lunes, 30 de marzo de 2009

Kinga Dunin - Zadyma

La historia no tendría ningún sentido si no cambiara nuestra identidad. Nuestro conocimiento histórico, sociológico (nuestro, porque nunca lo sabemos todo- sabemos aquello, que queremos saber), nuestras opiniones políticas- todo eso nace también de reacciones, de inseguridades, sorpresas, exotismo, accidentes, descubrimientos realizados por cuenta propia, e iluminaciones banales. En el sitio de encuentro entre lo privado y lo político. Los libros enriquecen nuestra enciclopedia, agregan palabras a nuestro diccionario, pero nos cambian los eventos. Frente a ellos somos siempre ingenuos. Indefensos ante las emociones que los acompañan. Cambiamos en la práctica, obligados a la confrontación con algo distinto de aquello a lo que estábamos acostumbrados. En eso al fin consiste el acontecimiento. Algunos pueden solos crear los acontecimientos, otros son sus partícipes, mientras que otros se limitan a ser solo espectadores.

¿Cómo debo contarlo? ¿Qué exponer, y qué esconder? ¿Fingir ser sabia, o más bien ingenua? Nací demasiado tarde o demasiado temprano, en el lugar no adecuado, en el cuerpo incorrecto... Desde que tengo memoria, no quepo en mi propio mundo, pero me falta valentía, para cuestionarlo hasta el fondo.

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...continuará...
la parte siguiente

miércoles, 11 de marzo de 2009

Post!

"El postmodernismo consiste en decir que no hay verdad ni falsedad, solo opiniones. Además, dice que no hay realidad, solo textos. Esto contradice el sentir de un gentleman, así como el sano sentido común campesino. "

Jerzy Perzanowski

miércoles, 4 de febrero de 2009

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El Perú
JORGE LUIS BORGES

De la suma de cosas del orbe ilimitado
vislumbramos apenas una que otra. El olvido
y el azar nos despojan. Para el niño que he sido,
el Perú fue la historia que Prescott ha salvado.

Fue también esa clara palangana de plata
que pendió del arzón de una silla y el mate
de plata con serpientes arqueadas y el embate
de las lanzas que tejen la batalla escarlata.

Fue después una playa que el crepúsculo empaña
y un sigilo de patio, de enrejado y de fuente,
y unas líneas de Eguren que pasan levemente

y una vasta reliquia de piedra en la montaña.
Vivo, soy una sombra que la Sombra amenaza;
moriré y no habré visto mi interminable casa.

jueves, 8 de enero de 2009

Gdy budzimy się rano

Cuando despertamos por la mañana
ANNA ŚWIRSZCZYŃSKA

Qué bueno que eso haya sido,
qué bueno que haya dejado de ser.
Te agradezco, querido,
por estas dos dichas.

Ahora
tengo el cuerpo ligero y el alma limpia.
Quimícamente lavada del deseo
deseo con violencia
(como el asmático desea al aire)
un esfuerzo engorroso,
pesado trabajo humano.

Trabajar quieren mi cabeza y mis manos,
fui creada para el trabajo,
no para el placer.
Soy fuerte, puedo cargar
pesos, como los que llevan los más fuertes.

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Tomado de un tomo de poesía reunida de la autora.

jueves, 4 de diciembre de 2008

pintalabios

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HALINA POŚWIATOWSKA

Desde que te conocí, llevo en el bolsillo un pintalabios, es algo estúpido llevar pintalabios en el bolsillo cuando tú me miras tan serio como si vieras en mis ojos una iglesia gótica. Y yo no soy ningún templo, tan solo un bosque y un prado - temblor de hojas, que buscan tus manos. Allá detrás suena el río, es el tiempo que huye, y tú lo dejas pasar entre los dedos, y no quieres atrapar al tiempo. Y cuando me despido de ti, mis labios pintados quedan intactos, pero yo igual llevo un pintalabios en el bolsillo desde que sé que tienes labios hermosos.

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Traducción de Alhelí Málaga para Amaré al aire.
Texto extraído de aquí.

martes, 2 de diciembre de 2008

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47
EMILY DICKINSON

¡Corazón! ¡Lo olvidaremos!
Tú y yo - ¡esta noche!
Podrás olvidar el calor que desprendía -
¡Yo olvidaré la luz!

Cuando hayas terminado, ¡te ruego me lo digas
para que pueda yo comenzar!
¡Deprisa! ¡No sea que al demorarte 
Lo vuelva a recordar!

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versión de Paul S. Derrick, Nicolás Estévez y Gabriel Torres Chalk

viernes, 31 de octubre de 2008

Obras completas - Augusto Monterroso



Cuando cumplió cincuenta y cinco años, el profesor Fombona había consagrado cuarenta al resignado estudio de las más diversas literaturas, y los mejores círculos intelectuales lo consideraban autoridad de primer orden en una dilatada variedad de autores. Sus traducciones, monografías, prólogos y conferencias, sin ser lo que se llama geniales (por lo menos eso dicen hasta sus enemigos) podrían constituir en caso dado una preciosa memoria de cuanto valor se ha escrito en el mundo, máxime si ese caso fuera, digamos, la destrucción de todas las bibliotecas existentes.

Su gloria como maestro de la juventud no era menor. El selecto grupo de ávidos discípulos que comandaba, y con el que compartía una que otra hora por las tardes, veía en él un humanista de inagotable erudición y seguía sus indicaciones con fanatismo incondicional, del que el propio Fombona era el primero en asustarse: más de una vez había sentido el peso de esos destinos gravitando sobre su conciencia.

El último, Feijoo, apareció tímidamente. Un día. Con cualquier pretexto, se atrevió a reunírseles en el café. Aceptado en principio por Fombona, más tarde se incorporó al grupo como todo buen neófito: con cierto temor inocultable y sin participar mucho en las discusiones. Sin embargo, pasados algunos días y vencida en parte la timidez inicial, se decidió al fin a mostrarles algunos versos. Le gustaba leerlos él mismo, acentuando con entonación molestamente escolar las partes que creía de mayor efecto. Después doblaba sus papelitos con serenidad nerviosa, los metía en su cartapacio y jamás volvía a hablar de ellos. Ante cualquier opinión, favorable o negativa, desarrollaba un silencio oprimido, molesto. Inútil consignar que a Fombona esos trabajos no le parecían buenos, pero adivinaba en el autor cierta fuerza poética oculta pugnando por salir.

La inseguridad de Feijoo no podía escapar a la felina percepción de Fombona. Muchas veces lo pensó con detenimiento y estuvo a punto de decirle unas palabras de elogio (era obvio que Feijoo las necesitaba); pero una resistencia extraña que no llegó nunca a comprender, o que trataba por todos los medios de ocultarse, le impedía pronunciar esas palabras. Por el contrario, si algo se le ocurría era más bien una broma, cualquier agudeza sobre los versos, que provocaba invariablemente la risa de todos. Decía que eso «descargaba la atmósfera» haciendo menos sensible su presencia de maestro; pero un acre remordimiento se apoderaba siempre de él inmediatamente después de aquellas salidas. La parquedad en el elogio era la virtud que cultivaba con más esmero. Sin duda porque él mismo, a la edad de Feijoo, se avergonzaba de escribir versos, y un rubor invencible -tanto mas difícil de evitar cuanto más combatido- le subía al rostro si alguien encomiaba sus vacilantes composiciones. Aún ahora, cuando cuarenta años de tenaz ejercicio literario -traducciones, monografías, prólogos y conferencias- le deparaban una seguridad antes desconocida, rehuía todo género de alabanzas, y los elogios de sus admiradores eran para él más bien una constante amenaza, algo que en secreto imploraba, pero que rechazaba siempre con un gesto huraño, o superior.

Con el tiempo los poemas de Feijoo empezaron a ser perceptiblemente mejores. Claro, ni Fombona ni su grupo se lo decían, pero en ausencia de Feijoo comentaban la posibilidad de que terminara por convertirse en un gran poeta. Sus progresos fueron finalmente tan notorios que el mismo Fombona se entusiasmó, y una tarde, como sin darse cuenta, le dijo que a pesar de todo sus versos encerraban no poca belleza. El rubor de Feijoo ante lo insólito de ese inesperado incienso fue más visible y penoso que nunca. Evidentemente sufría por la exigencia futura que esas palabras implicaban: mientras Fombona guardó silencio no tenía nada que perder; ahora su obligación era superarse a cada nuevo intento para conservar el derecho a aquella generosa frase de aliento.

Desde entonces le fue cada vez más difícil mostrar sus trabajos. Por otra parte, a partir de ese momento el entusiasmo de Fombona se transformó en una discreta indiferencia que Feijoo no tuvo la capacidad de comprender. Un sentimiento de impotencia lo asaltó ya no sólo ante los demás, sino hasta a solas consigo mismo. Aquella alabanza de Fombona equivalía un poco a la gloria, y el riesgo de una censura fue algo que Feijoo no se sintió ya con fuerzas para afrontar. Pertenecía a esa clase de personas a quienes los elogios hacen daño.

En Daysie's el café no es muy bueno y últimamente lo contamina la televisión. Saltemos sobre la ingrata descripción de ese ambiente banal y no nos detengamos, pues no viene al caso, ni siquiera a ver los rostros llenos de vida de las adolescentes que pueblan las mesas, ni mucho menos a oír las conversaciones de los graves empleados de banco que en las tardes, a la hora del crepúsculo, gustan dialogar, llenos de la suave melancolía propia de su profesión, acerca de sus números y de las mujeres sutilmente perfumadas con que sueñan.

Iturbe, Ríos y Montúfar charlaban sobre sus respectivas especialidades: Montúfar, Quintiliano; Ríos, Lope de Vega; Iturbe, Rodó. Al calor de un café que la charla había dejado enfriar, Fombona, como un director de orquesta, señalaba a cada uno la nota apropiada, y extraía una y otra vez de su insondable saco gris (cruelmente injuriado por superpuestas manchas de origen poco misterioso) tarjetas con nuevos datos, por las cuales la posteridad estaría en aptitud de saber que hubo una coma que Rodó no puso, un verso que Lope encontró prácticamente en la calle, un giro que indignaba a Quintiliano. Brillaba en todos los ojos la alegría que esos aportes eruditos despiertan siempre en las personas de corazón sensible. Cartas de primordiales especialistas, envíos de amigos lejanos y hasta contribuciones de procedencia anónima, iban a acrecentar semana a semana el conocimiento exhaustivo de esos grandes hombres distantes en el tiempo y en la geografía. Esta variante, aquella simple errata descubierta en los textos, acrecentaban en el grupo la fe en la importancia de su trabajo, en la cultura, en el destino de la humanidad.

Feijoo, según su costumbre, llegó en silencio y se colocó de inmediato al margen de la conversación. Aparte de conocer bien a Lope de Vega (aunque conocer «bien» a Lope de Vega era algo que Fombona no creía posible), es improbable que supiera distinguir con claridad la diferencia precisa entre Quintiliano y Rodó. Resultaba fácil ver que se sentía molesto y como disminuido.

Fombona consideró propicio el momento. Como solía en esos casos, produjo un cargado silencio que se prolongó por varios minutos. Después, sonriendo un poco, dijo:

-Dígame, Feijoo, ¿recuerda aquella cita de Shakespeare que trae Unamuno en el capítulo III de Del sentimiento trágico de la vida?

No; Feijoo no la recordaba.

-Búsquela; es interesante, puede servirle.

Tal como lo esperaba, al día siguiente Feijoo habló de aquella cita y de su torpe memoria.
Unamuno dejó de ser tema de conversación por algunos días. Y Quintiliano, Lope y Rodó tuvieron tiempo de crecer considerablemente.

Cuando ya Unamuno estaba olvidado por completo:
-Feijoo -dijo otra vez sonriendo Fombona-, usted que conoce tan bien a Unamuno, ¿recuerda cuál fue su primer libro traducido al francés?

Feijoo no lo recordaba muy bien.

El sábado y el domingo siguiente no se vieron. Pero el lunes Feijoo proporcionó ese dato, y la fecha, y el pie de imprenta.

Desde ese día inolvidable las conversaciones adquirieron un nuevo huésped efectivo: Feijoo. Ahora charlaban mucho mejor, y cierto atardecer desapacible, en que la lluvia imprimía una vaga tristeza en los rostros de todos, Feijoo pronunció por primera vez, clara y distintamente, el nombre sagrado de Quintiliano. Feijoo, antigua pieza suelta en aquel armonioso sistema, había encontrado por fin su lugar preciso en el engranaje. Desde entonces los unió algo que antes no compartían: el afán de saber, de saber con precisión.

Fombona volvió a gozar el deleite de sentirse maestro, y un día y otro imprimió un nuevo signo en aquella dócil materia. ¡La indecisión de Feijoo encajaba tan fácilmente en la indecisión de Unamuno! El tema no fue escogido al azar. El campo era infinito. Unamuno filósofo, Unamuno novelista, Unamuno poeta, Kierkegaard y Unamuno, Unamuno y Heidegger y Sartre. Un autor digno de que alguien le consagrara la vida entera, y él, Fombona, encauzando esa vida, haciéndola una prolongación de la suya. Imaginaba a Feijoo en un mar de papeles y notas y pruebas de imprenta, libre de sus temores, de su horror a la creación. ¡Qué seguridad adquiriría! Cómo en adelante aquel querido muchacho temeroso podría enfrentarse a quien fuera, y hablar de todo a través de Unamuno. Y se vio a sí mismo, cuarenta años atrás, sufriendo avergonzado y solo por el verso que se negaba a salir, y que si salía era únicamente para producirle aquel rubor como fuego que nunca pudo explicarse. Pero de nuevo volvió la vieja duda a atormentarlo. Se preguntó otra vez si sus traducciones, monografías, prólogos y conferencias -que constituirían, en caso dado, una preciosa memoria de cuanto de valor se había escrito en el mundo- bastarían a compensarlo de la primavera que sólo vio a través de otros y del verso que no se atrevió nunca a decir. La responsabilidad de un nuevo destino oprimía sus hombros. Y un como remordimiento, el viejo remordimiento de siempre, vino a intranquilizar sus noches: Feijoo, Feijoo, muchacho querido, escápate, escápate de mí, de Unamuno; quiero ayudarte a escapar.

Cuando Marcel Bataillon nos visitó hace unos meses, Fombona les propuso organizar una reunión para agasajarlo y hablar de sus libros.

En la pequeña fiesta Bataillon se interesó vivamente por los nuevos poetas, por la investigación literaria, por la pintura, por todo. Como a las diez y media Fombona tomó a Feijoo por el brazo (creyó percibir una ligera resistencia que fue vencida más por la autoridad de su mirada sonriente que por la fuerza), se acercó al distinguido visitante y pronunció despacio, con calma:

-Maestro, quiero presentarle a Feijoo. Es especialista en Unamuno; prepara la edición crítica de sus Obras completas.

Feijoo le estrechó la mano y dijo dos o tres palabras que casi no se oyeron, pero que significaban que sí, que mucho gusto, mientras Fombona saludaba de lejos a alguien, o buscaba un cerillo, o algo.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Stan poetycki

Estado poético
CZESŁAW MIŁOSZ

Como si en vez de ojos tuviese un catalejo inverso, el mundo se aleja, y todo, la gente, los árboles, las calles, se hace pequeño, pero nada de nada pierde su definición, espesándose.

Tuve antes momentos así durante la escritura de poemas, así que conozco la distancia, la contemplación desinteresada, asumir sobre sí un "yo" que es "no-yo", pero ahora es así continuamente y me pregunto qué significa, acaso haya entrado en un permanente estado poético.

Cosas antes difíciles son fáciles ahora, pero no siento una fuerte necesidad de transimitrlas por escrito.

Recién ahora estoy sano y estuve enfermo, pues mi tiempo galopaba y me torturaba el miedo ante aquello que será.

A cada minuto el espectáculo del mundo es para mí de nuevo sorprendente y tan cómico que no puedo entender como pudo querer hacerle frente la literatura.

Sintiendo corporalmente, palpablemente, cada minuto, domestico a la desgracia y no pido a Dios que quiera alejarla de mi, ¿por qué habría, pues, de alejarla de mí si no la aleja de los otros?

Soñé que me encontraba en un angosto umbral sobre la hondura en la que se ve moverse a los grandes peces marinos. Tenía miedo de que al mirar, caería. Entonces me volteé,  me sujeté con los dedos de la aspereza de la pared de roca, y, lentamente, moviéndome con el mar a la espalda, me trasladé a un lugar seguro.

Era impaciente y me irritaba perder el tiempo en tonterías, entre las que contaba la limpieza y la cocina. Ahora con mucha atención pico la cebolla, exprimo los limones, preparo distintas clases de salsas.

1977


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Traducción de Alhelí Málaga para Amaré al aire.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Sabiduría popular

"Starość nie radość, młodość nie pociecha."

"La vejez no es alegría, pero la juventud no es consuelo."

viernes, 30 de mayo de 2008

todo es gracia

Ítaca
CONSTANTINO CAVAFIS
traducción de Julia María Plou

Cuando empieces tu ida hacia Ítaca,
desea que el camino sea largo,
lleno de peripecias, lleno de conocimientos.
A los Lestrígones y a los Cíclopes,
al encolerizado Poseidón no temas,
tales cosas en tu camino nunca las encontrarás,
si tu mirada permanece alta, si una escogida
emoción a tu alma y a tu cuerpo les guía.
A los Lestrígones y a los Cíclopes,
al fiero Poseidón no los encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si tu alma no los coloca delante de ti.

Desea que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas estivales
en que con cuánta satisfacción, con qué alegría
entrarás en puertos por primera vez vistos.
Haz un alto en los mercados fenicios,
y adquiere hermosas cosas,
nácares y corales, ámbares y ébanos,
y sensuales perfumes de todas clases,
los más abundantes y sensuales perfumes que puedas.
Visita muchas ciudades egipcias,
aprende y aprende de los instruidos.

Siempre en tu mente ten a Ítaca.
La llegada allí es tu destino.
Pero no precipites el viaje en absoluto.
Es mejor que muchos años dure.
Y que, ya anciano, arribes a la isla,
rico con cuanto obtuviste en el camino,
sin esperar que riquezas te dé Ítaca.

Ítaca te dio el hermoso viaje.
Sin ella no hubieras emprendido el camino.
No puede darte nada más.

Aunque la encuentres pobre, Ítaca no te engañó.
Tan sabio como te has hecho, con tanta experiencia,
ahora ya habrás comprendido qué significan las Ítacas.
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Texto extraído de aquí

domingo, 18 de mayo de 2008

Lenguajes III


Viento
GRUPO CELESTE

Viento, vuelve a ser como ayer-
como aquellos días en que yo vivía- 
junto a mi bohío y la madre mía- 
como aquel entonces tan sólo era un niño- 
y en esa pobreza que feliz yo era- 
viento vuelve a ser como ayer para sentir el comienzo de mi vida,- 
el comienzo de mi historia- 
Viento- 



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Texto extraído de aquí.