgen de tú a tú. Antes de aquella tarde, Miguel Ángel era un deslavado niño chileno, sin ninguna gracia. Y su pueblo no aparecía en las noticias desde el terremoto. Entonces nadie podía imaginar que ese pobre huacho iba a ser el personaje que provocaría tanta conmoción repitiendo yo la vi, yo la vi, ella me dijo. Y se despobló el pueblo con el alcalde, el cura, las profesoras, los bomberos y cuanto curioso corriendo, atropellándose por llegar al cerro donde el cabro decía que la virgen lo estaba esperando. Que ahí mismo, en esos peñascos, en esa lomita, hay una señora de blanco que me está llamando. ¿No la ven? Es tan linda. Fíjense cómo me sonríe. Pero nadie veía más que piedras y espinos. Nadie puede ver a la inmaculada porque ella no quiere, dijo una mujer. Ella sólo se deja ver por niños puros, y en este pueblo la gente es tan mala y peleadora. Solamente al Miguel Ángel le da la pasa para deleitarlo con su fulgor. Y parece que era cierto, porque el Miguel Ángel entraba como en éxtasis cuando llegaba la hora de su cita con la dama del alba. Y a través de su extraviada meditación, por su cara de arcángel volado, la multitud se hizo partícipe del milagro, viéndolo caer al suelo, orando, en trabalenguas y extrañas murmuraciones que las beatas traducían al latín y mapuche.La gran aglomeración de pueblo que llegaba a Peña Blanca estallaba en llantos y mea culpas cuando al chiquillo le bajaban esos tiritones, esos ataques, esa epilepsia delespíritu revolcándose en las piedras, arañándose la cara, arrancándose el pelo a mechones. No podían sujetarlo, tenía la fuerza de un toro, ni siquiera cinco hombres podían con él. Se dejaba todo machucado, solamente por los pecados del mundo, decían las mujeres. Por tanta cosa terrible que pasa en este país, el pobrecito se convierte en un Cristo niño que paga por nosotros.

Así, la noticia del Bernardito de Villa Alemana sobrepasó las fronteras del chismorreo campestre, sobre todo cuando se supo que un cojo salió corriendo, un ciego, dijo ver la bandera norteamericana en la luna, y un mudo se convirtió en relator deportivo. Entonces, comenzaron las peregrinaciones, las multitudes de enfermos que buscaban la sanación, y los sanos aburridos que deseaban contraer la epidemia de la fe. Por camionadas llegaban paralíticos tullidos y sifilíticos que arrastraban sus hernias, dejando una huella purulenta en el camino. Tratando de alcanzar la luz medicinal de las manos del niño santo, el iluminado Miguel Ángel, la bienaventuranza del pueblo, ahora cómodamente instalado en una regia casa, donde sus secretarias encuestaban, hacían prediagnósticos, repartían números, y a escobazos mantenían a raya al choclón de moribundos que se agarraban a muletazos por alcanzar una consulta. Y fue tal el suceso, que la conmoción llegó a Santiago. Y corrieron los periodistas acezando con sus grabadoras y libretas tomando notas. Y llegó la televisión con cámaras infrarrojas para revelar la imagen extraterrestre, que decían, bajaba al Chile de Pinochet para conversar con un niño pobre. Tanto despelote preocupó a la curia eclesiástica, siempre suspicaz frente a estos arrebatos de la fe popular. Y después de largas reuniones el obispado resolvió mandar a un viejo sacerdote experto en exorcismo a investigar los sucesos de Peña Blanca.

Así, el enjuto encargado se entrevistó con el cura del pueblo, indagó las vidas de los enfermos sanos, sostuvo largas pláticas con Miguel Ángel, permaneció día y noche mirando el peñasco donde decían aterrizaba la virgen. Meditó, rezó el rosario al revés y al derecho, intentó emocionarse con las piruetas parapléjicas de Miguel Ángel, estuvo tentado a parar las patas y ponerse de cabeza para ver el cielo al revés. Por si acaso, se arrepintió mil veces de haber, sido capellán militar, y haberle dado la comunión quizás a tanto asesino. No comió nada, evitando la tentación olorosa de los anticuchos, empanadas y fritangas con ajo que humeaban en la feria instalada a los pies del improvisado santuario. No dijo nada frente a ese circo que transformó el pueblo en una avalancha de acróbatas, saltimbanquis, prestidigitadores y gitanas que comerciaban con la imagen sacrosanta. Fue tolerante con los pósters a color que sacaron con la foto de María abrazada con el chiquillo. Con las distintas representaciones de la virgen: de huasa, de punky, de hippie, y hasta con un casco espacial bajando de un ovni. Se hizo el leso frente a tanta ignominia, lo soportó todo solamente para ver algo, para encontrarse cara a cara con la divinidad y preguntarle por qué había elegido a ese chiquillo mugriento que ni siquiera había hecho la primera comunión. Por qué señora, te apareciste a este cabro hereje. Por qué a mí me niegas tu presencia. A mí, que me he pasado la vida en flagelaciones y torturas, sólo para verte aunque sea de reojo. Por qué ni siquiera una lucecita, ni un rayito de esa tormenta eléctrica que deja con los ojos turnios a toda esta gente. Por qué no me has dado ni una seña, en todos estos días que he tenido que aguantar a tanto pecador, a tanto homosexual sidoso rascándose las pústulas a mi lado.

Por qué señora. Yo que he permanecido una semana con los ojos abiertos, con el corazón en paz, con la boca llena de tierra y las tripas secas de ayuno. Tratando de cachar algún destello, intentando aplacar la rabia, para que me llegue al menos alguna chispita de tu gracia. Para no irme como llegué. Y nada, nada, nada. Puro teatro, pura superchería de pobres y charlatanes. Pura falsedad esos milagros del tal Miguel Ángel. Sugestión colectiva, le voy a poner al informe que me encargó el arzobispado. Y si me equivoco, Dios nomás lo sabe.

El diagnóstico que dio la iglesia sobre el caso de Peña Blanca, más que desacreditar los poderes sanativos de Miguel Ángel, los hizo más populares, sumándose a sus fans otra parte de la religiosidad que desconfía de los curas.

Así, su fama traspasó las fronteras, llegando peregrinos de todo el mundo: enfermos incurables, que ya hablan recorrido otros santuarios tan taquilleros como Lourdes, Fátima y Lo Vásquez, gringos sudorosos por el cáncer, leprosos de la India, locas sídosas y desahuciadas que salían enfermas de sanas, agradeciendo a la virgen el milagro, besándole las manos a Miguel Ángel, que inmutable, recibía las donaciones voluntarias por el pago de sus poderes curativos. Regalos y abonos en dólares y cheques viajeros, que fueron juntando una pequeña fortuna. Para levantar un templo a nuestra señora, contestaba Miguel Ángel, cansado de tanta pregunta indiscreta, agotado de tanta entrevista copuchenta y de tanto repetir el rito del sana, sana, potito de rana.

Por eso, y respondiendo a las numerosas invitaciones que le hacían del extranjero, decidió tomarse un descanso. Y un día cerró el boliche argumentando que se iba a un encuentro internacional de iluminados. Y todo el pueblo lo fue a despedir a la carretera con lágrimas en los ojos. El alcalde leyó un largo y conmovedor discurso, y luego, aleteado por los aplausos, Miguel Ángel se alejó de su tierra repartiendo bendiciones por la ventana del bus, hasta que este fue sólo un puntito azul que se esfumó en la distancia.

Así, con la partida del santo, Peña Blanca retornó a su languidez de anonimato. El viento fue desmantelando los altares y la lluvia del invierno se encargó de desteñir las imágenes arrastradas por la tormenta. El zapatero desarmó su stand de refrescos y volvió a los zapatos, la modista guardó los frasquitos con tierra del monte y regresó a su costura, la profesora no tuvo más clientela traduciendo los mensajes divinos y retornó la tiza y el pizarrón, y los cabros chicos dejaron de ser guías turísticos odiando volver a clases. Y luego y pronto y después, todo volvió a ser tristemente como antes.

Varios años pasaron desde entonces, en Santiago la resistencia ocupó las calles a puro bombazo. Y la dictadura vio llegar los nacarados aires de la democracia, refunfuñando. Y Miguel Ángel se borró de la memoria de la gente, ocupada por los esperados cambios políticos.

Muy pocos se acordaban del niño santo cuando un periódico anunció su regreso. Dos o tres periodistas fueron al aeropuerto a esperarlo, y luego de ver a tanto exiliado bajar del avión y besar el suelo entre lágrimas y babas con tierra natal. Después de verlos descargar media Europa en sus equipajes, gritando en francés a tanto cabro mapuche que se resistía a bajar del avión. Pog qué. Chile seg feo. Yo quereg volveg a París, alegaban los críos del retorno, arrastrados de las orejas, chillando en un cruce de lenguas. Luego de este espectáculo, cuando no quedaban más pasajeros y los periodistas decepcionados por el fallido aviso se aprontaban a marcharse. En un enjambre de azafatas, como en su primer día de vuelo, se acerca una niña de pelo largo y gafas oscuras diciendo: ¿No me reconocen? Soy Miguel Ángel. La virgen me hizo mujer.

El programa especial de televisión que mostró la transfiguración del niño santo lo vio todo el país. Para armar el recuento biográfico, se desempolvaron imágenes de Peña Blanca, las multitudes, el cerro de la virgen, las fotos en éxtasis del Cristo adolescente, su prístino mirar, su pureza de ninfo celeste de entonces, contrastado con la mina tetona de lacia cabellera negra y labios rojos, en entrevista exclusiva por Canal Nacional. Poco quedaba del Miguel Ángel, ángel de los inválidos. Solamente algo de su voz, ahora enroquecida por la madurez, dándole gracias a la virgen por el relámpago transexual que la cambió el género.

También el programa incluyó testimonios de personas allegadas al personaje. Como la anciana doctora del orfanato, entrevistada y asegurando que Miguel Ángel de niño era hombrecito, tenia pene y testículos bien formados. Yo lo sé, porque me tocaba revisarlo bien seguido, de eso estoy segura. Ahora no sé, estoy confundida con los exámenes médicos que dicen que es una mujer y no presenta rastros de cirugía Él dice, perdón ella dice, que la virgen le ofreció para él un último milagro, porque estaba cansada y quería retirarse. Puede ser, yo no soy creyente pero «la fe mueve montañas». Además, hay cosas que aún la ciencia no comprende.

Después de la pausa comercial, habló un obispo. Dijo que Maria Santísima no hacia este tipo de milagros, menos interferir en la creación divina, porque ella, por muy madre que sea, no tiene poderes para cambiar la voluntad del creador que ha hecho al hombre bien hombre, y a la mujer, bien mujer. La biblia es muy clara en estas cosas, no admite trucos sodomitas ni operaciones sexuales con bisturíes místicos. La virgen no se manda sola, ella está subordínada al altísimo, que es la última palabra.

El controvertido documental reventó el rating televisivo. Por la pantalla se vio al Miguel Ángel peinándose, pintándose las uñas, planchando y cocinando como una sencilla doncella. También lo mostró paseando por el cerro de las apariciones de la mano con su actual novio. Un flamante macho joven declarando que se casarían lo antes posible, que serían muy felices y los hijos.... bueno, a la virgen siempre le quedan milagros, y "la fe mueve montañas".

Casi todos los protagonistas del suceso comparecieron en el juicio televisivo, menos el anciano encargado episcopal, ya muy viejo, y repitiendo que por fin la virgen le daba una prueba de su gracia, que después de tanta súplica, María conmovida, se le aparecía encarnada en la transfiguración de Miguel Ángel. Que ahora si podía morir tranquilo, después de ver su cara en la tele, en persona, hablando. Tan linda ella, tan joven, tan bella su mirada misericordiosa que apareció en la foto del diario, que él recortó para ponerla en el altar, para engalanarla de flores, reemplazando así la antigua imagen de esa señora tan pasada de moda.

El viejo sacerdote fue de los pocos que se tragaron el milagro, y se despidió del mundo extasiado con los ojos de su virgen travesti. El resto del país a la semana ya habla olvidado la insólita teleserie. Del Miguel Ángel nunca más se supo, nunca más hizo curaciones mágicas que dieran noticia. Seguramente por estar ocupado, cumpliendo labores domésticas.

En el pueblo nadie quiso hablar del asunto, nadie había prendido la tele ni leído el diario ese día. Sobre el tema se estableció una nube de silencio que borró el nombre Miguel Ángel de la memoria de sus habitantes. Sólo quedó el monte en medio del campo, iluminado a veces por un fulgor lunar que suaviza la erección pétrea con un manto vaporoso. Hasta allí, en medio de la noche, camuflados por las sombras, llegan hoy otro tipo de visitantes; un peregrinaje travesti que sube la cuesta de Peña Blanca con los tacoaltos en la mano. Mariquillas que quieren ser mujer, transexuales indigentes que no tienen plata para operarse, hermafroditas naturistas que exponen la próstata para recibir el hachazo celeste. Son los únicos que aún acuden al santuario, los únicos que riegan de velas el roquerío, los únicos que hacen la manda de quedarse extáticos en pose de diva hasta que retumba el alba. A ver si María desde el cielo los escucha, a ver si la mamita virgen, para callado y a espaldas de Dios, baja a la tierra para repetir el milagro, tan barato, tan suave como un golpe de azucena, sin anestesia y sin dolor.

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Texto encontrado aquí.


domingo, 17 de octubre de 2021

Un poema de Mario Montalbetti

Disculpe ¿es aquí la tabaquería?
MARIO MONTALBETTI

Nadie dice todo. Nadie dice nada.
Lo deseable es decir poquísimo.
Callar no es más radical.
Callar es como raparse la cabeza:
el pelo vuelve a crecer.
Pero decir poquísimo, decir lo mínimo
que uno puede decir,
eso es lo que nos permite decir algo.


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Texto encontrado aquí.

martes, 5 de octubre de 2021

Verano

Verano
CÉSAR VALLEJO


Verano, ya me voy. Y me dan pena
las manitas sumisas de tus tardes.
Llegas devotamente; llegas viejo;
y ya no encontrarás en mi alma a nadie.

Verano! Y pasarás por mis balcones
con gran rosario de amatistas y oros,
como un obispo triste que llegara
de lejos a buscar y bendecir
los rotos aros de unos muertos novios.

Verano, ya me voy. Allá, en setiembre
tengo una rosa que te encargo mucho;
la regarás de agua bendita todos
los días de pecado y de sepulcro.

Si a fuerza de llorar el mausoleo,
con luz de fe su mármol aletea,
levanta en alto tu responso, y pide
a Dios que siga para siempre muerta.
Todo ha de ser ya tarde;
y tú no encontrarás en mi alma a nadie.

Ya no llores, Verano! En aquel surco
muere una rosa que renace mucho...


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Texto encontrado aquí.

domingo, 14 de febrero de 2021

Zdrada


Traición
ZUZANNA GINCZANKA

No podrá vigilarme nadie.
El pecado de gamuza y murciélago
se acomodó en los áticos del miedo con su cabeza semiratonil hacia abajo —
cuando caiga la noche me escabulliré de la torre, escaparé 
de la torre fortificada,
me haré paso entre los aguijones de avispas agudas,
cruzaré entre hierbas venenosas en vallas —

Entre los escombros se levantarán con pesadez las agobiantes catedrales de mandamientos, 
los veinte infiernos de los Vedas,
llamaradas,
aullidos,
silbidos,
la noche fanática amenazará, apedreará con estrellas.
Como mercurio me escabulliré entre los dedos.
Nada me podrá retener.

Tú te convertirás en lobo, yo en pajarita de las nieves —
tú en águila, yo en ensueños tortuosos — —
con maquinaciones inescrutables me adelantaré a cada persecución tuya.
No podrá vigilarme el mundo,
amado mío – querido mío – dulzura mía -
si yo misma
no elijo
la dulzura de mayo
de serte fiel.

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Texto encontrado aquí. Traducción de Alhelí Málaga

domingo, 26 de abril de 2020

domingo

El pan nuestro
CÉSAR VALLEJO

Se bebe el desayuno... Húmeda tierra
de cementerio huele a sangre amada.
Ciudad de invierno... La mordaz cruzada
de una carreta que arrastrar parece
una emoción de ayuno encadenada!

Se quisiera tocar todas las puertas,
y preguntar por no sé quién; y luego
ver a los pobres, y, llorando quedos,
dar pedacitos de pan fresco a todos.
Y saquear a los ricos sus viñedos
con las dos manos santas
que a un golpe de luz
volaron desclavadas de la Cruz!

Pestaña matinal, no os levantéis!
¡El pan nuestro de cada día dánoslo,
Señor...!

Todos mis huesos son ajenos;
yo talvez los robé!
Yo vine a darme lo que acaso estuvo
asignado para otro;
y pienso que, si no hubiera nacido,
otro pobre tomara este café!
Yo soy un mal ladrón... A dónde iré!

Y en esta hora fría, en que la tierra
trasciende a polvo humano y es tan triste,
quisiera yo tocar todas las puertas,
y suplicar a no sé quién, perdón,
y hacerle pedacitos de pan fresco
aquí, en el horno de mi corazón...!

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Texto encontrado aquí.

martes, 21 de abril de 2020

palabras

Mateo 6, 5-8

Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. 
Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. 
Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. 
No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.

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Versión: Biblia de Jerusalén

domingo, 12 de abril de 2020

almotásim

Imagen: Cordon Press


El acercamiento a Almotásim
JORGE LUIS BORGES

Philip Guedalla escribe que la novela The approach to Al-Mu’tasim del abogado Mir Bahadur Alí, de Bombay, «es una combinación algo incómoda (a rather uncomfortable combination) de esos poemas alegóricos del Islam que raras veces dejan de interesar a su traductor y de aquellas novelas policiales que inevitablemente superan a John H. Watson y perfeccionan el horror de la vida humana en las pensiones más irreprochables de Brighton». Antes, Mr. Cecil Roberts había denunciado en el libro de Bahadur «la doble, inverosímil tutela de Wilkie Collins y del ilustre persa del siglo XII, Ferid Eddin Attar» -tranquila observación que Guedalla repite sin novedad, pero en un dialecto colérico. Esencialmente, ambos escritores concuerdan: los dos indican el mecanismo policial de la obra, y su undercurrent místico. Esa hibridación puede movernos a imaginar algún parecido con Chesterton; ya comprobaremos que no hay tal cosa.
La editio princeps del Acercamiento a Almotásim apareció en Bombay, a fines de 1932. El papel era casi papel de diario; la cubierta anunciaba al comprador que se trataba de la primera novela policial escrita por un nativo de Bombay City: En pocos meses, el público agotó cuatro impresiones de mil ejemplares cada una. La Bombay Quarterly Review, la Bombay Gazette, la Calcutta Review, la Hindustan Review (de Alahabad) y el Calcutta Englishman, dispensaron su ditirambo. Entonces Bahadur publicó una edición ilustrada que tituló The conversation with the man called Al-Mu’tasim y que subtituló hermosamente: A game with shifting mirrors (Un juego con espejos que se desplazan). Esa edición es la que acaba de reproducir en Londres Víctor Gollancz, con prólogo de Dorothy L. Sayers y con omisión -quizá misericordiosa- de las ilustraciones. La tengo a la vista; no he logrado juntarme con la primera, que presiento muy superior. A ello me autoriza un apéndice, que resume la diferencia fundamental entre la versión primitiva de 1932 y la de 1934. Antes de examinarla -y de discutirla- conviene que yo indique rápidamente el curso general de la obra.
Su protagonista visible -no se nos dice nunca su nombre- es estudiante de derecho en Bombay. Blasfematoriamente, descree de la fe islámica de sus padres, pero al declinar la décima noche de la luna de muharram, se halla en el centro de un tumulto civil entre musulmanes e hindúes. Es noche de tambores e invocaciones: entre la muchedumbre adversa, los grandes palios de papel de la procesión musulmana se abren camino. Un ladrillo hindú vuela de una azotea; alguien hunde un puñal en un vientre; alguien ¿musulmán, hindú? muere y es pisoteado. Tres mil hombres pelean: bastón contra revólver, obscenidad contra imprecación, Dios el Indivisible contra los Dioses. Atónito, el estudiante librepensador entra en el motín. Con las desesperadas manos, mata (o piensa haber matado) a un hindú. Atronadora, ecuestre, semidormida, la policía del Sirkar interviene con rebencazos imparciales. Huye el estudiante, casi bajo las patas de los caballos. Busca los arrabales últimos. Atraviesa dos vías ferroviarias, o dos veces la misma vía. Escala el muro de un desordenado jardín, con una torre circular en el fondo. Una chusma de perros color de luna (a lean arad evil mob of mooncoloured hounds) emerge de los rosales negros. Acosado, busca amparo en la torre. Sube por una escalera de fierro -faltan algunos tramos- y en la azotea, que tiene un pozo renegrido en el centro, da con un hombre escuálido, que está orinando vigorosamente en cuclillas, a la luz de la luna. Ese hombre le confía que su profesión es robar los dientes de oro de los cadáveres trajeados de blanco que los parsis dejan en esa torre. Dice otras cosas viles y menciona que hace catorce noches que no se purifica con bosta de búfalo. Habla con evidente rencor de ciertos ladrones de caballos de Guzerat, «comedores de perros y de lagartos, hombres al cabo tan infames como nosotros dos». Está clareando: en el aire hay un vuelo bajo de buitres gordos. El estudiante, aniquilado, se duerme; cuando despierta, ya con el sol bien alto, ha desaparecido el ladrón. Han desaparecido también un par de cigarros de Trichinópoli y unas rupias de plata. Ante las amenazas proyectadas por la noche anterior, el estudiante resuelve perderse en la India. Piensa que se ha mostrado capaz de matar un idólatra, pero no de saber con certidumbre si el musulmán tiene más razón que el idólatra. El nombre de Guzerat no lo deja, y el de una malka-sansi (mujer de casta de ladrones) de Palanpur, muy preferida por las imprecaciones y el odio del despojador de cadáveres. Arguye que el rencor de un hombre tan minuciosamente vil importa un elogio. Resuelve -sin mayor esperanza- buscarla. Reza, y emprende con segura lentitud el largo camino. Así acaba el segundo capítulo de la obra.
Imposible trazar las peripecias de los diecinueve restantes. Hay una vertiginosa pululación de dramatis personae -para no hablar de una biografía que parece agotar los movimientos del espíritu humano (desde la infamia hasta la especulación matemática) y de la peregrinación que comprende la vasta geografía del Indostán-. La historia comenzada en Bombay sigue en las tierras bajas de Palanpur, se demora una tarde y una noche en la puerta de piedra de Bikanir, narra la muerte de un astrólogo ciego en un albañal de Benarés, conspira en el palacio multiforme de Katmandú, reza y fornica en el hedor pestilencial de Calcuta, en el Machua Bazar, mira nacer los días en el mar desde una escribanía de Madrás, mira morir las tardes en el mar desde un balcón en el estado de Travancor, vacila y mata en Indaptir y cierra su órbita de leguas y de años en el mismo Bombay, a pocos pasos del jardín de los perros color de luna. El argumento es este: Un hombre, el estudiante incrédulo y fugitivo que conocemos, cae entre gente de la clase más vil y se acomoda a ellos, en una especie de certamen de infamias. De golpe -con el milagroso espanto de Robinsón ante la huella de un pie humano en la arena- percibe alguna mitigación de esa infamia: una ternura, una exaltación, un silencio, en uno de los hombres aborrecibles. «Fue como si hubiera terciado en el diálogo un interlocutor más complejo.» Sabe que el hombre vil que está conversando con él es incapaz de ese momentáneo decoro; de ahí postula que este ha reflejado a un amigo, o amigo de un amigo. Repensando el problema, llega a una convicción misteriosa: En algún punto de la tierra hay un hombre de quien procede esa claridad; en algún punto de la tierra está el hombre que es igual a esa claridad. El estudiante resuelve dedicar su vida a encontrarlo.
Ya el argumento general se entrevé: la insaciable busca de un alma a través de los delicados reflejos que esta ha dejado en otras: en el principio, el tenue rastro de una sonrisa o de una palabra; en el fin, esplendores diversos y crecientes de la razón, de la imaginación y del bien. A medida que los hombres interrogados han conocido más de cerca a Almotásim, su porción divina es mayor, pero se entiende que son meros espejos. El tecnicismo matemático es aplicable: la cargada novela de Bahadur es una progresión ascendente, cuyo término final es el presentido «hombre que se llama Almotásim». El inmediato antecesor de Almotásim es un librero persa de suma cortesía y felicidad; el que precede a ese librero es un santo… Al cabo de los años, el estudiante llega a una galería «en cuyo fondo hay una puerta y una estera barata con muchas cuentas y atrás un resplandor». El estudiante golpea las manos una y dos veces y pregunta por Almotásim. Una voz de hombre -la increíble voz de Almotásim- lo insta a pasar. El estudiante descorre la cortina y avanza. En ese punto la novela concluye.
Si no me engaño, la buena ejecución de tal argumento impone dos obligaciones al escritor: una, la variada invención de rasgos proféticos; otra, la de que el héroe prefigurado por esos rasgos no sea una mera convención o fantasma. Bahadur satisface la primera; no sé hasta dónde la segunda. Dicho sea con otras palabras: el inaudito y no mirado Almotásim debería dejarnos la impresión de un carácter real, no de un desorden de superlativos insípidos. En la versión de 1932, las notas sobrenaturales ralean: «el hombre llamado Almotásim» tiene su algo de símbolo, pero no carece de rasgos idiosincrásicos, personales. Desgraciadamente, esa buena conducta literaria no perduró. En la versión de 1934 -la que tengo a la vista- la novela decae en alegoría: Almotásim es emblema de Dios y los puntuales itinerarios del héroe son de algún modo los progresos del alma en el ascenso místico. Hay pormenores afligentes: un judío negro de Kochín que habla de Almotásim, dice que su piel es oscura; un cristiano lo describe sobre una torre con los brazos abiertos; un lama rojo lo recuerda sentado «como esa imagen de manteca de yak que yo modelé y adoré en el monasterio de Tashilhunpo». Esas declaraciones quieren insinuar un Dios unitario que se acomoda a las desigualdades humanas. La idea es poco estimulante, a mi ver. No diré lo mismo de esta otra: la conjetura de que también el Todopoderoso está en busca de Alguien, y ese Alguien de Alguien superior (o simplemente imprescindible e igual) y así hasta el Fin -o mejor, el Sinfín- del Tiempo, o en forma cíclica. Almotásim (el nombre de aquel octavo Abbasida que fue vencedor en ocho batallas, engendró ocho varones y ocho mujeres, dejó ocho mil esclavos y reinó durante un espacio de ocho años, de ocho lunas y de ocho días) quiere decir etimológicamente «El buscador de amparo». En la versión de 1932, el hecho de que el objeto de la peregrinación fuera un peregrino, justificaba de oportuna manera la dificultad de encontrarlo; en la de 1934, da lugar a la teología extravagante que declaré. Mir Bahadur Alí, lo hemos visto, es incapaz de soslayar la más burda de las tentaciones del arte: la de ser un genio.
Releo lo anterior y temo no haber destacado bastante las virtudes del libro. Hay rasgos muy civilizados: por ejemplo, cierta disputa del capítulo diecinueve en la que se presiente que es amigo de Almotásim un contendor que no rebate los sofismas del otro, «para no tener razón de un modo triunfal».
*
Se entiende que es honroso que un libro actual derive de uno antiguo: ya que a nadie le gusta (como dijo Johnson) deber nada a sus contemporáneos. Los repetidos pero insignificantes contactos del Ulises de Joyce con la Odisea homérica, siguen escuchando -nunca sabré por qué- la atolondrada admiración de la crítica; los de la novela de Bahadur con el venerado Coloquio de los pájaros de Farid ud-din Attar, conocen el no menos misterioso aplauso de Londres, y aun de Alahabad y Calcuta. Otras derivaciones no faltan. Algún inquisidor ha enumerado ciertas analogías de la primera escena de la novela con el relato de Kipling On the City Wall; Bahadur las admite, pero alega que sería muy anormal que dos pinturas de la décima noche de muharram no coincidieran… Eliot, con más justicia, recuerda los setenta cantos de la incompleta alegoría The Faërie Queene en los que no aparece una sola vez la heroína, Gloriana -como lo hace notar una censura de Richard William Church. Yo, con toda humildad, señalo un precursor lejano y posible: el cabalista de Jerusalén, Isaac Luria, que en el siglo XVI propaló que el alma de un antepasado o maestro puede entrar en el alma de un desdichado, para confortarlo o instruirlo. Ibbür se llama esa variedad de la metempsicosis¹.

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1. En el decurso de esta noticia, me he referido al Mantiq al-Tayr (Coloquio de los pájaros) del místico persa Farid al-Din Abú Talib Muhámmad ben lbrahim Attar a quien mataron los soldados de Tule, hijo de Zingis Jan, cuando Nishapur fue expoliada. Quizá no huelgue resumir el poema. El remoto rey de los pájaros, el Simurg, deja caer en el centro de la China una pluma espléndida; los pájaros resuelven buscarlo, hartos de su antigua anarquía. Saben que el nombre de su rey quiere decir treinta pájaros; saben que su alcázar está en el Kaf, la montaña circular que rodea la tierra. Acometen la casi infinita aventura; superan siete valles, o mares; el nombre del penúltimo es «Vértigo»; el último se llama «Aniquilación». Muchos peregrinos desertan; otros perecen. Treinta, purificados por los trabajos, pisan la montaña del Simurg. Lo contemplan al fin: perciben que ellos son el Simurg y que el Simurg es cada uno de ellos y todos. (También Plotino -Enéodas,V 8, 4- declara una extensión paradisíaca del principio de identidad: Todo, en el cielo inteligible, está en todas partes. Cualquier cosa es todas las cosas. El sol es todas las estrellas, y cada estrella es todas las estrellas y el sol.) El Mantiq al-Tayr ha sido vertido al francés por Garcín de Tassy; al inglés por Edward FitzGerald; para esta nota, he consultado el décimo tomo de las 1001 noches de Burton y la monografa The Persion mystics: Attar (1932) de Margaret Smith.
Los contactos de ese poema con la novela de Mir Bahadur Alí no son excesivos. En el vigésimo capítulo, unas palabras atribuidas por un librero persa a Almotásim son, quizá, la magnificación de otras que ha dicho el héroe; esa y otras ambiguas analogías pueden significar la identidad del buscado y del buscador; pueden también significar que este influye en aquel. Otro capítulo insinúa que Almotásim es el «hindú» que el estudiante cree haber matado.

FIN

Historia de la eternidad, 1936

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Texto encontrado aquí.

domingo, 5 de abril de 2020

cielo y tierra


Plumones amarillos y catequistas gordas
MATA

Hubo un tiempo en que no era tan tonto, tenía mis colores y mi cartuchera
Tenía mi horario con Lionel Messi, me preparaba en casa para todos los controles
Hubo un tiempo en que no era tan tonto, catequistas gordas nos traían leche y zanahoria
Y todos tomábamos la leche y comíamos la zanahoria, hasta reventar
No hay bien ni mal, solo niños educados y niños malcriados
Que intercambian legos por stickers
Todos los días a las 7:30 había formación, luego un rosario
Primero nos enseñaban maniobras militares, luego decíamos amén
Todos los días leíamos el Antiguo Testamento y el Nuevo
Y la palabra se hacía carne
Y un cura calvito con lentes nos daban sermones muy chéveres
Los primeros viernes había misa, los jueves eran los reuniones
Pero para padres, no para nosotros, y nos hacían sánguches para el desayuno
Y las hermanas se los daban a los indigentes si algunos de nosotros no terminaba
Y las hermanas nos hacían tostadas y nos hacían besar el pan si caía al suelo, 
y besábamos ese pan, cuando caía
Y ahora te lo ruego, bésame también tú, porque necesito una señal para levantarme

Y aunque a simple vista noto que en algún lugar cielo y tierra se unen
Aún es muy lejos y tengo miedo de desfallecer
Y aunque en realidad conozco más pruebas de que no existes
Haré lo posible por vivir como si estuvieras

Hubo un tiempo en que tenía una bella esposa y un reloj de plástico
Lo recuerdo ahora que veo en la tele un pez dormido a las 4 a. m.
Y luego de años aprecio la siesta obligatoria aunque en esa época no dormí ni una vez
Y me pregunto qué es esa siesta para mí ahora
Y recuerdas como muchas veces antes de dormir conversábamos sobre tantas cosas
A veces tontas
Pero ponía en ti mi esperanza y mi fe como los codos sobre el alféizar
O como aquel té granulado sobre la banca
Porque hay cosas que no hemos de beber
Y cosas que no hemos de comer como las semillas del serbal
Y cuando comemos pescado debemos tener cuidado con las espinas, 
pero por lo menos no tenemos que ayunar tanto como los adultos
Y ahora tócame, bastará tan solo un poco
Ya no quiero volver a nuestros recuerdos expuestos
Y ahora tócame, solo si me oyes, porque me gustaría tanto saber que miras

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Texto encontrado aquí.
Traducción de M. Alhelí

domingo, 29 de marzo de 2020

como el impulso vital


Cada siete tardes de sol

MANOLO BARRIOS / MAR DE COPAS

Como las olas del mar / Que como vienen se van / Que como vienen se van

Como una tarde de sol / Que se te vuelve a esconder/ Que se te vuelve a esconder

Como mi juventud / Como tu juventud / Como el deseo que fue

Como el impulso vital / Como las ganas de hablar / Es que luché tanto por tu amor

Contra mi fiel soledad / Que me deje estar cansado / Muy cansado

Seriamente lo he pensado / La retirada emprender / Cuatro paredes de sol / Y siempre tenue la luz

O tu batalla perdí / Ante ti rindo mi amor / Y con un beso me voy / Con un beso ausente me voy

Y fueron tus besos a las siete y cuarto de hoy / Los que le contaron / un secreto a voces al sol / Que andaba perdido / en la indiferencia /de tus ojos claros

Cada siete tardes de sol

Por una promesa viví / Una de cemento y cristal / Que venía siempre por mi / Me templé del viento y del mar / Quédate con tu corazón

Cada siete tardes de sol

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Texto encontrado aquí.

miércoles, 25 de marzo de 2020

arenas

Retrato de Rafael Alberti. Gregorio Prieto
Retornos del amor en las arenas
RAFAEL ALBERTI

Esta mañana, amor, tenemos veinte años.
Van voluntariamente lentas, entrelazándose
nuestras sombras descalzas camino de los huertos
que enfrentan los azules de mar con sus verdores.
Tú todavía eres casi la aparecida,
la llegada una tarde sin luz entre dos luces,
cuando el joven sin rumbo de la ciudad prolonga,
pensativo, a sabiendas el regreso a su casa.
Tú todavía eres aquella que a mi lado
vas buscando el declive secreto de las dunas,
la ladera recóndita de la arena, el oculto
cañaveral que pone
cortinas a los ojos marineros del viento.
Allí estás, allí estoy contra ti, comprobando
la alta temperatura de las odas felices,
el corazón del mar ciegamente ascendido,
muriéndose en pedazos de dulce sal y espumas.
Todo nos mira alegre, después, por las orillas.
Los castillos caídos sus almenas levantan,
las algas nos ofrecen coronas y las velas,
tendido el vuelo, quieren cantar sobre las torres.

Esta mañana, amor, tenemos veinte años.

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Texto encontrado aquí.
Leído por primera vez en ALBERTI, Rafael (1999) Antología poética. Madrid, España: Alianza Editorial. p. 265