martes, 4 de junio de 2019

El bebé investigador, caracterizado por Janusz Korczak


El bebé examina sus manos; las coloca delante de los ojos, las mueve a la derecha, a la izquierda, las aleja, las acerca, cierra sus puños, los abre, separa sus dedos; les habla y parece esperar una respuesta; coge su mano izquierda con la derecha, hace fuerza para separarlas; ahora coge un sonajero y se sorprende ante la imágenes extrañamente distinta de su mano; cambia el sonajero de mano, lo explora luego con la boca; se lo saca inmediatamente para examinarlo de nuevo, lenta, cuidadosamente. Cansado, lo arroja, pero su atención es pronto atraída por un botón del cobertor: tira de él y trata de comprender el porqué de su resistencia. No son sólo juegos; estas actividades demandan un gran esfuerzo de voluntad de su parte, una gran atención sostenida. Se comporta igual que un investigador en su laboratorio, preocupado por algún problema cuyo misterio no alcanza a resolver.

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En: KORCZAK, Janusz. (1986). Cómo amar a un niño. México: Editorial Trillas. Traduccion de J. Oliva de Coll. Cita: p. 53

lunes, 27 de mayo de 2019

Doble diamante

Doble diamante
JORGE EIELSON

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¿Conoces tu cuerpo          esfera de la noche
esfera de la noche
Huracán solar        conoces tu cuerpo
Conoces tu cuerpo      conoces
Tu admirable cabeza tus piernas moviendo
El centro miserable
De mis ojos de oro
Mis ojos de oro de mirarte
De oro de soñarte
De llorarte?

¿Conoces tu cuerpo
Fuerza de los años
Calor de los planetas?

¡Ah criatura! Tu desnudez me ahoga
Tus zapatos me queman
Días imantados son mis noches
Vacío       colmo encontrado     asilo frío. Contigo
Los astros me aburren
Las especies lloran
Muero     me levanto     clamo     vuelvo a morir
Clamando grito    entre ramas orino y fumo     caigo
Como un rayo fácilmente en tu garganta. Contigo
Sólo silencio     placa de horrores    sedimentos
Cascada inmóvil    piedra cerrada
Abismos de oro nos persiguen
Rabiosos amigos

A través de rayos    cantos    blasfemias
Soles y serpientes mundos de vidrio
Pomos perdidos
Amaneceres con lluvia       lluvia de sangre
Temperatura y tristeza.

¡Ah misteriosa! Odio tu cabeza pura
Imbécil terciopelo tigre de las alturas
Odio el círculo salado
En que te pienso oculta
Odio el peso de los días
Los pulpos que me beben gota a gota
Bebiéndote a la vez ¡somos rocío!
Los pulpos luminosos que gobiernas
Los cedros empapados por tu aliento
Los siglos de hermosura en que agonizo
La luna y mis deseos de matar
La imagen de tus labios frescos     los ríos y los montes
Los pasos encantados de mi mano
En tu garganta.
¡Ah mis 30 000 flores vivas
Suave ejército vespertino batallón perfumado!

Rotación de mi cuerpo
Hazme volver a mi cuerpo
Destrúyeme los ojos en el acto
Las uñas y los dientes sobre el fruto
Conviérteme en silencio.

Deja rodar mis lágrimas en cambio
Sobre el espejo que adoro
Sobre la viva  atroz  remota  clara
Desnudez que me disuelve
Sobre el diamante igual que me aniquila
sobre tantísimo cielo y tanta perfección enemiga
Sobre tanta inútil hermosura
Tanto fuego planetario
Tanto deseo mío.

(1947)

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Texto encontrado aquí.

sábado, 11 de mayo de 2019

Y los niños volvieron a recoger setas, tomillo, flores y dedalera

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La balanza de los Balek
HEINRICH BÖLL

En la tierra de mi abuelo, la mayor parte de la gente vivía de trabajar en las agramaderas1. Desde hacía cinco generaciones, pacientes y alegres generaciones que comían queso de cabra, papas y, de cuando en cuando, algún conejo, respiraban el polvo que desprenden al romperse los tallos del lino y dejaban que éste los fuera matando poco a poco. Por la noche, hilaban y tejían en sus chozas, cantaban y bebían té con menta y eran felices. De día, agramaban el lino con las viejas máquinas, expuestos al polvo y también al calor que desprendían los hornos de secar, sin ningún tipo de protección. En sus chozas había una sola cama, semejante a un armario, reservada a los padres, mientras que los hijos dormían alrededor en bancos. Por la mañana la estancia se llenaba de olor a sopas; los domingos había ganchas, y enrojecían de alegría los rostros de los niños cuando en los días de fiesta extraordinaria el negro café de bellotas se teñía de claro, cada vez más claro, con la leche que la madre vertía sonriendo en sus tazones.

Los padres se iban temprano al trabajo y dejaban a los hijos al cuidado de la casa; ellos barrían, hacían las camas, lavaban los platos y pelaban papas: preciosos y amarillentos frutos cuyas finas mondas tenían que presentar luego para no caer bajo sospecha de despilfarro o ligereza.

Cuando los niños regresaban del colegio debían ir al bosque a recoger setas o hierbas, según la época; asperilla, tomillo, comino y menta, también dedalera, y en verano, cuando habían cosechado el heno de sus miserables prados, recogían amapolas. Las pagaban a un pfennig2 o por un kilo pfennig en la ciudad, los boticarios las vendían por veinte pfennigs a las señoras nerviosas. Las setas eran lo más valioso: las pagaban a veinte pfenngs por kilo y en las tiendas de la ciudad se vendían a un marco veinte. En otoño, cuando la humedad hace brotar las setas de la tierra, los niños penetraban en lo más profundo y espeso del bosque, y así cada familia tenía sus rincones donde recoger las setas, sitios cuyo secreto se transmitía de generación en generación.

Los bosques y las agramaderas pertenecían a los Balek; en el pueblo de mi abuelo los Balek tenían un castillo, y la esposa del cabeza de familia de cada generación tenía un gabinete junto a la despensa donde se pesaban y pagaban las setas, las hierbas y las amapolas. Sobre la mesa de aquel gabinete estaba la gran balanza de los Balek, un antiguo y retorcido artefacto, de bronce dorado, ante el cual habían esperado los abuelos de mi abuelo, con las cestitas de setas y los cucuruchos de amapolas entre sus sucias manos infantiles, mirando ansiosos cuántos pesos tenía que poner la señora Balek en el platillo para que el fiel de la balanza se detuviera exactamente en la raya negra, aquella delgada línea de la justicia que cada año había que trazar de nuevo. La señora Balek después tomaba el libro de lomo de cuero pardo, apuntaba el peso y pagaba el dinero, en pfennigs o en piezas de diez pfennigs y, muy rara vez, de marco. Y cuando mi abuelo era niño allí había un bote de vidrio con caramelos ácidos de los que costaban a marco el kilo, y cuando la señora Balek que en aquella época gobernaba el gabinete se encontraba de buen humor, metía la mano en aquel bote y le daba un caramelo a cada niño, cuyos rostros enrojecían de alegría como cuando su madre, en los días de fiesta extraordinaria, vertía leche en sus tazones, leche que teñía de claro el café, cada vez más claro hasta llegar a ser tan rubio como las trenzas de las niñas.

Una de las leyes que habían impuesto los Balek en el pueblo, era que nadie podía tener una balanza en su casa. Era tan antigua aquella ley que ya a nadie se le ocurría pensar cuándo y por qué había nacido, pero había que respetarla, porque quien no la obedecía era despedido de las agramaderas, y no se le compraban más setas, ni tomillo ni amapolas; y llegaba tan lejos el poder de los Balek que en pueblos vecinos tampoco había nadie que le diera trabajo ni nadie que le comprara las hierbas del bosque. Pero desde que los abuelos de mi abuelo eran niños y recogían setas y las entregaban para que fueran a amenizar los asados o los pasteles de la gente rica de Praga, a nadie se le había ocurrido infringir aquella ley: los huevos se podían contar, se sabía cuánto se tenía hilado midiéndolo por varas y, por lo demás, la balanza de los Balek, antigua y de bronce dorado, no daba la impresión de poder engañar; cinco generaciones habían confiado al negro fiel de la balanza lo que con ahínco infantil recogían en el bosque.

Si bien entre aquellas pacíficas gentes había algunos que burlaban la ley, cazadores furtivos que pretendían ganar en una sola noche más de lo que hubieran ganado en un mes de trabajo en la fábrica de lino, a ninguno se le había ocurrido la idea de comprarse una balanza o fabricársela en casa. Mi abuelo fue el primero que tuvo la osadía de verificar la justicia de los Balek que vivían en el castillo, que poseían dos coches, que siempre le pagaban a un muchacho del pueblo los estudios de teología en el seminario de Praga, a cuya casa, cada miércoles, acudía el párroco a jugar al tarot, a los que el comandante del departamento, luciendo el escudo imperial en el coche, visitaba para Año Nuevo, y a los que en 1900 el emperador en persona elevó a la categoría de nobles.

Mi abuelo era laborioso y listo; se internaba más en los bosques que los otros niños de su estirpe, se aventuraba en la espesura donde, según contaba la leyenda, vivía Bilgan, el gigante que guarda el tesoro de los Balderar. Pero mi abuelo no tenía miedo a Bilgan: se metía hasta lo más profundo del bosque y, ya de niño, cobraba un importante botín de setas, e incluso encontraba trufas que la señora Balek valoraba en treinta pfennigs la libra. Todo lo que vendía a los Balek mi abuelo lo apuntaba en el reverso de una hoja de calendario: cada libra de setas, cada gramo de tomillo, y, con su caligrafía infantil, apuntaba al lado lo que le habían pagado por ello; desde sus siete años hasta los doce, dejó inscrito cada pfennig. Y cuando cumplió los doce llegó el año 1900 y, para celebrar que le emperador les había concedido un título, los Balek regalaron a cada familia del pueblo un cuarto de libra de café auténtico del que viene del Brasil; también repartieron tabaco y cerveza a los hombres, y en el castillo se celebró una gran fiesta: la avenida de chopos que va de la verja al castillo estaba atestada de coches.

El día anterior a la fiesta repartieron el café en el gabinete donde hacía casi cien años que estaba instalada la balanza de los Balek, que se llamaban ahora Balek von Bilgan, porque, según contaba la leyenda, Bilgan, el gigante, había vivido en un gran castillo allí donde ahora están los edificios de los Balek.

Mi abuelo muchas veces me había contado que, al salir de la escuela, fue a recoger el café de cuatro familias: los Chech, los Weidler, los Vohla y el suyo propio, el de los Brüchen. Era la tarde de Año Viejo: había que adornar las casas, hacer pasteles, y no se quiso prescindir de cuatro muchachos para enviarlos al castillo a recoger un cuarto de libra de café.

Fue así como mi abuelo fue a sentarse en el banquillo de madera del gabinete, y esperando que Gertrud, la criada, le entregara los paquetes de octavo de kilo, previamente pesados, cuatro bolsas, fue que le dio por mirar la balanza en cuyo platillo izquierdo había quedado la pesa de medio kilo; la señora Balek von Bilgan estaba ocupada con los preparativos de la fiesta. Y cuando Gertrud fue a meter la mano en el bote de vidrio de los caramelos ácidos para darle uno a mi abuelo, vio que estaba vacío: lo llenaba una vez al año y en él cabía un kilo de los de un marco:

Gertrud se echó a reír y dijo:

-Espera, voy a buscar más.

Y, con los cuatro paquetes de octavo de kilo que habían sido empaquetados y precintados en la fábrica, se quedó mi abuelo delante de la balanza en la que alguien había dejado la pesa de medio kilo. Tomó los cuatro paquetitos de café, los puso en el platillo vacío y su corazón empezó a latir precipitadamente cuando vio que el negro indicador de la justicia permanecía a la izquierda de la raya, el platillo con la pesa de medio kilo seguía abajo y el medio kilo de café flotaba a una altura considerable; su corazón latía aún con más fuerza que si, apostado en el bosque, hubiese estado aguardando a Bilgan, el gigante; y buscó en el bolsillo unos guijarros de esos que siempre llevaba para disparar con la honda contra los gorriones que picoteaban entre las coles de su madre… tres, cuatro, cinco guijarros tuvo que poner al lado de los cuatro paquetes de café antes de que el platillo con la pesa de medio kilo se elevara y el indicador coincidiera, finalmente, con la raya negra. Mi abuelo sacó el café de la balanza, envolvió los cinco guijarros en su pañuelo, y cuando Gertrud regresó con la gran bolsa de a kilo llena de caramelos ácidos que debían durar otro año para provocar el rubor de la alegría en los rostros de los niños, y ruidosamente los metió en el bote, el muchacho permaneció pálido y silencioso como si nada hubiese ocurrido. Pero mi abuelo sólo tomó tres paquetes de café y Gertrud miró asombrada y asustada al pálido muchacho al ver que tiraba el caramelo ácido al suelo, lo pisoteaba y decía:

-Quiero hablar con la señora Balek.

-Querrás decir Balek von Bilgan -replicó Gertrud.

-Está bien, quiero hablar con la señora Balek von Bilgan.

Pero Gertrud se burló de él y mi abuelo volvió de noche al pueblo, dio el café que les correspondía a los Chech, los Weidler y los Vohla, e hizo ver que aún tenía que ir a hablar con el párroco.

Pero se fue con los cinco guijarros envueltos en el pañuelo, camino adelante. Tuvo que ir muy lejos hasta encontrar quien tuviera una balanza, quien pudiera tenerla; en los pueblos de Blaugau y Bernau nadie la tenía, ya sabía eso, los atravesó y luego de caminar dos horas a oscuras llegó a la villa de Dielheim donde vivía el boticario Honig. Salía de casa de Honig el olor a buñuelos recién hechos y cuando Honig abrió la puerta al muchacho aterido de frío, su aliento olía a ponche y llevaba un cigarro húmedo entre los labios. Oprimió un instante las manos frías del muchacho entre las suyas y dijo:

-¿Qué sucede? ¿Han empeorado los pulmones de tu padre?

-No, señor, no vengo en busca de medicinas; yo quería…

Mi abuelo abrió el pañuelo, sacó los cinco guijarros, se los mostró a Honig y dijo:

-Querría que me pesara esto.

Miró asustado para ver qué cara ponía Honig, pero como no decía nada, no se enfadaba ni le preguntaba nada, añadió:

-Es lo que le falta a la justicia.

Y al entrar en la casa caliente, se dio cuenta de que llevaba los pies mojados. La nieve había traspasado su viejo calzado, y al cruzar el bosque las ramas le habían sacudido la nieve encima; estaba cansado y tenía hambre, y de repente se echó a llorar porque pensó en la gran cantidad de setas, de hierbas y de flores pesadas con la balanza a la que faltaba el peso de cinco guijarros para la justicia. Y cuando, sacudiendo la cabeza y con los cinco guijarros en la mano, Honig llamó a su mujer, mi abuelo pensó en la generación de sus padres y en la de sus abuelos, en todas aquellos que habían tenido que pesar sus setas y sus flores en aquella balanza, y le embargó algo así como una gran ola de injusticia y se echó a llorar aún más, y se sentó sin que nadie se lo dijera en una silla de la casa de Honig, sin fijarse en los buñuelos ni en la taza de café caliente que le ofrecía la buena y gorda señora Honig, y no cesó de llorar hasta que el propio Honig volvió de su tienda y, todavía sopesando los guijarros con una mano, decía en voz baja a su mujer:

-Cincuenta y cinco gramos, exactamente.

Mi abuelo anduvo las dos horas de regreso por el bosque, dejó que en su casa lo azotaran, y calló; tampoco contestó cuando le preguntaron por el café; se pasó la noche echando cuentas en el trozo de papel en el cual había apuntado todo lo que entregara a la actual señora Balek von Bilgan y cuando vio la medianoche, cuando se oyeron los disparos de mortero del castillo, el ruido de las carracas y el griterío jubiloso de todo el pueblo, cuando la familia se hubo abrazado y besado, mi abuelo dijo en el silencio que sigue al Año Nuevo:

-Los Balek me deben dieciocho marcos y treinta y dos pfennigs.

Y de nuevo pensó en todos los niños que había en el pueblo, pensó en su hermano Fritz que había recogido muchas setas, en su hermana Ludmilla, pensó en cientos de niños que habían recogido para los Balek setas, hierbas y flores, y no lloró esta vez, sino que contó a sus padres y a sus hermanos lo que había descubierto.

Cuando el día de Año Nuevo los Balek von Bilgan concurrieron a misa mayor con sus nuevas armas -un gigante sentado al pie de un abeto- en su coche ya campeando sobre azul y oro, vieron los duros y pálidos rostros de la gente mirándolos de hito en hito. Habían esperado ver el pueblo lleno de guirnaldas, y que irían por la mañana a cantarles al pie de sus ventanas, y vivas y aclamaciones, pero, cuando ellos pasaron con su coche, el pueblo estaba como muerto; en la iglesia, los pálidos rostros de la gente se volvieron hacia ellos con expresión enemiga, y cuando el párroco subió al púlpito para decir el sermón, sintió el frío de aquellos rostros hasta entonces tan apacibles y amables, pronunció pesaroso su plática y regresó al altar bañado en sudor. Y cuando, después de la misa, los Balek von Bilgan salieron de la iglesia, pasaron entre dos filas de silenciosos y pálidos rostros. Pero la joven Balek von Bilgan se detuvo delante, junto a los bancos de los niños, buscó la cara de mi abuelo, el pequeño y pálido Franz Brücher y, en la misma iglesia, le preguntó:

-¿Por qué no llevaste el café a tu madre?

Y mi abuelo se levantó y dijo:

-Porque todavía me debe usted tanto dinero como cuestan cinco kilos de café -y sacando los cinco guijarros del bolsillo, los presentó a la joven dama y añadió-: Todo esto, cincuenta y cinco gramos, es lo que falta en medio kilo de su justicia.

Y antes de que la señora pudiera decir nada, los hombres y mujeres que había en la iglesia entonaron el canto:

“La Justicia de la tierra, oh, Señor, te dio muerte…”

Mientras los Balek estaban en la iglesia, Wilhelm Vohla, el cazador furtivo, había entrado en el gabinete, habían robado la balanza y aquel libro tan grueso, encuadernado en piel, en el cual estaban anotados todos los kilos de setas, todos los kilos de amapolas, todo lo que los Balek habían comprado en el pueblo. Y toda la tarde del día de Año Nuevo, estuvieron los hombres del pueblo en casa de mis abuelos contando; contaron la décima parte de todo lo que les habían comprado… pero cuando habían ya contado muchos miles de marcos y aún no terminaban, llegaron los gendarmes del comandante del distrito e irrumpieron en la choza de mi abuelo disparando y empuñado las bayonetas y, a la fuerza, se llevaron la balanza y el libro. En la refriega murió la pequeña Ludmilla, hermana de mi abuelo, resultaron heridos un par de hombres y fue agredido uno de los gendarmes por Wilhem Vohla, el cazador furtivo.

No sólo se sublevó nuestro pueblo, sino también Blaugau y Bernau, y durante casi una semana se interrumpió el trabajo de las agramaderas. Pero llegaron muchos gendarmes y amenazaron a hombres y mujeres con meterlos en la cárcel, y los Balek obligaron al párroco a que exhibiera públicamente la balanza en la escuela y demostrara que el fiel de la justicia estaba bien equilibrado. Y hombres y mujeres volvieron a las agramaderas, pero nadie fue a la escuela a ver al párroco. Estuvo allí solo, indefenso y triste con sus pesas, la balanza y las bolsas de café.

Y los niños volvieron a recoger setas, tomillo, flores y dedaleras, mas cada domingo, en cuanto los Balek entraban a la iglesia, se entonaba el canto “La Justicia de la tierra, oh señor, te dio muerte”, hasta que el comandante del distrito ordenó hacer un pregón en todos los pueblos diciendo que quedaba prohibido aquel himno.

Los padres de mi abuelo tuvieron que abandonar el pueblo y la reciente tumba de su hijita; emprendieron el oficio de cesteros, no se detenían mucho tiempo en ningún lugar, porque les apenaba ver que en todas partes latía mal el péndulo de la justicia. Andaban tras el carro que avanzaba lentamente por las carreteras, arrastrando una cabra flaca; y quien pasara cerca del carro a veces podía oír que dentro cantaban: “La Justicia de la tierra, oh Señor, te dio muerte”. Y quien parara a escucharlos también podía oír la historia de los Balek von Bilgan, a cuya justicia faltaba la décima parte. Pero casi nadie escuchaba.




1. Agramadera: Máquina que realiza el agramado. Es decir: que maja el cáñamo o el lino para separar la fibra del tallo.
2. Pfenning: Unidad monetaria alemana, igual a un céntimo de marco.
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Texto encontrado aquí. Leído por primera vez en la versión de Margarita Pontseré.

domingo, 5 de mayo de 2019

aguas verdes

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Musée des Beaux-Arts
W. H. AUDEN

Acerca del dolor jamás se equivocaron
los Antiguos Maestros. Y qué bien entendieron
su función en el mundo. Cómo llega
mientras alguno cena o abre la ventana
o nada más camina sin objeto.
Cómo, mientras los viejos aguardan reverentes
el milagroso Nacimiento, habrá siempre
niños sin mayor interés en lo que ocurre,
patinando en el estanque helado a la orilla del bosque.

No olvidaron jamás
que el eterno martirio ha de seguir su curso,
irremediablemente, en sórdidos rincones
donde viven los perros su perra vida
y el caballo del verdugo se rasca
las inocentes grupas contra un árbol.

Por ejemplo en el Ícaro de Brueghel:
con qué serenidad
todo parece lejos del desastre.
El labrador oyó seguramente
el rumor de las aguas y el grito inconsolable;
pero el fracaso no lo conmovió:
brillaba el sol como brilló en el cuerpo blanco
al hundirse en las aguas verdes.
Y la elegante y delicada nave
debió haber visto lo asombroso:
la caída de un hombre que volaba.
Mas el barco tenía un destino
y siguió navegando en calma.


Aproximación de José Emilio Pacheco, Tarde o Temprano, México, FCE, 1986, p. 260
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Texto encontrado aquí.

sábado, 27 de abril de 2019

de los pájaros

Si me quitaran totalmente todo 
ALEJANDRO ROMUALDO

Si me quitaran totalmente todo
si, por ejemplo, me quitaran el saludo
de los pájaros, o los buenos días
del sol sobre la tierra,
me quedaría
aún
una palabra. Aún me quedaría una palabra
donde apoyar la voz.
Si me quitaran las palabras,
o la lengua,
hablaría con el corazón
en la mano,
o con las manos en el corazón.
Si me quitaran una pierna
bailaría en un pie.
Si me quitaran un ojo
lloraría en un ojo.
Si me quitaran un brazo
me quedaría el otro,
para saludar a mis hermanos,
para sembrar los surcos de la tierra,
para escribir todas las playas del mundo, con tu nombre, amor mío.

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Texto encontrado aquí.

sábado, 20 de abril de 2019

NO ES VERDAD















[Un poema de 
Ximena Rivera]


NO ES VERDAD que Dios exista.
No es verdad la serpiente
……………....……...el árbol
……………....……...la manzana.

¿Y si no es verdad que Dios exista?
¿y si no es verdad la serpiente
……………....……...el árbol
……………....……...la manzana?
¿Para qué insistir en esta historia?

Sabemos que no hay fundamento
en el cuento del exilio.

...........Podemos vivir en paz,
...........podemos dormir tranquilos.

Ya que
no es verdad que nuestros hijos se mataron.


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Encontrado aquí: “Los niños son también una dificultad. 7 poemas de Ximena Rivera”. Selección: Mario Pera. Revista Vallejo & Company

domingo, 14 de abril de 2019

a tu divino mandato

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Santo de mi devoción
NICOMEDES SANTA CRUZ GAMARRA

Santo de mi devoción,
a tu divino mandato
perro, pericote y gato
no hicieron segregación.

Quien desconoce tu historia
puede no creer en ti,
pero yo que la aprehendí
glorifico tu memoria.
Fue tu vida expiatoria
y de total sumisión.
Por tu conmiseración,
por tu humanitario exceso,
a ti consagro mi rezo,
santo de mi devoción.

Te bendicen y te aclaman, 
sin embargo no me alegro,
porque al fin, como eres negro,
sólo "Fray Martín" te llaman...
¿Hasta cuándo no derraman
en ti merecido trato?
No más decirle "Mulato"
ni "Moreno de la Escoba"...
¡Señor, yo sumo mi trova
a tu divino mandato!

De tu incansable escobita
barrer precisa la Tierra,
barrer… el fusil de guerra
y el odio que al mundo agita.
Haz, Martín, que se repita
tu famoso triunvirato
y alrededor de ese plato
comulguen todas las razas
que son –por sus amenazas–
perro, pericote y gato.

¿Milagros? Él hizo tantos
como peces tiene el mar,
de empezarles a contar
no acabarían mis cantos.
Ese santo entre los santos
del Cielo recibió el don.
A su canonización
–que aguarda el mundo cristiano–
sabré que en el Vaticano
no hicieron segregación.

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Texto encontrado en: HUAPAYA AMADO, César. (2012). Perú: Canto a lo divino. Décimas religiosas. Lima, Perú: UNMSM - FCCSS, p. 67

sábado, 6 de abril de 2019

mundo

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[Hijo mío, ven al mundo]
PEDRO SALINAS

Hijo mío, ven el mundo
que preparado está ya

tu ajuar.
Brazos que te esperan de madre
que te estrecharán;
silabarios donde aprendas
que b y a se dice ba;
cuna, caballo, avión
y servicio militar.
Muchas palabras en libros
y otras que van 
entreoídas por los aires
al que las quiera captar.
Adjetivos graduados,
amable, bueno, genial,
escultor que te haga estatua
si te la sabes ganar
y olvido, el obrero terco
que la sepa derribar.
Y si algún día sintieras
que b y a no dicen ba,
que eres malo sin malicia,
bueno sin bondad,
dóblate sobre el brocal
del pozo y grita muy fuerte
tu verdad,
la que no estaba acuñada.
Y del hondo de las aguas
otra verdad te saldrá
y del hondo de las aguas
otros ojos
hermanos te contestarán.

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Texto encontrado aquí.
Leído por primera vez en: SALINAS, Pedro. (1999). Poesía. Madrid, España: Alianza Editorial, p. 18

sábado, 30 de marzo de 2019

elsa

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La muerte de Elsa Baskoleit
HEINRICH BÖLL

El sótano de la casa donde vivíamos antes lo tenía alquilado un comerciante llamado Baskoleit. En el pasillo siempre había cajas de naranjas, olía a la fruta podrida que Baskoleit dejaba allí para el señor de la basura. A través del cristal esmerilado escuchábamos a menudo su vozarrón de prusiano oriental lamentándose de los malos tiempos. Pero en el fondo de su corazón, Baskoleit estaba contento: sabíamos muy bien, como solo los niños saben esas cosas, que sus gritos eran un juego, también sus insultos; muchas veces, subía los pocos escalones que van del sótano a la calle con las bolsas llenas de manzanas o naranjas y nos las aventaba como si fueran pelotas. 

Pero lo más interesante de Baskoleit era su hija Elsa. Quería ser bailarina, todos lo sabíamos. Quizá ya lo era: practicaba muy seguido en un cuarto del sótano pintado de amarillo, junto a la cocina de su padre. Era una muchacha rubia, pálida y delgada, se paraba de puntitas, vestida con un maillot verde. Por largos minutos se movía como cisne, giraba sobre la punta de su pie como un torbellino, saltaba y daba volteretas. Desde la ventana de mi habitación podía verla cuando era de noche: a través del marco amarillo de la ventana, veía su delgado cuerpo, vestido de verde, el rostro pálido y tenso. En ocasiones, al saltar, su rubia cabeza golpeaba el foco desnudo que colgaba del techo, éste se bamboleaba, ampliando por unos momentos su círculo de luz amarillento hasta el patio gris. Había gente que desde el patio le gritaba “¡Puta!”. Yo no sabía qué era una puta. Había otros que gritaban: “¡Puerca!”. Aunque yo creía saber qué era una puerca, no podía creer que Elsa tuviera alguna relación con eso. Se abría la ventana de Baskoleit y aparecía entre el vapor de la comida frita su cabezota pelona, y junto con la luz de la ventana abierta, caía al patio oscuro un torrente de insultos, que yo no entendía. Pronto apareció en la habitación de Elsa una gruesa cortina de terciopelo verde que ya no dejaba pasar ni un poco de luz hacía afuera. Cada noche, yo contemplaba aquel rectángulo de luz opaca y la veía, aunque en realidad no podía verla: Elsa Baskoleit con su maillot verde, delgada y rubia, flotando unos segundos bajo el foco desnudo. 

Poco después nos mudamos, crecí, supe lo que era una puta, creía saber qué era una puerca, conocí bailarinas, pero ninguna me gustó tanto como Elsa Baskoleit. No volví a saber de ella. Nos fuimos a otra ciudad, vino la guerra y fue tan larga. Ya no pensaba en Elsa Baskoleit, tampoco la recordé cuando regresamos a nuestra vieja ciudad. Probé diversos oficios, hasta que me convertí en chofer de un mayorista de frutas; conducir un camión era era lo único que realmente sabía hacer. Todas las mañanas me daban una lista, cajas con manzanas y naranjas, canastos con ciruelas, y me lanzaba a la ciudad. 

Un día, mientras estaba en la rampa donde cargaban el camión, comprobando lo que el encargado del almacén metía en él con la lista que yo tenía, salió el revisor de una cabina recubierta de anuncios de plátanos y preguntó al encargado: 

—¿Podemos surtir a Baskoleit? 

—¿Pidió algo? ¿Uvas negras? 

—Sí —contestó el revisor y miró asombrado al encargado mientras se quitaba el lápiz de detrás de la oreja. 

—De vez en cuando —dijo el encargado— pide alguna cosa, uvas negras, no sé por qué, pero no lo podemos surtir. Vamos, apúrense —dijo a los empleados de batas grises. 

El revisor volvió a su cabina y yo, yo dejé de vigilar si verdaderamente cargaban lo que figuraba en mi lista. Vi el recorte rectangular y luminoso de la ventana del sótano, vi bailar a la delgada y pálida Elsa Baskoleit vestida de verde cardenillo. Aquella mañana emprendí un recorrido distinto del que tenía mandado hacer. 

De los faroles de cuando jugábamos nosotros solo quedaba uno y sin globo, la mayoría de las casas estaban destruidas y mi camión avanzaba dando tumbos entre profundos baches producidos por las explosiones. En aquella calle que antes parecía una colmena de niños solo había uno, un muchacho moreno y pálido, sentado en un muro derruido, dibujando figuras en el polvo blanquecino. Levantó la mirada cuando pasé, pero luego dejó caer la cabeza de nuevo. Al llegar delante de la casa de Baskoleit, detuve el camión y me apeé. Los pequeños escaparates estaban llenos de polvo y el cartón verdoso, negro de suciedad. Seguí con la mirada la fachada compuesta, abrí tímidamente la puerta de la tienda y bajé despacio. Olía mucho a las hierbas húmedas para sopa, que se encontraban grumosas en un cajón cerca de la puerta; luego vi de espaldas a Baskoleit. Vi su cabello canoso asomándose por debajo de la gorra, y me di cuenta de lo pesado que le resultaba verter vinagre de una gran tinaja a una botella. Por lo visto no acertaba a colocar la espita, el agrio líquido se resbalaba por los dedos, y en el suelo se había formado un charco, una región pútrida y maloliente en la madera que rechinaba bajo sus pies. Junto al mostrador había una mujer flaca con un abrigo rojizo que lo miraba indiferente. Por fin pareció tener llena la botella, la tapó, y yo repetí lo que ya había dicho desde la puerta, dije en voz baja: 

—Buenos días.

Pero nadie me contestó. Baskoleit puso la botella sobre el mostrador. Estaba pálido y sin afeitar; miró a la mujer y dijo: 

—Mi hija murió… Elsa… 

—Ya lo sé —dijo la mujer—. Ya hace cinco años que lo sé. Necesito también detergente en polvo. 

—Mi hija murió —dijo Baskoleit y miró a la mujer como si fuera algo reciente, la miró desconsolado, pero la mujer dijo: 

—Del de granel… un kilo. 

Y Baskoleit sacó de debajo del mostrador un recipiente oscuro, hurgó en él con una palita, y con sus manos temblorosas ayudó a meter la masa grumosa y amarillenta en una bolsa gris. 

—Mi hija murió. 

La mujer no contestó. Miré a mi alrededor y no vi más que paquetes de fideos cubiertos de polvo, la tinaja de vinagre cuya espita goteaba lentamente, el detergente y un cartel de hojalata con un muchacho rubio y sonriente comiendo un chocolate que ya hacía años no se fabricaba. La mujer metió la botella en la red, colocó el detergente al lado, echó un par de monedas sobre el mostrador, y al volverse y pasar a mi lado, se tocó la sien con la punta del dedo y me sonrió. 

Pensé en muchas cosas, pensé en cuando era tan pequeño que la nariz no me llegaba siquiera al borde del mostrador, mientras que ahora miraba sin dificultad por encima de la caja de cristal que llevaba el nombre de una fábrica de galletas y que solo contenía ya bolsas polvorientas de pan rallado. Por un momento me sentí encoger, tener la nariz debajo del sucio mostrador, sentir las monedas para dulces en mi mano, vi bailar a Elsa Baskoleit, oí gritar a la gente del patio “¡Puta!” y “¡Puerca!”, hasta que la voz de Baskoleit me despertó. 

—Mi hija murió. 

Lo dijo automáticamente, casi sin sentimiento. Estaba junto al escaparate mirando a la calle. 

—Sí. 

—Murió —dijo Baskoleit. 

—Sí —repetí. 

Él se volvió de espaldas con las manos en los bolsillos de su bata gris, llena de manchas. 

—Le gustaban las uvas… sobre todo las negras, pero murió. 

No me dijo: “¿Desea usted algo?” o “¿En qué puedo servirle?”. Estaba cerca de la tinaja del vinagre, junto al escaparate, y decía: 

—Mi hija ha muerto, o murió —sin mirarme. 

Parecía que yo llevaba una eternidad ahí, perdido y olvidado, mientras que a mi alrededor transcurría el tiempo. No pude arrancarme aquel sortilegio hasta que entró otra mujer en la tienda. Era pequeña y regordeta, sostenía la cesta de la compra delante del vientre y Baskoleit se dirigió a ella diciendo: 

—Mi hija murió. 

La mujer contestó: 

—Sí —de pronto se echó a llorar y añadió–: deme detergente en polvo, por favor. Del de granel, un kilo. 

Y Baskoleit pasó detrás del mostrador, hurgó con el librador en el recipiente. La mujer seguía llorando cuando me fui. 

El muchacho pálido y moreno que antes estaba sentado sobre un muro derruido se hallaba ahora en el estribo de mi camión, observando atentamente el tablero de manos, metió la mano por la ventanilla abierta y le dio al intermitente de la derecha, luego al de la izquierda; se asustó al verme de pronto a su lado. Lo agarré del brazo, miré su cara pálida y asustada, tomé una manzana de las que había en el camión y se la regalé. Me miró asombrado cuando lo solté, tan asombrado que yo mismo me asusté y tomé otra manzana, y otra, y se las metí en los bolsillos, bajo la chaqueta, muchas manzanas, antes de subir al camión y marcharme de ahí. 


Traducción: Laura Díaz Coria 
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Texto encontrado aquí.
Leído por primera vez en la traducción de Margarita Fontseré

sábado, 23 de marzo de 2019

la despedida


La despedida
PIOTR BAKAL

Puede que nos volvamos a encontrar luego de algunos años
Puede que sea aquí mismo, o el confín del mundo
Entonces serás distinta - yo no habré cambiado
Puede que consigamos empezar de nuevo.

Hoy debo partir - ya no me detengas
En todos estos años nada ha cambiado
Dispusiste guardias alrededor de mis sueños
Déjame ir en paz, fueron suficientes palabras.

De seguro volveré aquí cuando llegue el momento
Tan solo recuerda lo que te decía ayer
Tan solo recuerdo que yo no he cambiado
Pienso lo que pensaba, creo en lo que creía.

Volveré cuando lo entiendas - luego de algunos años
Puede que aquí mismo sea el confin del mundo
Entonces serás distinta - yo seguiré siendo el mismo
Puede que consigamos empezar de nuevo.


Varsovia, 24 de julio 1984



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Texto encontrado aquí.

sábado, 16 de marzo de 2019

Quiero a la sombra de un ala


IX
JOSÉ MARTÍ

Quiero, a la sombra de un ala,
Contar este cuento en flor:
La niña de Guatemala,
La que se murió de amor.

Eran de lirio los ramos,
Y las orlas de reseda
Y de jazmín; la enterramos
En una caja de seda.

... Ella dio al desmemoriado
Una almohadilla de olor:
Él volvió, volvió casado:
Ella se murió de amor.

Iban cargándola en andas
Obispos y embajadores:
Detrás iba el pueblo en tandas,
Todo cargado de flores.

... Ella, por volverlo a ver,
Salió a verlo al mirador:
Él volvió con su mujer:
Ella se murió de amor.

Como de bronce candente
Al beso de despedida,
Era su frente ¡la frente
Que más he amado en mi vida!

... Se entró de tarde en el río,
La sacó muerta el doctor:
Dicen que murió de frío:
Yo sé que murió de amor.

Allí, en la bóveda helada,
La pusieron en dos bancos:
Besé su mano afilada,
Besé sus zapatos blancos.

Callado, al oscurecer,
Me llamó el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
A la que murió de amor!

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Texto encontrado aquí.